‘Empiezo a creer que es mentira’, el paso de la Literatura por la vida

Una vez escuché o leí en algún sitio que para esconder la verdad solo tienes que escribir un libro. O ponerla en la segunda página de Google, claro. Pero para los que hemos crecido de mano de la Literatura, lo de los libros es mucho más acertado. Y eso es lo que ha hecho Carlos Mayoral en su nuevo libro, Empiezo a creer que es mentira (Círculo de Tiza, 2017), una compilación de sus artículos donde recrea esa ligazón que nos une inexorablemente a la Literatura, desde los secretos escondidos de un amor de juventud a los recuerdos de libros olvidados.

Mezclar la autobiografía con la metaliteratura me parece uno de los grandes aciertos de este libro, además del formato de recopilación de artículos, que hace la lectura amena y no permite que el lector llegue a caer en la monotonía. Y lo hace de forma audaz, con esa ironía tan suya (‘Cómo escribir Crimen y castigo en cinco pasos’, maravilloso) que mezcla impecablemente con el lirismo más puro y que es capaz de hacer que la lagrimilla se te caiga casi sin darte cuenta. Me pasó en concreto con el capítulo que dedica a la Maga, donde no sabía muy bien si era él o Cortázar el que hablaba, aunque en cierto modo pensaba que Cortázar no le habría dado tanta justicia.

La única carta que no escribí llevaba un nombre sobre la solapa: Maga. […] Alguien te dijo, Maga, que andaba sin buscarte sabiendo que andaba para encontrarte. Cabrones, te engañaron. Me hubiera gustado decírtelo: en ti tropiezan los antónimos. ¿Y qué habrá de esta ciudad? ¿Dónde sino aquí puede escribirse una carta imaginaria? Aquellos que, con saña, te recordaban lo difícil que resulta llegar a París olvidaron advertirte de que lo realmente complicado es vivir en París. No son las costumbres, tampoco las gentes. No. Es algo que trasciende lo tangible. Aquí enloquecieron Rimbaud, Baudelaire, Artaud… Aquí enloquecen todos los que intentan buscar entre sus calles algo más que una simple fachada. París está hecha para ser amada, no para amarte. Me hubiera gustado que estos párrafos incluyeran esa frase, pero nunca lo hicieron.

Mayoral consigue en este libro hacernos dudar entre la verdad y la mentira, entre si Hemingway se fue desconsolado de su encuentro con Baroja o a Bajora de verdad le importó un bledo que un premio Nobel fuese a verle antes de palmarla. Te hace revivir el instante en el que Larra apretó el gatillo aunque no haya testigos de ese instante (siempre en el fragor, gracias por el guiño) y acto seguido te desmonta y desmitifica a Joyce en seis páginas, seguido de descubrimientos de literatura nazi en Europa a la que probablemente no hubiésemos llegado por otros medios. Porque puede.

Como ya hizo en Etílico, vuelve a entretejer las vidas de autores que aparentemente nada tienen que ver entre sí. Faulkner y Delibes, Borges y Cansinos Assens, Quevedo y Rubén Darío… Pero todos tienen algo que ver: su paso por la historia de la Literatura y la huella que han dejado en el autor que ahora les revive para que lleguen a otros lectores.

Con un poco de suerte, Empiezo a creer que es mentira hará que los nuevos lectores quieran acercarse a los clásicos desde una escritura que se acerca casi inmejorablemente a ellos. Íntima a la vez que cercana. Con toda la suerte del mundo para los que ya no podemos alejarnos de la Literatura, los experimentados que se dejen caer en las páginas de este libro tendrán esa sensación de volver a querer leer de nuevo a Carmen Laforet, a Ana María Matute, a Saramago, descubrir por primera vez a Dickens o perderse en un poema de Miguel Hernández.

Como leí hace poco, la mejor mentira es la Literatura. Porque en ella se pueden contar verdades.

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