Sobre dimes y diretes en Lavapiés

Balcones en la calle del Oso, a la altura del punto en el que Mame Mbaye cayó rendido ante la muerte

El señor José Javier Barbero, delegado del Área de Salud, Seguridad y Emergencias en el Gobierno municipal de Madrid, ha reconocido que el corazón de Mame Mbaye vivía enjaulado y que la tarde del 15 de marzo las rejas de su celda se apretaron tanto contra sus latidos que no pudo sino poner fin a la carrera, una que llevaba librando más de diez años y cuya línea de salida coincide centímetro a centímetro con las fronteras de este continente nuestro, tan inclusivo y prometedor.

Pero qué más dan sus palabras una semana después, ya no de los hechos, del fallecimiento, sino de la vorágine de mentiras y posverdades lanzadas al aire por medios y portavocías institucionales como sables afilados que ahora caen sobre el orgullo de una sociedad enferma, herida de muerte por la inmoralidad de quienes dominan el arte de cincelar la opinión pública golpeando unas emociones con otras hasta conseguir una pieza perfectamente moldeada a fuerza de conmoción.

Que todos recibimos el teletipo de Europa Press refiriéndose a fuentes de la Jefatura de Policía hablando de una muerte natural en el contexto de una redada policial. Todos. Los mismos todos que horas después negaron la evidencia aferrándose a una versión que encerraba en alguna parte oscura de sus conciencias los fantasmas de saberse sin escrúpulos ni piedad.

Pero ya es tarde, que a estas alturas esas subjetividades cuidadosamente adulteradas por la sinrazón circulan hoy por las calles con la fuerza de un huracán, atropellando cualquier juicio que se aleje del suyo, si es necesario, querellándose contra el que se atreva a poner en causa su relato, ése tan astutamente etiquetado como “oficial”. Por suerte, la que escribe, igual que esquiva sillazos y bolas de goma en un escenario de guerra campal en Lavapiés, sabe escuchar dimes y diretes para, simplemente, apuntarlos en un papel que le recuerde en futuras ocasione que no son más que eso, dimes y diretes. A saber:

Manteros, indefensos por naturaleza

Nos reconcilia con nuestra propia crueldad el enmarcar una realidad social molesta en un medio hostil y desconocido que llamaremos “mafia” –así en términos generales– y que atribuiremos a “extorsionadores” –así en términos generales–. Es una explicación que nos convence porque nos elimina como factores de la ecuación, para colocarnos como observadores pasivos de una desgracia ajena que nos apena profundamente, pero que no nos incumbe.

Y como está solo, desamparado y desprotegido, un mantero nunca podría movilizarse contra ninguna estructura de poder, que no tienen rabia, joder, ¿cómo habrían de albergar odio por nada ni nadie gentes que sólo podrían mostrar agradecimiento por un país que les brinda tantas oportunidades? No, los manteros no han llevado la voz cantante de ningún disturbio en Lavapiés, porque las piedras en las manos se las han puesto los antisistema –así en términos generales–, movidos a su vez por Podemos, que tiene el poder absoluto sobre la furia de la izquierda más joven.

Senegaleses, violentos por vocación

Pasa que el viernes 16 de marzo por la mañana, a la llegada de la diplomacia de Senegal a la plaza Nelson Mandela en un intento muy poco hábil de demostrar un apoyo hasta entonces invisible a la comunidad senegalesa de Lavapiés, los allí presentes arremetieron contra sus más alto representantes que, sienten, no les representan. Tuvo que acudir la Policía para apaciguar a unos vecinos carcomidos por la indignación y exaltados por la muerte de un compatriota en dudosas circunstancias un día atrás.

Y allí, salvo el puñado de periodistas que habíamos acudido en busca de una noticia mucho menos noticia que la de un cónsul atrincherado en un restaurante y unos agentes superados en número y garra por ciudadanos desprovistos de armas, pero avituallados sin miedo, no había blancos. Como tampoco los había la noche del 17 de marzo durante los actos vandálicos que costaron desperfectos en un par de decenas de coches ni en los capítulos de amenazas que ahora denuncian algunos policías.

La única explicación lógica que encontramos aquí es que ésos, los violentos, no son pobres manteros, sino salvajes senegaleses, que por lo visto son dos cosas perfectamente distintas y disociables.

Negros, inmigrantes por profesión

Como no somos unos insensibles de mierda, no llamamos negros a los negros, sino “inmigrantes” –así en términos generales–, pues de esta forma, evitamos deshumanizarles, ¿verdad? Porque todo el mundo sabe que eso de inmigrar es un fin en sí mismo y llegar a España la meta que colma todos los sueños y aspiraciones de estos afortunados que se hallan ahora en un país tan liberal.

Mame Mbaye era artista. Antes de. Aquí ocupaba su talento diseñando carteles para el Sindicato de Manteros y Lateros de Madrid, representando obras de teatro en La Ingobernable y cocinando con cariño para sus compañeros de vida y de muerte. De Ousseynou Mbaye, que murió en el Hospital Clínico el sábado tras haber sufrido un ictus cerebral la tarde anterior en la calle Olivar al tiempo que tenían lugar en Lavapiés las protestas por la muerte del primero, no sé nada. Como tampoco de Arona Diakhate, herido por un porrazo captado por algún testigo que con sus vídeos ha dejado en evidencia una actuación lamentable de los antidisturbios la noche que se desató una batalla por la dignidad en uno de los barrios con más personalidad de la capital.

Bueno, sé que Ousseynou no era mantero y que, aunque los datos de los servicios de Emergencias hablan de una segunda muerte accidental, los medios de comunicación en Senegal tienen una versión distinta. Y sé que Arona tenía los codiciados papeles, pero que antes de ser ingresado en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz manchó con sangre la comisaría de la Policía Nacional en la calle Leganitos a la que le trasladaron, quién sabe por qué. Pero esto tampoco tiene el mayor interés, al fin y al cabo, estamos hablando de inmigrantes, un adjetivo tan amplio que lo recoge todo en cuatro sílabas: el pasado, el presente y el futuro.

Y yo, aún así, diría que manteros, senegaleses y negros, no son más que personas. Pero quién me ha dado a mí autoridad para afirmar una verdad con tanta contundencia, ¿no?