El juego de los irresponsables

Hace unos años que comenzó el juego de unos irresponsables. Los que sabían que el enamoramiento no iba a ninguna parte pero jugaron las cartas y los que queriendo con todo su corazón perdieron ideas, convicciones y creencias.

Durante este tiempo, hemos perdido la capacidad de comunicarnos y la hemos sustituido por decepcionarnos constantemente. Mientras tanto, los espectadores de esta relación, que se debaten entre la DUI y el art. 155 de la Constitución española, son los únicos que comentan orgullosos de ser unos analfabetos. Que sabrán ellos de este amor que no se entiende.

Ni ‘Viva España’ ni ‘Els Segadors’ taparán la realidad, tan falta de objetividad.  Cuando algunos quieren callar bocas, otros solo quieren hablar, incluso gritar ante la falta de comprensión en lo que hasta ahora parecía una democracia.  Como en cualquier divorcio, algunas partes prefieren evitar el problema antes de solucionarlo y es por eso que unos huyen a Bélgica y  otros cierran filas.

Los discursos nacionalistas han sido egocéntricos y han hecho malabares con el único objetivo de evitar se claros. Es por eso que ninguno de sus interlocutores, ni el público que atiende a la historia intentando buscar una solución, han sido capaces de leer entre líneas.

Hemos entrado en tierra de nadie y la hemos encontrado llena de dudas, lo que es muy triste para la historia de un país tan fuerte y rico, que ha vivido guerras civiles, crisis económicas y también periodos de reconciliación y auge comercial. En la vida política y en la real, las emociones y los impulsos nos humanizan pero nos dejan completamente fuera de control.

Esta historia se ha convertido en un guión de Berlanga. Un amor que acabó por reflejar  la involución de nuestro país a través de personajes humildes que se movían en ambientes selectos.

Muerto el perro se acabó la rabia.  Mano dura y a la cárcel, como si escondiendo a los personajes se acabase esta historia. Mientras, algunos todavía buscamos una política que haga posible lo que parece imposible, que esté dispuesta a luchar y que sea capaz que una vez con el mar en calma, puedan darse una segunda oportunidad.

Como dice Jonh Carlin en su columna para La Vanguardia:  “Veremos qué pasa en las próximas semanas. Existen tantos riesgos de que las cosas vayan a peor como de que se tranquilicen. Pero hoy todo es feo”

 

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