La guerra entre la clase social y la sostenibilidad

El 75% de las enfermedades proviene de la comida industrial, según la activista agroecológica Vandana Shiva. Más de la mitad de la población adulta española tiene sobrepeso, según el Estudio Nutricional de la Población Española (ENPE). Los niños y niñas entre 3 y 12 años de niveles socioeconómicos más bajos presenta un aumento de sobrepeso del 23,7 % mientras que en los más altos es del 8,9%, según un informe presentando por la Fundación Thao. Existe una relación directa entre comer mal y ser pobre porque comer bien se ha asignado tan sólo a una pequeña parte de la población.

La malnutrición es otra consecuencia de la brecha de desigualdad social, que no hace más que ampliarse y deja evidencia un sistema enfermo.  El nivel de ingresos y la educación no deberían ser condicionantes de nuestro estado de salud ya que el problema de comer mal deriva en una sociedad hipertensa, diabética y con enfermedades cardiovasculares.

La raíz del problema radica en las acciones de un entramado empresarial que tan solo obedece a las órdenes del mercado. Tal y como señala Shiva en una entrevista para El Diario, la fusión entre Monsanto y Bayer “ya ha subido el precio de todas las semillas un 5,5%, y las de algodón un 20%”, lo que implica un control oligárquico de todo lo que comemos.

En el artículo Malnutrición y clase, cuando comer mal es lo más barato de Alejandro Moruno en Apuntes de Clase (sección de La Marea) explica que parte del problema es la falta de voluntad política para poner soluciones reales al problema de la malnutrición. Alguna de las soluciones que expone es la regulación del IVA y precio de los alimentos saludables y facilitar su acceso, atajar la publicidad infantil en ultraprocesados y la revisión de las etiquetas alimentarias facilitando su comprensión.

Es cierto que la bollería se ha abaratado en detrimento de un mantenimiento del precio de los productos frescos que son menos atractivos por la culpa de ese monopolio industrial empujado por una publicidad que hace que los ultraprocesados parezcan productos comestibles.

También es verdad, que la cesta de la frutería para hacer una comida es más barata que una lasaña envasada al vacío guardada durante unos días en las estanterías del frigorífico de cualquier supermercado. La clave, también está en poder cambiar nuestros hábitos para transformar un proceso de producción, venta y consumo que está ahogando el mundo rural, cambiando el medioambiente y nos hace enfermar.

Nunca antes tuvimos tan a nuestro alcance dejar atrás el ‘low cost alimentario’, tal y como expone el eurodiputado de EQUO, Florent Marcellesi en un artículo para El Confidencial.  Debemos meditar sobre que es lo que ponemos en nuestro plato porque será lo que realmente suponga un coste a largo plazo. Comer bien requiere conocimiento y paciencia pero llevar una dieta saludable cada día es más asequible a pesar de que las opciones publicitariamente más atractivas nos lo pongan más fácil. 

Los pobres compran en Primark y comen las albóndigas de Ikea. Necesitamos dejar de resignarnos,  ir rompiendo con ese discurso, ir buscando alternativas para poder democratizar la buena comida e ir desquebrajando todo lo que sustenta ese sistema injusto y dañino, no sólo con el medioambiente, sino con nosotros mismos. Clase y sostenibilidad no deben guerrear entre sí, deben ser conceptos complementarios.

“La lucha de la gente contra el poder es la lucha de la gente contra el olvido” – Vandana Shiva