De amor y cuidados

Cuando nací, mi madre dejó su trabajo en un supermercado para cuidarme. Cuando era una niña, al salir del  colegio, mi abuela me esperaba en casa con un plato de comida caliente. Cuando crecí, ellas me vieron volar mientras sostenían un colchón en el suelo por si me atrevía a caer. No estoy hablando de tareas en el hogar, estoy hablando de cómo sostener la vida con las manos.

Los cuidados vienen con formas. Recuerdo que en la cocina de casa de mi abuela, siempre hay una sartén al fuego, una mesa puesta y un plato encima. En el salón, suele quedar abierto el costurero encima del sofá mientras la televisión la dejamos de fondo, porque reta a la soledad, porque hace compañía. La comida es para el estómago de todos y los arreglos de la ropa, para nuestro cuerpo.

Cuando empecé a estudiar que era el feminismo, hablaba de estadististicas como si fuese a convencer a un banquero. Hoy en día lo vuelvo a hacer porque considero que visibiliza bien un problema para aquellos que no están convencidos de que el feminismo será una de las herramientas para cambiar un mundo injusto. 

Si me preguntan porque hago huelga diré que existe un 23% de brecha salarial entre hombres y mujeres, un 37% de brecha en las pensiones y solo 5 de 71 universidades están dirigidas por mujeres cuando hay el doble de chicas estudiantes.  Desde 2013, hemos retrocedido 14 puestos en el índice global de igualdad de género del Fondo Económico Mundial principalmente porque ha disminuido la presencia femenina en los ministerios, se recogen cada año 300 denuncias de publicidad sexista, 9 de cada 10 excedencias de cuidado son adoptadas por las mujeres, en 2014, el salario mínimo de las mujeres fue 16% inferior de media que los hombres en las instituciones europeas.  El 36% de los hombres deja las tareas del hogar al vivir con una mujer. Y así, podría seguir. 

Entre todos los números, esta mi abuela, mi madre, mi tía, mis primas, mis compañeras, mis amigas y yo misma. En su tiempo, había estado Olimpia de Gauges, la Papisa Juana, Angeles Santos, Maruja Mallo,  Clara Campoamor, Mary Wollstonecraft, Simone de Beauvoir, Betty Friednan, Rosa Luxemburgo, siempre a espaldas de un hombre. 

La casa es la tierra. Mi madre y mi abuela han hecho de una casa, un hogar y han sido el engranaje del desarrollo social porque nos han dado forma a cada una de nosotras. Y, sin embargo, no hay trabajo más precario, más vulneralizado y menos reconocido porque siempre hemos confundido el valor con el dinero.

Como diría la activista Silvia Federichi en su libro Revolución en punto cero: “Eso que llaman amor es trabajo no pago. Tras cada fábrica, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, oficinas o minas”. O parafraseando a  Amaia Pérez Orozco, “Queda bonito hablar de igualdad en el mercado laboral y no plantearse quién limpia el váter en casa”. 

Quizá entre los números se diluye ese plato encima de la mesa, esa sartén en el fuego, cuando ambos son igual de importantes.  Quizá mañana, la huelga más importante sea la de los cuidados, porque el trabajo puede pararse, pero la vida no, y es ahí dónde nos daremos cuenta de lo importante que es el trabajo que no está pagado y encima, es invisibilizado.

Para todas las mujeres que trabajan en casa y en especial para Maria del Mar García González y Leandra González

 

Malfalda / Quino