El eslabón del relato vasco de Edurne Portela

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

La pugna por escribir la Gran Novela Vasca lleva varios años (o más bien décadas) en el circo mediático, más que entre los propios autores. Edurne Portela (Santurce, 1974) se ha desmarcado de todo eso en Mejor la ausencia con una historia dulce, bien contada, con un uso magistral de la voz narrativa a través del paso de una niña a adolescente y después a mujer, y entretejiendo los temas que han rodeado no sólo al eufemísticamente llamado “conflicto vasco”, sino también a la vida cotidiana de la zona de la Ría de Bilbao (y de muchas otras de España) entre los 70 y los 90, como la adicción a la heroína y la violencia doméstica, y a otros sentimientos universales como el viaje de crecer o los dramas familiares.

Amaia es una niña de cinco años cuando comienza la historia, que observa con los ojos bien abiertos a sus hermanos Kepa, Aitor y Aníbal, y a sus padres, un hombre cobarde y violento y una mujer, como tantas en su época, que calla por el bien de sus hijos. Mediante saltos temporales, se nos va introduciendo en la casa, la familia y el pueblo, y en un contexto más amplio, en el Vizcaya de los años 80, con todo lo que ello conlleva. Cuando termina la novela, Amaia tiene aproximadamente 35 años y ha emprendido un viaje de ida y vuelta, en la línea de la ficción posmoderna.

Portela construye un relato estructurado a partir de vivencias comunes a todo niño que se criase en ese entorno en esos años, pero le otorga una voz personal (imaginamos que basada en experiencias propias) que dota de sentido a la historia, pues muchas de las fallas que tienen los libros que intentan novelar el clima de los años de plomo y todo lo que lo rodea son narrativas; es decir, están ampliamente documentadas sobre el tema, pero sus personajes, su estructura o sus diálogos son impostados al tema del que pretenden hablar.

No es el caso de esta escritora. Aunque la narración está articulada en torno al tema (o en otras palabras, el tema es anterior a la narración), sus personajes están dibujados con precisión, pero no a cincel, sino con los borrones que caracterizan a la naturaleza humana: erran, son incoherentes, cambian, se enfrentan consigo mismos y con su entorno. La fuerza de estos radica en que Portela ha personificado ciertos estereotipos del momento y el lugar en ellos, pero no les ha dejado quedarse en meros espejos, sino que les ha dotado de una identidad y una fuerza narrativa que abruman por su fidelidad y viveza.

Son personajes que hacen lo más humano ante estas situaciones extremas: huir. La novela es una huida de cada uno de los personajes hacia ninguna parte, a través de las drogas, del alcohol, de las autolesiones, de la huida misma fuera del País Vasco o de la cobardía per se. Es el silencio, el dolor, las heridas nunca cicatrizadas, la memoria, las cosas nunca dichas, todos esos elementos hechos personajes y voces, los que articulan esta historia.

Da voz así, a través de Amaia, a intuiciones y certezas que la niña no quiere creer, a recuerdos desenterrados y a episodios de una gran dureza emocional porque apelan a lo más doloroso: la familia. Portela emplea el presente durante toda la novela, salvo en algunos pasajes de las últimas páginas, y una de sus grandes bazas es cómo introduce cambios sutiles en la estructura de las frases, la conjugación de los versos o el léxico empleado para reflejar así, de forma natural y nada forzada, el crecimiento de la protagonista.

Ningún personaje está construido al azar, lo cual se agradece en una novela de estas características. Quizá esté un poco estereotipado Kepa, en su evolución hasta convertirse en miembro de ETA, pero también es cierto que es el que menos importancia tiene en la vida de Amaia y no olvidemos que es ella quien nos cuenta su historia. Los personajes de Aníbal y Aitor, y de Elvira, la madre, suplen con creces las pequeñas elipsis que pueda tener, y que muy probablemente estén hechas a propósito.

El empleo del espacio es uno de los elementos que hacen a esta primera novela un debut más que prometedor. La casa, del barrio, del pueblo, de la ría o del paisaje, así como los espacios que aparecen como claves en la narración (como pueden ser la casa de su padre en Galicia o el apartamento de Portugalete en el que Amaia se refugia al final de la novela) están notablemente bien construidos en torno a memorias y recuerdos, sino propios, al menos comunes.

Tampoco olvida Portela el hecho de que Amaia es una mujer, y como tal su crecimiento en la sociedad que nos ocupa es más problemático que el de un hombre. Y no lo olvida porque precisamente fueron las mujeres las que sufrieron en silencio los vaivenes de los años de plomo. Su desarrollo está marcado por hombres: por su padre, sus hermanos, sus primeras experiencias sexuales. Por ello, el tratamiento de los personajes femeninos es especialmente detallado, atendiendo a su complejidad emocional, algo que en el intento de novelar el conflicto, sorprendentemente, no se había hecho hasta hace poco.

Edurne Portela no ha querido escribir la Gran Novela Vasca, porque eso no es necesario. Lo que es necesario es construir, como dice en una charla TED en Vitoria, construir un relato común, que sea memoria para unir y no para separar. Es necesario sencillamente porque una gran parte de la sociedad vasca está ávida por leer cuanto sale por el tema, sea esta novela, sea Patria, o la también reciente Los turistas desganados de Katixa Agirre. Y si está ávida por leer sobre ello, es que todavía se necesita literatura, cine, relato, que lo refleje.

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