La otra cara de un país: literatura irlandesa escrita por mujeres

Ireland has always been a woman, a womb, a cave, a Rosaleen. – Edna O’Brien

Y, sin embargo, si a cualquiera de nosotros nos preguntan por escritores irlandeses, seguro que respondemos rápidamente: James Joyce, Samuel Beckett, Yeats, o John Banville como más contemporáneo. ¿Dónde están las mujeres? En un país donde la mujer tiene una importancia fundamental como pilar del hogar (algo que, como todos sabemos, es un arma de doble filo), ellas brillan por su ausencia en ámbitos culturales y políticos.

Muchos mitos irlandeses están protagonizados por mujeres, en cuanto tenían una gran importancia en la mitología celta. Poco a poco, debido en parte a la colonización inglesa y a la constitución de la nación como eminentemente familiar, la mujer fue quedando cada vez más reducida al hogar. De hecho, aún hoy en su Constitución tienen vigente el famoso artículo 41 que el movimiento feminista en Irlanda está intentando cambiar, y que establece la familia como el pilar fundamental de la sociedad “y como institución moral”, y reconoce que la mujer en el hogar “brinda al Estado un apoyo sin el cual no se podría conseguir el bien común”. De hecho, el artículo señala que el Estado se esforzará para que la mujer no tenga que realizar actividades económicas fuera del hogar “con el descuido de sus deberes” en el mismo.

La idea de la nación irlandesa se constituyó así en base a la familia y a la mujer como soporte del hogar. Pero la realidad es que las mujeres se las arreglaron para salir de ahí y dar rienda suelta a su impulso creador. Irlanda es un país muy literario y fértil, también en las artes, y ellas no iban a ser menos.

El caso de María Edgeworth no deja indiferente. En Castle Rackrent y sobre todo en Belinda, sus novelas más conocidas, anticipa las historias de la casa grande o “big house”, un tipo de novela irlandesa del siglo XVIII que se centraba en las idas y venidas de una de esas familias angloirlandesas pudientes, que habitaban en una de las ‘big houses’. Sin embargo, lo que hace a Edgeworth especial (curioso que conozcamos perfectamente la obra de Jane Austen y la suya no, aun siendo coetáneas y tratando temas similares) es su reivindicación de los derechos de las clases bajas y de las mujeres, proponiendo un estilo de vida alternativo para estas.

Pero mi intención no es hacer una cronología de todas las mujeres artistas irlandesas a las que la historia ha relegado (necesitaríamos volúmenes completos para llevar a cabo esa tarea) sino destacar aquellas que más me interesan. Es inútil dar a esto un punto de objetividad, así que no lo haré.

Podemos argumentar que hay bastantes escritoras irlandesas conocidas por el público más ducho, como Sydney, Lady Morgan (más o menos coetánea también de Edgeworth), y ya más adelante Somerville y Ross, dos mujeres que escribían juntas bajo pseudónimo (y que también abordan la experiencia femenina desde una perspectiva chocante para la época) o Elizabeth Bowen, que perteneció al mismo círculo en Londres que Virginia Woolf y, continuando el tema de la ‘big house’, es una de las escritoras en lengua inglesa más reconocidas del siglo XIX.

Casi todas las escritoras irlandesas que publican hasta el XIX, e incluso hasta entrado el siglo XX, tienen algo en común: son angloirlandesas, es decir, descendientes de familias inglesas, aunque educadas y crecidas en Irlanda. La diferencia de oportunidades, y sobre todo de acceso a la educación, entre unos y otros era flagrante (de hecho, autores expertos en nacionalismo y colonialismo como Hickman y Walter señalan que a pesar del color de piel, los irlandeses fueron sujeto del racismo). Apenas encontramos escritoras irlandesas (que escriban bien en inglés o en gaélico) que cuenten la experiencia de ser mujeres en el ambiente irlandés hasta Mary Lavin y especialmente hasta la más reconocida Edna O’Brien. Las experiencias de las mujeres criadas en un ambiente angloirlandés y protestante (la influencia de la religión es clave en un país como Irlanda), sin despreciarlas lo más mínimo y siendo igualmente valiosas, difieren de las criadas en la religión católica y en ambientes rurales, aunque haya elementos universales. Por ello, había una parte de la historia que no estaba siendo escrita.

