Operación Triunfo: 16 años y un salto generacional

Tenía 9 años cuando la primera edición de Operación Triunfo aterrizó en la parrilla española. Por aquel entonces, mis padres no me dejaban verla, y me enteraba de las cosas que ocurrían por mis compañeros de colegio. Al no haber Youtube, ni el A la carta de RTVE, no podía ver de nuevo las actuaciones. Aún así, logré aprenderme “Mi música es tu voz” para cantarla con mis compañeros en el patio del colegio. De la segunda edición recuerdo a Beth, sus rastas y lo pesada que me puse en clase para poner su disco en las clases de plástica (cada día traíamos un disco y elegíamos cuál poner para la hora de clase). A partir de ahí, el poco interés que tuve en Operación Triunfo se fue diluyendo.

Hasta el día de hoy.

Tengo 25 años y reconozco que estoy muy enganchada a esta edición. Empecé viéndolo por uno de los concursantes (Ricky, que fue expulsado) y ahora mismo veo las galas por streaming de la web de RTVE, sigo algunas de las clases por Youtube y sí, tengo la app para votar a mis favoritos y para salvar a algún nominado. He creado un grupo de Telegram para hablar de ello con varias chicas, y un pack de stickers de los concursantes. No se puede decir que no me he comprometido.

16 años después comparamos ediciones y son cosas completamente distintas: es como mirar una fotografía hecha con una cámara de carrete y en blanco y negro, y luego ver una fotografía hecha con una cámara reflex y que tenga una resolución 4K (exagerando un poco). Las nuevas versiones de canciones actuales y la presencia de redes sociales y plataformas de streaming le ha dado a este programa el lavado de cara que necesitaba.

El jurado de Operación Triunfo 2017: (de izq. a dcha.) Manuel Martos, Mónica Naranjo y Joe Pérez-Orive. La Vanguardia.

Hace unos años, en mi fervor adolescente y de búsqueda de aceptación, había atacado a este programa por considerarlo basura, un producto comercial más con el que lavarle el cerebro a la gente. Era víctima de un elitismo cultural bastante feo, en el que consideraba que la única cultura musical de verdad eran los discos y los artistas consagrados. Había renegado de Eurovisión (algo de lo que siempre había disfrutado) y criticaba sin razón a nuestro representante y a este formato. Ahora, en perspectiva, estaba muy equivocada, y ese elitismo cultural que existe en nuestra sociedad con respecto a estas cosas es lo que hace que condenemos al abismo a muchos artistas que salen de estos programas y a otros tantos que empiezan sus carreras.

Los 16 nuevos aspirantes han conformado una academia muy diversa: hay presencia de sexualidades más allá de la heterosexualidad -el beso de Raoul y Agoney en directo y prime time-, hablar con naturalidad de funciones fisiológicas y procesos del cuerpo -Amaia es la experta en ese tema- y de las parejas de los concursantes fuera de la academia – el novio de Marina, otra de las expulsadas, es una persona trans-. Refleja muy bien esa parte millenial de la sociedad, que tanto se empeñan en decir que no hace nada, que carece de motivaciones y que pasa de todo. La propia Ana Guerra (o Ana War, conocida así en redes sociales) reconoció en la Gala 0 que “cuando tienes unas facturas que pagar es fácil olvidarte de tu sueño“, algo que no ha dejado de suceder estos años en cualquier ámbito: chavalas y chavales preparados, con ganas de hacer cosas y de cambiar, abocados a trabajos muy precarios que hacen que olviden fácilmente las cosas que quisieron hacer una vez. De alguna manera, esto también nos devuelve la esperanza a aquellos que seguimos luchando por dedicarnos a lo que más queremos en esta vida.

