Periodistas honestos

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Me discutía el otro día un ente no identificado en Twitter, de esos que ni ponen nombre ni apellido ni cara pero que sabes más o menos quiénes son por los retweets de Intereconomía, 13TV y demás parafernalia) que no hay periodistas honestos. Pero que los pocos que hay, los buenos, son los que salieron de la escuela de Emilio Romero. Aquel falangista que estuvo a la cabeza de diarios como Información, que participó como censor en la dictadura y último Delegado nacional de Prensa y Radio del Movimiento. Para (dudosa) gloria de los de este oficio, también impulsó la creación de la facultad de Ciencias de la Información que expide mi título de Periodismo. Y de otros cientos de miles. Como si antes de eso no hubiese habido periodistas. Buenos y malos, de aquí y de acullá. Ironía, también, que ni se le nombre en su propia facultad.

Pero como iba diciendo, me discutía que casi no quedan periodistas honestos. Nada más lejos de la realidad, apunté y apunto. El origen de la discusión en sí, que luego se desvió hacia dicho honorable maestro del periodismo censor, hipócrita de periodismo casposo, pero honesto donde los haya, según mi interlocutor, fue la apostilla sobre que no por ostentar un título universitario eres periodista. Y que precisamente no para ser periodista -de los de verdad, digo- hace falta tener un papel que lo corrobore. Decía el otro, con un clavel rojo como identificación, que entonces qué hacíamos con los médicos o con los ingenieros. Como si fuese lo mismo y todo en esta vida fuese extrapolable. Como si hubiese una única verdad objetiva e inamovible. El susodicho me argumentaba que lo decía porque él era licenciado en CCCC (lo que supongo que será Ciencias de la Comunicación) por seis años (que no sé si es lo que tardó en sacarse la licenciatura en cuestión o el tiempo que hace que le expidieron el papelito, pero bueno, tanto da).

El caso es que ya empecé a darle vueltas al coco y me acordé de un artículo que escribí en esta misma cabecera hace un tiempo, donde aseguraba que a mi parecer se están perdiendo las claves del Periodismo, que no van más allá de la humildad y la honestidad, pese a todos esos que se empeñan en que sus nombres vayan por delante de los titulares y los titulares por delante de los hechos. Esos hechos, sí, protagonizados por otras personas que no somos los que lo contamos (en la mayoría de las ocasiones, con gloriosas y excepcionales salvedades), y que tan a menudo quedan relegados a un plano secundario, terciario o incluso ínfimo dentro de la era del clickbait y el todo vale.

Y yo me pregunto qué estamos haciendo con el oficio. Que se nos ha olvidado hace mucho para qué sirve, y que aunque es un negocio, se nos está yendo de las manos lo de los beneficios. Tampoco consiste en esa utopía de encontrar y contar una verdad absoluta. Porque no existe. Y porque es imposible contarla. Inevitablemente, cada uno cuenta su verdad, o la que más se le acerca. Yo soy yo y mis circunstancias, que decía Ortega y Gasset. Y eso no podemos evitarlo. Seamos periodistas de la escuela de Emilio Romero o no hayamos pasado por una facultad de Periodismo nunca jamás. Eso no es lo importante. Lo que de verdad prima es hacerte preguntas continuamente. No conformarte con la verdad de uno o la de otros. Saber que no hay ninguna correcta ni equivocada, por paradójico que suene.

En medio de mis pensamientos aparece la entrevista que Buenafuente le hizo a Maruja Torres en Leit Motiv la semana pasada. Magnifica. Como no podía ser de otra manera teniendo a Maruja al otro lado de las preguntas. La periodista (maestra de verdad, sin haber pisado una facultad de Periodismo más que el oficio en sí) decía que el Periodismo no está en crisis. Lo están las empresas, que han hecho (y hacen) tonterías. Cómo va a haber crisis en el Periodismo con todas las cosas que hay que contar.

Oscar Wilde dijo que para escribir, solo hacen falta dos cosas: tener algo que decir, y decirlo. Desde mi punto de vista, ésta es la parte fundamental del oficio. Contar las cosas. Contarlo pese a quien pese. Por mucho que duela. Y no por hacernos, solo, un favor a nosotros mismos. Por hacérnoslo a todos. Como dice Maruja, hay hijos de puta que siempre lo serán, pero si lo contamos, cada vez estarán menos escondidos y los demás, serán más libres.

 

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