La Revolución Rusa de Putin

La revolución rusa de 1917 constituye un punto decisivo en la historia.  Quizá sea considerada por muchos como uno de los grandes acontecimientos del siglo XX a pesar de haber polarizado opiniones y pueblos. Según E.H. Carr en su libro La Revolución Rusa: De Lenin a Stalin “es exaltada por algunos como un hito en la liberación de la humanidad de la opresión pasada y denunciada por otros como un crimen”.

Vladimir Putin, actual presidente de Rusia llegó a calificar la caída de la Unión Soviética como el “mayor desastre geopolítico del siglo” porque desde su punto de vista, Rusia  perdió dos millones de kilómetros cuadrados de territorio. Y lo llego a repetir hasta la saciedad.

Sin embargo, el aniversario que derrocó el régimen zarista en Rusia cubrió espacios en casi todas partes del mundo, menos en Rusia. Quizás, porque el  hecho de que cualquier derrocamiento político en el país esté lejos de darse. Todas las revoluciones de los colores que se dieron en países que forman parte de la órbita soviética fueron acalladas ante el temor de un derrocamiento de la figura de Putin.

En en 2011, los jóvenes y parte de la disidencia rusa se echó a la calle para protestar por la decisión de Putin de volver a apostar por el mando del Kremlin, lo que le permitiría estar hasta 2024.

Hace una semana, en una entrevista al medio estadounidense NBC, Putin señaló que no va a volver a tocar la Constitución para permanecer en el poder, lo que probablemente suponga que a partir de 2024, la jubilación dorada del actual presidente consista en formar a sus sucesores, aquellos que sepan controlar Rossiya Segodnya (Rusia Hoy) y Gazprom.

Después de aquellas movilizaciones, vino el miedo por el acoso policial, la pérdida de derechos en libertad de expresión, el hostigamiento y persecución al colectivo LGTBI e incluso el fantasma de envenenamiento de algunos opositores.

Mismamente, el pasado 4 de marzo Serguéi Skripal, excoronel de la Dirección Principal de Inteligencia de Rusia y exespía del M16 británico y su hija Yulia fueron encontrados en un banco de la ciudad inglesa de Salisbury casi inconscientes. Habían sido envenenados con un agente químico llamado Novichok y al ser  descubierto, todos los ojos, más allá de los de Boris Johnson apuntaron hacia el Kremlim.

Dos semanas después y con las elecciones a la vuelta de la esquina, el caso anda de puntillas entre hipótesis, incertidumbres y rumores, que aunque no supongan un obstáculo para la reelección de Putin, suponen un nuevo rechazo aunque sea simbólico, de la  comunidad internacional.

Rusia mira de reojo a gran parte de Europa del Este y a los vecinos del cáucaso, mientras juega con las necesidades de seguridad (Armenia), apoyo económico (Bielorrusia) o abastecimiento de armamento (Azerbayán), allá donde todavía quedan posibilidades de alimentar la aspiraciones de independencia de minorías rusas.  Ha provocado que se respire una situación más propia de la Guerra Fría que de la Revolución Rusa o la Perestroika.

Entre el circo interino de unas aparentes elecciones democráticas y las miradas fuera de las fronteras rusas, ocho candidatos se presentan  ante el zar más poderoso: Vladimir Putin, quien ostenta el trono de la presidencia desde 1999 y solo lo cedió cuatro años (2008-2012) a su compañero Dimitri Medvedev, el actual primer ministro.

Hoy hay nuevos rostros en la política rusa como el de Ksenia Sobchak, periodista, miembro de la socialité moscovita y la única mujer que se presenta a estas elecciones.

También, hay rostros ausentes como el de Alexéi Navalni, inhabilitado por un caso de corrupción que acusó de ser una causa política. La decisión de rechazar la candidatura del líder opositor fue condenada por la Unión Europea y Estados Unidos, críticas que el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ha calificado de “injerencia directa” en los asuntos internos de Rusia.

A pesar de la aparente diversidad electoral, hoy, la oposición en Rusia es disidencia. El sistema político está montando de tal forma que no deja espacio a crear al antónimo de Putin. Ni Sobchak, ni Grudinin, ni Zhirinovski, ni Baburin, ni Titov, ni Yavlinski, ni Suraikin ganarán estas elecciones.

En el resto del mundo seguiremos hablando de la Revolución Rusa porque sigue ilustrando un proceso de cambio. Y, en Rusia se seguirá combinado la figura omnipresente de Putin con el mito histórico de Lenin, lejos de que este sea un icono para las generaciones actuales. Con todas sus contradicciones.