En cuanto a la música, creo que se trata de una edición con grandes voces y muchísimo potencial en cuanto a las chicas. Se fue mi favorito de los chicos por los shows que montaba y lo bien que se lo pasaba (Ricky, te llevo en el corazón), pero apoyo muchísimo a las chicas que quedan (Amaia, Aitana, Ana Guerra, Miriam y Nerea). Y una cosa que me ha gustado es que están dejando sitio a canciones que han marcado nuestra adolescencia y adultez: han versionado a Amaral y su Cómo hablar, a Zahara y Con las ganas (canción tremendamente complicada y emocionante, y que ha logrado que la jienense esté en boca de todos), a Adele, a Pink, a Fleur East… Muchas cosas que hemos bailado y escuchado con fruición. Además, Guille Milkyway, de La Casa Azul, imparte una clase muy importante en la academia llamada “Cultura musical”: algo necesario para poder comprender el contexto en el que se crea la música y entenderla mejor.

Todos los profesores de la academia, entre los que se encuentran Manu Guix, Noemí Galera, los Javis, Guille Milkyway y el presentador, Roberto Leal. El País.

Lo mejor de esta edición también es poder tener acceso a lo que van haciendo los estudiantes en la academia: su formación, los ensayos, los pases de micros… Sí que es un poco el mismo formato de Gran Hermano (porque no podemos olvidar que los aspirantes siguen siendo humanos y va a haber roces y van a pasar cosas de toda índole) pero de otra manera. Porque la gente que está fuera también aprende de los chavales, y de lo que les imparten. Y porque no todo son cotilleos. Ven cómo crecen a diario, con los retos y tanto con las canciones que ellos improvisan como las que les dan para las galas. Y quizá eso es lo que más me gusta. Ver a Ana Guerra cantar Volver con Manu Guix al piano, o a Amaia practicando con la guitarra Videogames de Lana del Rey, o a Aitana y Cepeda improvisando.

Y una cosa que quizá me ha parecido fundamental son las clases de interpretación con los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi): con ellos, los concursantes son capaces de llegar a la raíz de las canciones para explotarlas y sacar toda la riqueza que tienen. Esto repercute mucho a la hora de sacar los temas en directo, donde se ve la emocionalidad y la interpretación de ellas. Consiguen que los concursantes sientan y se emocionen con sus temas cada semana, y logran que la gente pueda conectar con ellos. Creo que la academia es muy completa, y les da una oportunidad muy valiosa para tener una formación musical adecuada.

El hecho de poder ver lo que hay allí dentro constantemente y poder aprender y entender cosas a raíz de eso le confiere un cariz distinto; un reality distinto.

Quizás esa es la principal razón por la que estoy disfrutando tanto esta edición de Operación Triunfo: una manera distinta de realizar un programa así y al mismo tiempo, ofrecer contenido educativo y entrentenido en los directos. Y además, contando con unos concursantes muy distintos pero con muy buenas características vocales, sobre todo en la parte femenina.

Los concursantes en la Gala 5 de Operación Triunfo 2017, después de cantar La revolución sexual. Hufftington Post.

Hemos tenido momentos inolvidables, como el City of Stars de Alfred y Amaia, -que fue lo que catapultó definitivamente el programa a dónde está ahora- o que por vez primera en la historia de la televisión se cantase algo como La revolución sexual de La Casa Azul y en grupo. Un programa que empezó muy flojo y por lo bajini, sin esperanzas de cosechar un gran éxito, y que cada lunes saborea un buen share y una intensísima actividad en redes, comparable sólo a la que tenía El ministerio del tiempo.

Sea quién sea el ganador de esta edición (y los cinco finalistas, donde se elegirá el representante de España para Eurovisión 2018), sabremos que habrá sido una edición donde ha triunfado la diversidad, con un equipo de profesores muy dedicado a los chavales y con un público fiel, agradecido y respetuoso (aunque haya ciertos grupos de fans que lleven las cosas a extremos que no se deberían llegar). Una edición que, de alguna manera, ha sido capaz de darle una colleja a la directiva conservadora de esta cadena pública, y que nos ha hecho creer, otra vez, que su música es nuestra voz.