Greta Gerwig, cuéntanos más historias

Chica rebelde, madre estricta, una ciudad pequeña y la aventura de crecer. A simple vista, el argumento no es nada nuevo; de hecho, es algo que entrevimos, por ejemplo, en la maravillosa Boyhood y es un tema clásico del cine independiente norteamericano. Pero con lo que no contaba una servidora (que fue al cine pensando en ver eso, una película dulce, con buena fotografía y una estética muy cuidada, pero sin ir mucho más allá) era con la mirada de Greta Gerwig.

La actriz, y ahora directora y escritora, ha contado en Lady Bird una historia universal, y ha plasmado en pantalla algo que tradicionalmente se nos ha presentado en forma de estereotipos y que es el verdadero meollo de la trama: la relación entre madre e hija y los errores de una madre (como todas) imperfecta. Ambos temas merecen un discurso, narrativo y estético, propio. Pero Gerwig no sólo se centra en eso, sino que también nos regala un importante canto a la amistad, alejada de la que hemos podido ver siempre en las películas comerciales. Porque la amistad entre mujeres no es sólo lo que nos han querido contar, sino relaciones complejas, repletas de amor, de respeto y de errores, y la que hay entre la protagonista y su mejor amiga está tan bien contada (sé que es un lugar común, pero no encuentro otra forma de definirlo), es tan real, tan hermosa, que la película no se entiende sin ella.

Las primeras experiencias sexuales están vistas desde la perspectiva de Lady Bird (o Christine). No están idealizadas, no son maravillosas, como tampoco lo son los chicos que protagonizan sus primeros encuentros con el sexo. Gerwig nos da una sentencia fundamental: que se puede disfrutar más sexualmente sola que con una pareja, algo que ya sabíamos pero cuya representación brilla por su ausencia en nuestra cultura (mención especial a la maravillosa Samantha Jones de Sexo en Nueva York, personaje que rompió muchas barreras en este sentido).

Todo esto, sin embargo, no tendría el mismo efecto sin el magistral empleo del espacio que lleva a cabo Gerwig, y que es lo que termina de redondear la historia. De hecho, la película comienza con una cita de Joan Didion sobre Sacramento (aquí Gerwig ya le tenía a una ganada, sinceridad ante todo), donde transcurre la historia, y la ciudad juega un papel fundamental en una doble dirección: por un lado, para la protagonista pasa de ser un lugar asfixiante, del que quiere huir, a un hogar (paradójicamente cuando por fin la deja); por otro, la casa, el colegio, las carreteras y los paisajes de Sacramento enmarcan inmejorablemente la historia.

Saoirse Ronan es Lady Bird, pero también sabe dar el matiz de Christine al final de la historia; al verla, uno no puede pensar en otra actriz que lo hubiese hecho mejor (y además, desafío a cualquiera a que me diga alguna película en la que no esté magnífica). Es natural e impostada a partes iguales, y lo que tiene de impostado lo aporta su personaje, no ella. Merece también una mención especial Laurie Metcalf en el papel de Marion, la madre: el personaje es entrañable, duro, inmejorable, y ella lo hace realidad.

Lo verdaderamente especial de la película es que emplea un lenguaje que conocemos (el de las historias de crecimiento y del adolescente perdido) con tintes muy sutiles de transgresión y una estética que no está al azar (de verdad, qué belleza de fotografía). Necesitamos más miradas como la de Greta Gerwig, más historias humanas hechas film, más madres, hijas y amigas llenas de errores y contradicciones y, por supuesto, más creadoras que normalicen este tipo de films. Greta Gerwig, haga más películas, cuéntenos más historias, por favor.