El máster de Cifuentes

Que los documentos en el Partido Popular aparecen y desaparecen con un antojosidad pasmosa no es nada nuevo en el horizonte. Ahora le ha tocado el turno a la presidenta de la Comunidad, Cristina Cifuentes, con lo que la semana pasada desvelaba eldiario.es sobre su máster universitario. Que en teoría ni está, si le espera. Aunque sí está, porque alguien quiso que estuviese y hay unos papelitos de actas que más que esclarecer el tema lo vuelven más turbio a cada paso. Porque lo que es el TFM, después de una semana de escándalo, no aparece.

Raro es, ya no el hecho aquel de que hubiese un fallo informático y apareciese no presentado (eso nos ha pasado a todos, oiga, los que venimos de la Complu, además, sabemos bastante bien de qué va todo ese rollo de que te pierdan misteriosamente el DNI y te anulen la matrícula por impago cuando justamente al hacerla la domiciliaste). Pero la burocracia administrativa académica es otro cantar, y aunque da para mucho quejarse, suele resolverse sin más sobresalto que una pequeña bronca con el funcionario de turno. Y aquí paz y después gloria.

Pero de lo que sabemos también es de que, una vez que pares ese maravilloso documento que acredita que has acabado tus estudios, sean cuales sean, el Trabajo de Fin de Master, de Carrera o el que sea es tu tesoro más preciado como para estarlo perdiendo por ahí. Y que, después de meses de trabajo, lo enseñas casi con el mismo orgullo que cuando invitas a tus amigos a unas cañas después de cobrar tu primera nómina gracias a ese título. Y todo lo que ha costado llegar hasta él, claro. Luchas continuas con trabajos precarios para poder pagar matrículas desorbitadas que no te aseguran nada. Todos los obstáculos en el camino para que abandones. Los obstáculos de una vez que has acabado y alguien te dice, desde su puesto de jefe de vete a saber qué, que estás sobrecualificado o incluso demasiado especializado para desarrollar un trabajo que en realidad no quieres pero que necesitas. Y ahí vas con tu dichoso Trabajo de Fin de lo que sea (fin de los sueños, deberían llamarlo) como una bandera que se te va rasgando cachito a cachito. Pero oye, que por lo que te costó que esté ahí, merece la pena seguir llevándolo.

Así que nosotros no nos explicamos que esta señora ande tan tranquila por ahí sin saber dónde está su preciado TFM. Y por qué no lo enseña. Lo mismo lo rellenó con texto falso y le dio a la tecla de imprimir con unas portadas muy burocráticas, muy de universidad, y Santas Pascuas. O lo mismo es que se lo dejó en uno de aquellos discos duros que desaparecieron de Génova, no vamos a ser malpensados, y mira tú ahora qué apuro.

Ay, Cristina. Como vayamos nosotros y lo encontremos…