El peligro de la democracia

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Me comentaba una amiga el viernes por la mañana que acababa de salir de la oficina del paro para arreglar sus papeles después de un año trabajando como empleada del hogar. Dada de alta en la Seguridad Social, cotizando, todo en regla. La empleada del SEPE que la atendió le informó, muy a su pesar, de que las empleadas del hogar no tienen derecho a paro. “Esto pasa porque son leyes hechas por hombres y porque el noventa y nueve por cien de los empleados del hogar son mujeres”, dijo la funcionaria.

Mi sorpresa se dividió a partes iguales porque fuese una funcionaria quien dijese esas palabras tan sinceras como por el hecho de que una empleada del hogar no tenga derecho a su subsidio. ¿Pasaría lo mismo si la mayoría de estos empleados fuesen hombres? Los que cuidan de una casa, de hijos, de personas mayores que no pueden valerse por sí mismas y un largo etcétera. Pero la realidad es que son las mujeres a las que atañen estas tareas. Como siempre. Y sin ningún tipo de pudor, oiga. Sin que sea más ni menos que la funcionaria que le transmitió esto o la cirujana que hace guardias como si no hubiese mañana en un hospital cualquiera. Un trabajo igual de válido e igual de digno que cualquier otro.

Por ese, lado todo estaba claro en mi cabeza, pero la sorpresa se fue convirtiendo en frustración e indignación mientras cogía el bus para ir a mi casa. La cosa no mejoró cuando llegué y encendí la tele. El tema catalán por todos lados. Cataluña la mala, España la buena. Qué va a pasar ahora en los noticieros. Me senté enfrente del televisor. Ferreras y Ana Pastor haciendo horas extra a diestro y siniestro. El mundo pendiente de una única lucha como si se les fuese la vida en ello. Cuando la vida se nos va en la cola del paro o en procesos de selección para empleos precarios que estamos deseando conseguir para poder pagar una vida cada vez más cara y no tener que recurrir al paternalismo, pienso. Pero parece que a nadie le importa eso. Con cuánta facilidad se cierra los ojos y se mira hacia donde quieren que miremos. Y no hacia donde debemos.

Así que ahí están, monopolizándonos las mentes y los telediarios para que desviemos nuestra atención hacia otro lado. Hacia el lado conveniente. ¿Qué ha pasado con la Gürtel este último mes? ¿Y las cifras del paro después de verano? ¿Dónde han quedado los incendios recientes de Galicia, Asturias y Portugal? Ay, pero es que nuestra vieja y buena Democracia corre peligro, alertan por todos lados. Y todo es desobediencia e inconstitucionalidad. De repente es como si nos hubiesen recetado dosis de la palabra “inconstitucional” en todas las comidas. La inconstitucionalidad de expresar una voz y un deseo, la inconstitucionalidad de manifestación, de elección. De cuestionar esa ley sagrada falta de revisión. Como si no nos la saltásemos todos los días.

Me enciendo un cigarro mientras todos apelan al 155 como un si el Titanic estuviese a punto de acabar de hundirse y fuese el último bote salvavidas. Y pienso que si tan al pie de la letra hay que llevar la Constitución supongo que será totalmente constitucional que se obvien cosas tan costumbristas como el derecho a una vivienda y a un trabajo digno o el derecho de igualdad. Porque yo cada vez los veo menos. Vamos, que lo Constitucional es pisar la Democracia a diario, pero sin que se note. Mientras nos importa más qué ha comido Messi o que el sonido de la vuelta de Operación Triunfo haya sido de pena.

Mientras tanto, unos señores que pagamos todos le ponen remiendos a un papel del 78 para hacernos creer que sigue funcionando. No sabía yo que la moda vintage llegase tan lejos. Pero en realidad abarca más de lo que creemos. Aquello del Estado paternalista (y por supuesto patriarcal, al principio del texto me remito) sigue llevando por bandera aquello de “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Bendito siglo de las luces. Mientras que no se iluminen las sombras.

 

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