El lado bueno de las cosas reguleras

Esta semana he empezado a trabajar otra vez. Nada del otro mundo. Una de esas cadena de comida rápida que explotan a los licenciados y a los migrantes que, según algunos, les quitan el trabajo. Pero es trabajo, así que damos gracias con nuestros uniformes de octava mano mientras recogemos sus bandejas y ponemos sus hamburguesas sin pepinillo. Rápido y eficaz. El cliente siempre tiene la razón. Todos contentos. Ya se sabe.

Como es mi primera semana he hecho prácticamente todos mis turnos en sala. Es decir, recogiendo, barriendo y fregando. Porque a eso no te tiene que enseñar nadie.  Así que llego todos los días, me pongo mi uniforme con gorra incluida, me paseo por el comedor para ver qué está mal, entro en el cuarto de limpieza y me pongo manos a la obra pensando que he dado un paso atrás en mi vida y que el volver a estudiar me ha hecho volver a tener trabajos de estudiante.

Entre barrido y barrido me acuerdo de mi loquera diciéndome que le busque el lado bueno a las cosas y que no me ofusque en lo malo, que es mi naturaleza. Aunque yo siempre he dicho que soy realista y no pesimista. Me lo dijo un test de la Super Pop y eso no puede estar equivocado. Pero bueno, mientras escurro la fregona me fijo en una señora de unos sesenta años con pinta rara. Si me la encontrase por la calle pensaría que es una indigente, y quizá lo es. Lleva el pelo como la loca de los gatos de los Simpson, cubierto con un gorro de lana negro. Mallas raídas y una camiseta de la Complutense que, la verdad, está bastante nueva. Me hace gracia que exhiba la camiseta de mi alma mater mientras se come su menú infantil.

Al rato vuelvo a pasar por su lado y veo que ha dejado la bandeja en la mesa contigua, así que se la retiro y no puedo evitar echar un vistazo a lo que tiene entre manos. Ha dispuesto en una mesa páginas de periódico que recorta con sumo cuidado con unas tijeras sin punta, de plástico, de las del cole, y de vez en cuando subraya algo con rotuladores de colores. Luego, con el mismo cuidado, pone pegamento en barra en el recorte y lo pega en una libreta pequeña. Y así una y otra vez durante horas.

Cada vez que paso por su lado está haciendo una de sus tareas. Pero nunca consigo ver del todo a qué dedica esa libreta. Mi cabeza empieza a imaginar que quizá se trate de algún tipo de obsesión, o quizá alguna creación artística. Pienso que, al fin y al cabo, da igual. Pero que si algo bueno tiene que tener este trabajo regulero es que me permite ser invisible y dar, en cierto modo, visibilidad a los que pasan desapercibidos.

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