Mi relación con el Islam

Sara Lee / Facebook

Por Sara Lee Wolfe 

Antes de que nos conociéramos yo ya había oído hablar de tí. No tenías muy buena fama pero no me importó demasiado. Procuro no fiarme de las apariencias. Las mías, a veces engañan. No me lo pusiste fácil. Durante años, después de aquella imagen que se generó al lado del abuelo un once de septiembre sentado en el  salón, con la televisión más en directo que nunca, no dejaste de alimentar periódicos, informativos, radios o redes, cada vez menos sociales y más película de terror.

Siempre me llamaron la atención todos y cada uno de tus primos. Ese poder de congregación. La confianza, paz y orden que a veces sois capaces de generar una y otra vez, aunque pasen los años, todavía hoy me atraen hacia vosotros. Debe de ser verdad que los polos opuestos se atraen, porque yo soy más de creer en lo que veo. O era. Ya no lo tengo del todo claro.

La primera vez que nos vimos en persona me viniste a recoger al aeropuerto de Rabat y yo no estaba vestida para la ocasión. Nadie me había explicado cómo hay que vestirse para que te quiten, uno a uno, miedos que no sabías que tenías. Oscurecía… y nos iluminaba la luna más grande del universo, la noche que mi amor por la terrazas floreció a tu lado. Varias sishas después de la primera, en un francés que a falta de gramática funcionaba a base de ganas y emoción, comprendí que los miedos no entienden de fronteras y las adolescencias, fuera de hora, tampoco.

La hospitalidad que desprendiste durante nuestros primeros encuentros aquel verano marroquí no fueron fruto de la suerte de una primeriza. Semanas después de la primera me acogiste en tu casa, me enseñaste tus rincones y no me soltaste de la mano cuando el mundo se me hizo muy grande a kilómetros de Asturias. Años después, en esquinas turcas, calles de Azerbaiján, restaurantes suecos y hogares sudaneses del centro de Kuala Lumpur, me demostraste que no estaba equivocada. Eres tan hospitalario como tantas veces te he pintado en mi cabeza, pero no fue hasta que convivimos día a día, durante cuatro de los meses más duros que me ha tocado experimentar en esta tierra, que empecé a comprender todo lo que podrías ofrecerme.

Desayuno a desayuno me aguantaste las mil y una preguntas que tenía para tí. Todas y cada una de las dudas que me iban surgiendo se fueron aclarando con el paso de los días. Me enseñaste lo que el compromiso con uno mismo puede llegar a ser, gracias a perspectivas desde las que nunca había mirado. Déjame que me explique. Antes de que tú y yo fuéramos lo que somos, no acababa de entender las llamadas a la oración obligatoria cinco veces al día, las distancias entre géneros, los metros de tela o las puertas abiertas a extraños a deshora. Los ayunos selectivos, los matrimonios compartidos, los festines a diario y la hospitalidad que nunca había vivido con tus primos más católicos, con los que me ha tocado convivir desde el día que puse un pie en este planeta.

Sara Lee / Facebook

 Todavía hoy no te entiendo del todo. Ni a tí, ni a ninguna de las otras religiones con las que he tenido el privilegio de compartir. Ni el catolicismo en todas sus variantes, ni el budismo, ni el hinduismo, ni el vudú me acaban de encajar del todo. Pero es que hay tantas cosas que no me encajan que ya no intento descifrarlas todas. Desde que te conocí, mi estrategia se basa en abrir ojos y brazos hasta que ya no pueda más. Fué así como entendí que tú proporcionas la misma paz a millones de individuos, que a mí, por ejemplo, me produce escribir o bailar. Hoy me confieso. Hay días que no escribo y días que no bailo. En esos días me echo de menos y peso un poco más. En esos días es como si decidiera que hay cosas más importantes que mi paz. Esos días pasan, pesan y no regresan. No vienen con recibo y un mes de devolución.

Hasta hace poco no le había dado muchas vueltas, pero conviviendo con una de las personas más coherentes con las que me haya cruzado jamás, observé lo bonito que es que alguien haga algo que le hace bien absolutamente todos los días. No importa si llueve, hace frío o las sábanas se te pegan. Mi amiga musulmana reza cinco veces al día, cada día. Tiene un compromiso consigo misma que no había visto en nadie hasta ese momento y, aunque no creo que yo llegue a comprometerme tanto con mi danza o escritura, creo que la lección aquí es que todos podemos aprender de todos.

Pero entiendo que el miedo es un arma muy poderosa, la más peligrosa que existe si me preguntan a mí,  y vivimos en tiempos de guerra. Pero si algo me has enseñado, es a separar conflictos internacionales de experiencias personales y a quedarme siempre con las segundas, y es que suelen traer postre.