¿Iguales?

Las páginas de sucesos se han convertido en los nuevos tribunales de justicia y los lectores en los nuevos jueces que dictan sentencia a través de las redes sociales. Los crímenes se han utilizado como excusa para recortar los derechos de ciertos colectivos y el dolor se ha instrumentalizado para expandir la rabia. Al menos, así ha ocurrido estas últimas semanas.

En los últimos quince días se han potenciado las dos Españas. La que sale a la calle por conseguir una pensión digna o para luchar por los derechos de la mujer y la que se esconde tras una pantalla destapando la xenofobia y el racismo. Los que cegados por el calor y el odio prefieren la venganza o los que en frío, pensamos en mantener un proceso judicial digno de una sociedad democrática en la que todos seamos iguales.

Inmigrante. Chimpancé. Mujer. Negra. Más allá de haber cometido un crimen atroz, Ana Julia Quesada, la madrastra que mató al pequeño Gabriel el mes pasado en Almería, fue juzgada, también, por su género y color de piel.

No es una defensa a una asesina, sino se trata de ir un poco más allá. Es un ejemplo más de que como un horror visceral ha derivado en un juicio social más que delictivo por su condición de mujer, negra e inmigrante.

No sin ir muy lejos, en junio, Naiara, una niña de 8 años, fue asesinada por su padrastro después de 12 horas de tortura. Ocurrió en España, ella era negra y el asesino un hombre de Lugo. El caso no destapó un clamor de indignación en redes sociales y las víctimas no fueron al palco del Congreso a reclamar la revisión de la Prisión Permanente creando un clima de chantaje emocional.

El lenguaje nos sirve para construir y esta vez, se ha utilizado para crear la realidad social de “los otros”. Asociamos con clasismo y superioridad a algunos colectivos.  Se convierten en sinónimos, latina a limpiadora, asiático a vendedor de una tienda de ultramarinos, árabe a terrorista o senegalés a mantero, aunque no es lo mismo que una latina que es actriz de telenovelas, un asiático que trabaja en el consejo directivo de Toyota, un árabe que es dueño de una petrolera o un senegalés que es futbolista.

En este caso, las redes sociales han sido el eco de medios de comunicación que han titulado por  “negra” o “de origen dominicano”, lo que ha servido no solo para generalizar, sino para demonizar a un colectivo al que se le intentan recortar derechos.

Ante este panorama desolador ha sido la madre del pequeño Gabriel quien pidió que no se extienda la rabia. Y, han sido cientos de abogados especializados en Derecho Penal quienes han tenido que firmar un manifiesto para poner freno a la desinformación y xenofobia que se intentaban imponer a través de cadenas en las redes y por parte del oportunismo político que despertaba el caso.

Negro. Ilegal. Mantero. Sin papeles. Mame Mbaye murió la semana pasada de un infarto tras unas redada policial en la Puerta del Sol. El debate discurrió en torno a la hora, a la persecución y el lugar de los hechos, pero en realidad, el trasfondo del caso era la supervivencia de muchos inmigrantes en España.

Al día siguiente, hermanos senegaleses se reunieron en la Plaza Nelson Mandela de Lavapiés para pedir justicia ante un sistema racista institucional que les condena a la manta.

Otra vez, un suceso nos hace reflexionar sobre la situación de las personas inmigrantes que nunca llegan a ser vecinos, ni ciudadanos y menos, patriotas.

Afrobrasileña. Mujer. Socióloga. Concejala. Anticapitalista. Marielle Franco fue ejecutada el 14 de marzo en Río de Janeiro. Nueve tiros, cinco directo a la cabeza. Su voz sonaba fuerte en las favelas, aquellos sitios donde solo van los militares o los políticos en campaña.

72 horas antes, Franco twitteó “Tienen que dejar de matar a jóvenes negros”. Ella luchaba por destruir la comparación indisoluble entre jóven en favelas y ladrón, en lugar donde el 85% de las víctimas asesinadas por la policía tienen entre 18 y 29 años, son negras y con baja escolaridad.

El 2017, pasará a la historia como el año que no cumplimos la cuota de refugiados, dejamos morir a miles de personas en el mar Mediterráneo, negamos el derecho a la salud a inmigrantes y convertimos los CIE en cárceles.

El 2018, sigue la misma trayectoria. Si esto no es racismo institucional, yo ya no sé.