Mame Mbaye, un corazón enjaulado

El viernes por la mañana sobre la plaza Nelson Mandela caía una lluvia seca y gris: al paso de un helicóptero de la Policía Nacional que, como un pájaro vigilante, sobrevolaba en círculo la barriada de Lavapiés, las cenizas ya frías de los fuegos de la noche anterior se levantaban del suelo para reposar finalmente en las páginas de mi cuaderno. Páginas en blanco, porque lo que se debatía allí aquella mañana se hacía en senegalés y con la rabia de quien se sabe en una carrera infinita hacia ninguna parte. Y yo, aunque mujer y portuguesa, aunque sin trabajo fijo ni hogar seguro, no soy negra, no soy pobre, tengo papeles.

Rozaban las cinco de la tarde del jueves 15 de marzo cuando comenzaron a sonar los teléfonos del servicio de Emergencias de la Comunidad de Madrid (Summa) bajo la misma alarma: un hombre se retorcía tendido en el suelo de la calle del Oso, convulsionando y echando espuma por la boca; era Mame Mbaye Ndiaye, vecino de Lavapiés desde hacía más de una década, venido de Senegal cuando aún mantenía la vitalidad intacta de tanta ilusión, vendedor en la vía pública de esa mercancía que se carga a las espaldas, sindicalista e inconformista, aficionado al fútbol, solitario, cansado, de 35 años y con el corazón enfermo.

Tres horas antes había salido de casa para tender la manta en la Puerta del Sol, que lo odiaba, pero no tenía otra forma mejor de ganarse el pan. Debían de rondar las cuatro cuando se produjo la redada que la Policía Municipal de Madrid reconoce que hubo en Sol; Mame Mbaye recogió sus bártulos y se dirigió a la Plaza Mayor, donde se encontró con un compañero y amigo. Con el susto aún en el cuerpo, puesto que el tiempo no acompañaba y, sobre todo, porque un malestar físico le inquietaba, Mame Mbaye emprendió camino a casa con su colega, cuyo relato ha quedado recogido en el atestado policial como prueba de que en el momento del desplome de Mame Mbaye no venía ningún agente detrás de ellos con las porras en alto –como si unos minutos atrás no lo hubieran hecho en la Puerta del Sol–. Varios testigos trataron de ayudar con la reanimación de su vecino, igual que lo hicieron dos policías municipales que patrullaban la zona en aquel momento, igual que lo intentaron durante 45 minutos los sanitarios del Samur que habían sido avisados por el Summa. No sirvió.

Ésta no es la versión real, ni la oficial, es la mía en base a los datos lanzados por fuentes institucionales y por medios de comunicación recogiendo las declaraciones de varios testigos que he tratado de entretejer con sentido común, pero a la que, seguro, le falta verdad, porque le falta su testimonio, el de la víctima.

Pero, ¿sabéis qué? Me atrevo a asegurar que de lo que estaba hablando al día siguiente en la plaza Nelson Mandela la comunidad senegalesa de Lavapiés no giraba en torno a la hora exacta ni el punto preciso, me atrevo a decir, incluso, que no discutían sobre dónde y detrás de quién se produjo la dichosa persecución policial. Y os diré por qué me atrevo: en Madrid, en España, en Europa, las carreras de agentes armados a la caza de los peligrosísimos manteros son, y son todos los días, a la vuelta de todas las esquinas. Fijaos si soy osada, que me aventuraría a decir que por lo que alzan los puños esas personas es porque, estuviera huyendo o no en ese puto instante, a Mame Mbaye le sobraban ya los kilómetros recorridos en busca de una meta que nunca alcanzó, porque la muerte le pilló antes que la libertad.

Mame Mbaye Ndiaye falleció de un infarto en torno a las seis de la tarde del jueves a unos pasos de su casa en la calle del Oso en Lavapiés. La autopsia del cuerpo revela que su corazón tenía un defecto cardíaco que, seguramente, desconocía y que, quizás, de no sufrirlo, habría burlado a la muerte una vez más. ¿Y ya está? Como estaba enfermo, como no poseía un permiso de residencia en España, como pagaba su alquiler a fuerza de una práctica ilegal, como nos cuesta pronunciar su nombre, como no somos capaces de imaginarle como pieza indispensable de nada…murió, y ya está.

Ojalá. Pero no. No está. Al corazón de Mame Mbaye lo acorraló el sistema, lo estranguló la autoridad y lo sumió en el olvido la hipocresía de una sociedad que compra falsificaciones, que paga por sexo, que desayuna cerveza a la puerta de la discoteca, pero a la que, oye, se le hinche el pecho de responsabilidad civil y de respeto a la ley cuando lo que vuelan son piedras que le recuerdan que apesta, que no es digna, que no tiene humanidad y que mata. Porque sí, el corazón de Mame Mbaye latía enjaulado desde que pisó las maravillosas y democráticas tierras de Europa.