El día que miré a los ojos a James Rhodes

Había oído hablar de él. Un músico, pianista de clásica, cuyo libro había abierto una veda legal de las más importantes en los últimos años entorno al mercado editorial. Ese primer libro, autobiográfico, contaba las violaciones que sufrió de niño. Reconozco que siempre había estado en mi lista de libros a leer porque me da respeto abrir sus páginas y leer lo que hay escrito. Una historia demasiado real, quizás, para mi estado de ánimo general en los últimos años. Sin embargo el otro día, sin esperarlo, cayó en mis manos su último título, Fugas (Blackie Books, 2017), que lleva por subtítulo “o la ansiedad de estar vivo”.

Le di la vuelta para saber qué contaba esta vez Rhodes. “Este libro recoge mi lucha contra la locura durante meses de conciertos, de hoteles y de sentirme solo rodeado de desconocidos. Este libro no va sobre mí. Va sobre cómo me siento. Sobre cómo nos sentimos todos, al menos de vez en cuando. Este libro no va de ser feliz. Nunca, ni tú ni yo, seremos plenamente felices. Pero intentarlo puede ser algo maravilloso”.

Cuando acabé de leer la contraportada supe que no tenía más remedio que leerlo entero. No porque quiera. Sino porque lo necesito. Pero antes de sumergirme de lleno en la mente de Rhodes a través de sus palabras y de su música, me enteré de que estaría firmando libros en un evento para socios en la Fnac de Callao. Así que allá fui, con mi libro en la mochila, y a pesar de que no soy muy dada a tener los libros autografiados. Ya ni los dedico cuando los regalo y la única mancha que transijo en sus páginas son las de un lápiz subrayando cosas que me taladran la cabeza o alguna anotación que no puedo evitar.

Pero como iba diciendo, allá fui, casi con la única información de que Rhodes debía de ser un tío que ha sufrido mucho. Y que, pese a todo, ha seguido viviendo. Me planté en la cola de la firma, observándole desde lejos hablar con sus lectores. Un tipo de cuarenta y tantos, pelo desaliñado plagado de canas y gafas de pasta. Podría ser cualquier moderno de Malasaña en cualquier cafetería adornada con muebles setenteros que espera a su vermú o a su café latte mientras lee a Hemingway. Pero no lo es. Lo veo perfectamente cuando me acerco a la mesa y le tiendo el libro con la idea de hablar con él sobre alguna cosa vana. “Hay que ver qué frío en Madrid, eh, James. Pero vamos, que estando tú acostumbrado a Londres, no hay comparación”. O “¿Eres más de Bach o de Chopin? Yo una vez intenté tocar el piano pero vi sus partituras y me volví loca, ¿sabes?, así que me quedé en la guitarra”.

El pianista me dice “Hola” en castellano y me pregunta qué tal estoy en inglés. Le dijo que fine, thanks, aunque sospecho que la expresión de mi cara ha quedado un poco en plan “qué más da, a estas alturas”. Le miro a los ojos a través de los cristales de sus gafas de pasta negras y de repente entiendo que él hubiese dicho lo mismo. Que a él también le hubiese dado igual y que, con total probabilidad, se la dé, aunque sigue luchando porque no sea así. Le miro a los ojos a través de los cristales y veo su sonrisa a pesar de todo. Y que hoy le ha tocado subir de la boca a los ojos de forma más o menos sincera.

Entiendo en ese momento que nuestras cabezas tienen que funcionar de forma parecida, que en el cráneo de los dos en ese momento están resonando voces pero aún así sonreímos porque es la forma de no escucharlas. Me pregunta si el libro es para mí y le digo que sí, que me llamo Carmen. Lo abre con delicadeza sublime y pone su rúbrica en la primera página, justo antes de su biografía y su foto en blanco y negro en la que no se le distingue muy bien, donde solo es una figura negra en contraste con la nieve.

Me lo devuelve y veo que la sonrisa todavía no se le ha borrado. No sé por qué, pero sé que no es parte del trabajo. No es una sonrisa impuesta. O quizás sí y me esté equivocando. En ese caso, finge muy bien. Como solo saben hacer los locos. Cojo el libro y me voy a por una copa de vino del evento con su sonrisa ahora en mi cara. Y mientras le echo otra hojeada al libro con la copa de vino blanco en la mano empiezo a pensar en si él habrá podido ver en mis ojos algo parecido a lo que he visto yo en los suyos. Y que sin conocerle de nada quiero que sea feliz. Todo lo que pueda. Aunque los dos sepamos que no lo vamos a ser eternamente.

El día que miré a los ojos a James Rhodes aprendí que no sé qué es la felicidad. Y que no sé cómo se puede conseguir. Pero la vi durante unos segundos mientras me devolvía su libro y he empezado a sospechar que un cachito de esa felicidad se esconde en ver a otros ser felices. Aunque solo sea en una fuga.

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