Otro factor fundamental a la hora de entender el devenir de la literatura irlandesa escrita por mujeres es la diáspora irlandesa de las décadas de los 30 y los 40, sobre todo en dirección a Estados Unidos. Ya Frank McCourt, con su best seller de 1996 Las cenizas de Ángela, trajo a Irlanda al panorama literario internacional más “comercial”, y sacó a la palestra la relación entre ambos países. Esa situación de inmigración que él relata (aunque su familia la hace a la inversa) posibilitó a muchas mujeres irlandesas el ser capaces de escribir y publicar, siendo Estados Unidos en esa época la tierra de los sueños y las oportunidades.

El mayor ejemplo de ello es Maeve Brennan (no confundir con Binchy, gran escritora de narrativa). Brennan, nacida en Dublín en 1917 de unos padres muy comprometidos políticamente con la independencia irlandesa, se mudó a Estados Unidos en 1934 con su familia y pudo estudiar en la universidad. Trabajó como redactora de moda para Harper’s Bazaar, cuna en esos años de los mejores talentos femeninos (Sylvia Plath, Dorothy Parker…) y pocos años después el New Yorker le publicaría sus primeros relatos. Comparada con Parker por su lenguaje incisivo, su agudeza y su ironía casi cruel, Brennan se reveló como una columnista y escritora de talento brillante, así como un personaje de la sociedad neoyorquina. Publicó una única novela, The Visitor (traducida al castellano como De visita), que cuenta la historia de una mujer que regresa a Dublín a vivir con su abuela. Sorprendente que un talento semejante, tras ser reconocida, cayese en el olvido.

La Irlanda contemporánea

Pero el tiempo tenía que hacer su trabajo, y una escritora excepcional, relegada durante muchos años al término siempre peyorativo de la novela romántica, y difamada en Irlanda por escribir y hacer lo que quiso, está siendo reconocida por fin en nuestros días. Edna O’Brien quizá tenga como modelos a los maestros, como ella dice (a Joyce, sobre todo, al que hay que reconocerle una gran sensibilidad al crear sus personajes femeninos), pero su escritura bebe de todas aquellas mujeres que han escrito durante décadas, quizá no en papel, pero sí en sus cabezas. De las mujeres trabajando en el campo, con el hombro inclinado de llevar el cubo de la comida de las gallinas (como la madre de Caithleen en Las chicas de campo), de las relegadas de la sociedad por haberse quedado embarazadas, de las niñas que crecen sin saber y de los sonidos de los corderos naciendo en el campo a los que sólo ellas prestaron atención. Ella dice que si sólo hubiera que leer una novela suya, sería Un lugar pagano, así que háganle caso.

En el precioso prólogo que escribe Eimear McBride a la edición en inglés de la trilogía, señala acertadamente que “con sus obras, O’Brien dio voz a las experiencias de una generación de mujeres que habían sido amordazadas”. McBride es otro caso excepcional. Los escritores irlandeses tienen un manejo inusitado del lenguaje (Joyce, Yeats, Wilde…) y ella es el resultado de toda una tradición literaria basada en eso. Tiene dos novelas, A girl is a half-formed thing y The Lesser Bohemians, y especialmente en esta última cuenta toda una historia a través de la escritura del flujo de pensamiento de la protagonista. Es innovadora a más no poder y su prosa es extraordinariamente bella. Casi coetánea de McBride (apenas una década anterior) es Claire Keegan, escritora de relatos premiada y traducida a un buen número de idiomas, columnista y crítica, una de estas personalidades hiperactivas que de verdad sabe escribir.

Sin embargo, si hay un género que está renovando la literatura hecha por mujeres en Irlanda, es la poesía. Dos nombres, que aún no he leído pero resuenan en mi cabeza: Eavan Boland y Paula Meehan.

Ahora viene la cruda verdad: muchas de estas escritoras no están traducidas al castellano, pero pronto lo estarán, seguro. Tanto talento no puede quedar oculto durante mucho más tiempo.