La amargura de la felicidad

Por Ana Rodríguez (AnaRodriguez_24)  y Pablo Rubio (@PabloRbNv)// Son casi las once de la noche. En Finlandia, un joven se dispone a coger su coche para volver a su casa. Y quien sabe, una vez allí, leer o ver la serie del momento. Sin embargo, otro joven, en otra parte del mundo, se aleja del que hasta ahora ha sido su hogar por miedo a perder su dignidad, o algo aún peor, su vida. Probablemente el uno nunca llegue a saber del otro. Ignorancia en el estado más puro.

Junto al extremo noreste del Lago Malawi, se extiende el territorio de Burundi. En Ébano, Ryszard Kapuscinski describió la convulsa historia reciente de este pequeño país centroafricano. Después de su independencia de Bélgica (1962), Burundi quedó dominada por una élite de caudillos militares tutsis, que llevaron a cabo una limpieza étnica de hutus a principios de los años setenta. No se sabe con exactitud cuántos burundeses fueron asesinados entonces, pero según investigaciones de la Universidad Sciences Po de París, la cifra pudo estar cerca de los 300.000.

La sociedad de Burundi ha recibido, pues, una herencia envenenada de militarismo, poderes autoritarios y tensiones étnicas. La esfera política del país está dominada por tres partidos principales. El partido en el poder es el Consejo Nacional para la Defensa de la Democracia – Fuerzas para la Defensa de la Democracia. Los dos grandes partidos de la oposición son el Frente para la Democracia en Burundi, de mayoría hutu, y la Unión para el Progreso Nacional, de mayoritariamente tutsi.

Actualmente, gobierna el presidente Pierre Nkurunziza. Su mandato se ha caracterizado por una deriva autoritaria. Investido en 2005, el dirigente ha reformado la Constitución del país para poder presentarse a las elecciones en otras dos ocasiones. También ha reducido la mayoría parlamentaria necesaria para aprobar leyes. El presidente ejerce su tercer mandato. En 2010, los partidos de la oposición boicotearon las elecciones por considerarlas fraudulentas. Nkurunziza resultó elegido con un 91% de los votos. En los comicios de 2015, ni siquiera un golpe de Estado perpetrado por militares de alto rango consiguió apartarlo del poder. Posteriormente, la campaña de persecución política patrocinada por el gobierno fue redoblada y, en el momento en que se escriben estas líneas, aún no ha cesado.

Las calles de Bujumbura, la capital del país (750.000 habitantes), son el patio de recreo del Imbonerakure. En lengua kurundi, esta palabra quiere decir “aquellos que miran lejos”. Esta denominación, aparentemente inocua, es la máscara que cubre a las juventudes paramilitares del partido del gobierno. Fundado en 2010, este grupo viola a mujeres, intimida a los ciudadanos y da palizas y asesina a los que se han opuesto a las políticas de Nkuruzinza. El gobierno niega cualquier vínculo con las actividades del Imbonerakure y califica las denuncias como propaganda lanzada por la oposición. Informes de Naciones Unidas, sin embargo, señalan la connivencia existente entre fuerzas armadas, policía y los grupos armados. A menudo, otros partidos políticos arman a sus propias milicias para combatir al Imbonerakure, según el portal Irin News.

Las persecuciones ejercidas por el gobierno y las frecuentes lluvias torrenciales que asolan al país han llevado a muchos burundeses a abandonar sus hogares. Según datos del informe anual de Amnistía Internacional, en el país hay cerca de 190.000 desplazados internos. Cerca de 430.000, de acuerdo con ACNUR, se han visto forzados a huir a los países vecinos. Solamente Tanzania acoge en sus campos a un cuarto de millón de refugiados de Burundi. Más de una cuarta parte de los refugiados burundeses son menores de edad. Las condiciones de vida en estos campos no son, desde luego, las adecuadas. El Plan de Respuesta Regional para los Refugiados de Burundi no ha recibido más que una quinta parte de los recursos que precisa.

A la hora de hablar de libertades, Burundi se caracteriza por no tenerlas. Porque, lamentablemente, todavía existen personas que creen que no todos y todas somos iguales. En este país son muchas las mujeres que han sido violadas o agredidas sexualmente como medio de imponer la dominación sobre personas vinculadas a partidos o movimientos de la oposición. Son esclavas de un régimen que no les permite siquiera decidir sobre su propia vida.

La igualdad en términos de opinión tampoco existe, menospreciando así el valor de la tolerancia. Hace un año varios estudiantes universitarios decidieron hacer huelga. Una huelga que acabó con cargos de rebelión contra seis de los dirigentes de la movilización.  No había pasado ni un mes cuando el redactor jefe de Radio Isanganiro, Joseph Nsabiyabandi era detenido y más tarde, acusado de colaborar con dos emisoras de radio creadas por periodistas burundeses en el exilio.

Es más, algo tan básico como es la convivencia está regulado por este gobierno. Las parejas que conviven sin estar casadas se exponen, en pleno siglo XXI, a ser castigadas por una ley que prohíbe este hecho con penas de entre uno y tres meses.  Muchos de ellos tienen suerte y pueden seguir viviendo. Otros, sin embargo, se convierten en víctimas de este régimen. Un régimen que ha provocado que de forma habitual aparezcan cadáveres por las calles o que existan las llamadas desapariciones forzadas. Según el último informe publicado por Amnistía Internacional sobre esta región, existen muchas razones para creer o temer la desaparición forzada de personas. Personas que probablemente habrán sufrido en su propia piel el significado de la palabra tortura.

A pesar de ello, cada 20 de marzo se celebra el Día Mundial de la Felicidad en honor al papel que este sentimiento desempeña en la vida de las personas de todo el mundo. En 2015, Naciones Unidas diseñó y comenzó a trabajar con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Unos objetivos que pretenden acabar con la pobreza, reducir la desigualdad y hacer de este planeta, un mundo mejor y como no, con habitantes más felices. En los últimos días se ha publicado un informe que revela que países son los más felices y cuáles, por el contrario, tienen que seguir luchando por conseguir este objetivo.

Homicidios ilegítimos, desapariciones forzadas, violencia, etc. Es la realidad de un país olvidado. Un país en el que ser feliz es toda una odisea y en el que como vaticinaba Ryszard Kapuscinski, prevalece la premisa de “inmovilizar a los más débiles para venderlos en el mercado, (…); los vencedores, con los vencidos; y los tribunales, con los condenados.” Mientras en Finlandia, un joven se preocupa por tomar pequeñas decisiones, en Burundi hay otro de su misma edad que abandona su hogar y que comienza una nueva vida desde cero.

Dentro de esta espiral de atrocidades, se encuentran los cientos y cientos de personas que cada día intentan aprovechar cada segundo de su existencia. Por ser felices, a su manera. Porque si algo tienen claro los burundeses es que, como diría Jorge Bucay, el rumbo de la vida lo marca el sentido que cada persona quiera darle a su existencia.  Muchos de ellos son felices a pesar de su delicada situación. Son un claro ejemplo de que vivir ya es un motivo de felicidad. Una felicidad por la que van a seguir luchando.