La puta vivienda, derecho fundamental

Vamos cansados después de un largo día; cada uno viene de un sitio y lo que más nos apetece es sofá y cerveza, pero uno siempre piensa que, en fin, este puede ser el definitivo. Una calle muy empinada, en uno de los barrios del centro de Madrid con mala fama que puede que en unos años sea el nuevo Lavapiés, quién sabe. Tampoco está la cosa para pedir, así que sé que él se imagina metiendo el coche como puede entre esas callejuelas y yo calculo la ruta más corta desde el enésimo búho (a unos 10 minutos la parada, pero bueno, para lo que hay, no está mal) por si algún día vuelvo sola de noche. Es el tercero que vemos, así que aún no estamos muy desanimados; el edificio parece nuevo y el hombre era muy amable por teléfono.

Llamamos al timbre. Nos abren. La visita ya se la saben, seguro que lo han experimentado. Las preguntas de rigor: calefacción, fianzas, etc. Y ahí, pidiendo disculpas, el discurso en bucle repetido en persona y por teléfono hasta la saciedad: “Bueno, mire, el tema es que los dos estamos con contrato en prácticas, así que las nóminas las aportarían nuestros avales, ¿hay algún problema?”. Tuerce el gesto. “Bueno, mira, es que la verdad es que tengo mucha gente esperando (me enseña una hoja de papel llena de números de teléfono), así que ya te llamaré, porque como comprenderás tengo que asegurarme de que todo está en regla”. Como si nos estuviera haciendo el gran favor de tenernos en consideración en la lista para entrar a su maravilloso bajo sin luz en una calle apartada del metro que da a un edificio derruido por un precio desorbitado para lo que es. Como si fuera caridad, como si no fuéramos a pagarle 650 euros al mes por 40 m2.

Me dirán que esto no es nuevo, que el encontrar piso siempre ha sido una odisea, en cualquier época. El problema es que es sintomático de una cuestión mayor: de que los sueldos cada vez son más bajos (sobre todo los de los jóvenes) y los alquileres más altos, que en núcleos como Madrid, a los que las comunidades del sur emigramos en masa porque es donde está el trabajo, sea casi imposible encontrar una vivienda si eres (como la mayoría de los milennials) un becario eterno. De ahí que jóvenes con trabajo de veintimuchos y treintaypocos ahorren para comprar una casa; lo que nuestros padres siempre nos han dicho que no hiciéramos. El mundo al revés.

El pastel se lo reparten los cuatro afortunados que poseen tres últimas nóminas y un contrato indefinido (el Santo Grial de la búsqueda de casa), mientras los caseros suben los precios de forma ridícula y estúpidos como nosotros hacen malabares para cuadrar sus horarios con las visitas a los pisos porque, vaya, de la mañana a la tarde el piso ya está alquilado. Ya no pedimos tanto. A mí no me importa mirar varias veces de más si vuelvo tarde y a él dar ocho vueltas para llegar a su trabajo. Un trabajo que a ellos tampoco les vale porque cobra menos de 1.000 euros; quizá les destroce la casa. La última vez que busqué piso en Madrid fue en 2013 o 14, éramos estudiantes y a veces dijimos que no a algún que otro piso. ¿Qué ha pasado?
Me consuelo: tenemos un estudio asegurado más o menos del tamaño de una habitación de hotel (ideal cuando uno tiene horarios madrugadores o cuando una tiene que estudiar), y de todas formas seguro que encontraremos algo. Tenemos a nuestros familiares que nos apoyan. Es inevitable que mi discurso se dirija ahora a los desahuciados. Pero aquí creo que los que tienen que hablar son ellos, no unos privilegiados (porque a fin de cuentas somos privilegiados) como nosotros.