La Línea de Fuego

Crónica trasnochada de un referéndum

Por Manuel Galvín Serrano (@mjgalvins)

El paso de los días desmejora los relatos. La actualidad es tan voraz y nuestra memoria tan delicada que cualquier historia de nuestros días ha de ser contada antes de que se marchite entre los ríos de información que nos confunden a diario. La noche anterior al referéndum dormía en Sants. Desde mi habitación en un cuarto piso, no paraba de contemplar por el ventanal a los activistas (padres, madres, niños y tercera edad) que hacían guardia dentro y fuera de la Escola Jaume I en Carrer Comtes de Bell-Lloc. La cacerolada de esa noche no fue una más, tenía una sonoridad diferente, era la llamada definitiva. Para los fieles creyentes en la independencia, el referéndum del 1-0 fue el día que durará años. Mi obsesión por vigilar el relato desde la ventana fue un continuo hasta la mañana siguiente. Era la precuela de una larga historia todavía hoy sin final y cada vez más enquistada.

El batir de las palmas rompió la inacabada madrugada poco después, eran las cinco y media. 200 personas escoltaban la puerta de la Escola Jaume I, el Día D había llegado. Bajo un tremendo aguacero, los vecinos se arremolinaban en torno a los garajes que abría la fraternidad vecinal. Mientras, el contraoperativo pensado por la ciudadanía para celebrar su referéndum seguía su curso.

Esa mañana, la agitación borró el paso de la lluvia, los nervios apenas dejaban saborear el momento y se vivían mil realidades al mismo tiempo gracias a la intervención de la tecnología. La dependencia del móvil era justificada, conocer qué pasaba en otros puntos de la geografía catalana era vital. Había que prepararse para los contratiempos, la tensión y el miedo era el eje central de esa avidez de información. No era para menos, el referéndum había sido declarado ilegal por el Tribunal Constitucional y por todo el establishment político nacional. Para cumplir el mandato constitucional, casi 2.000 efectivos policiales dispuestos a todo habían llegado a Barcelona.

Muchos de los allí presentes eran sabedores de que el 1-0 no era una convocatoria normal. Con todos los impedimentos previos, era imposible que el referéndum se celebrara con las garantías suficientes para que el resultado posterior pudiera considerarse legítimo al 100%. No obstante, la ciudadanía catalana movilizada votó como pudo, sorteó el control policial y persistió ante él. La transgresión se mantuvo perenne toda la jornada y la inventiva para evitar el cerco policial fue digna de mención. No es ninguna insensatez tomar por buenas las declaraciones de cientos de movilizados en las calles de Barcelona que aquel 1-0 confesaron querer votar en respuesta a la poca capacidad de diálogo del gobierno de Mariano Rajoy. Menos extraño resulta aún que la participación subiera conforme los vídeos de los golpes en varios puntos de Barcelona se viralizaron por todo el país. El 1-O fue el día en el que la calle recogió el testigo de la política, olvidó las abstracciones e hizo real una idea, un sueño. La desobediencia y la rebeldía son antónimos de la política tal como la conocemos en esta península. Frente a un gran número de catalanes dispuestos a votar estaba un Estado negacionista de una realidad que exigía soluciones políticas a un conflicto puramente político. El derecho a decidir de más de dos millones de personas que salieron a la calle ese domingo tuvo respuestas policiales y judiciales. Por tanto, el desenlace podía entrevelarse desde primera hora de la mañana.

Pasadas las ocho de la mañana, en la Ramón Llul, la resistencia pacífica no sirvió para que los antidisturbios empezaran a asumir parte del protagonismo de la jornada. Al mismo tiempo, en Sants, la cola ya doblaba la esquina, la violencia policial comandaba toda conversación. Lo de la Ramón Llul se repitió, tristemente, en otros tantos centros de votación. En Sants, no hubo nada que lamentar en todo el día. Sólo lo de siempre, que no se pudiera votar con verdaderas garantías.

El caso del referéndum catalán es un caso que se estudiará por cuestiones políticas, sociales y económicas, por mucho que aún no alcancemos adivinar el peso que tendrá esto en la historia española. Si alguien tuvo ocasión de estar allí, presenciando el relato, destacará por encima de todo la organización ciudadana y la creatividad para eludir la presión policial.

La noche anterior nada se sabía de dónde estaban las urnas de plástico que el viernes anterior había presentado la Generalitat catalana. Y eso que la Guardia Civil trabajó durante meses en la incautación de papeletas, urnas y cierre de webs. En el caso de Sants, las urnas llegaron envueltas en bolsas de basura a través de coches particulares, con el más absoluto de los secretismos y protegidas por un séquito de activistas. Las calles más silenciosas de Sants albergaron en las primeras horas de la mañana reuniones informales donde las estrategias improvisadas tomaban forma.

Era la hora de actuar. Tras horas divagando, tocaron las carreras, meter las urnas y ser recibidos como héroes. Las carreras tenían como objetivo que los Mossos d’Esquadra presentes en la zona no pudieran incautarse de las urnas. Mención aparte merece el papel de los Mossos. Una pareja de agentes se presentó en el lugar de los hechos bien temprano, dos horas antes de la apertura del colegio. Nada que no pasara en otros puntos de la región. Sin embargo, la labor de este cuerpo fue la de supervisar y tan sólo uno de los efectivos de la policía autonómica se encargó de recalcar la “ilegalidad” de la cita con las urnas. Una muchedumbre dispuesta a todo desde el pacifismo, pero con un lenguaje no verbal bastante inquieto, se encargó de ahuyentar a este solitario policía que se encargó de hacer el trámite. Pese a los temores, los Mossos mantuvieron una actitud pasiva. Gracias a esto, la popularidad de este cuerpo policial subió ostensiblemente al término de la jornada. La partida mediática, frente a Policía Nacional y Guardia Civil, la estaban ganando los Mossos, haciendo así olvidar años de polémicas con sus ciudadanos. Pues no olvidemos que esta policía autonómica tenía como modus operandi golpear casi siempre de “forma preventiva” en las innumerables manifestaciones celebradas en Barcelona. La fama de violentos les precedía, hasta el 1-0.

Si de algo me ha servido cubrir este referéndum como periodista, ha sido para reforzar la idea de que no hay gobierno capaz de controlar el sentir de sus gobernados. Los sentimientos y las emociones necesitan comprensión, no lo contrario. Pese a que aquel día la mayoría eran votantes del ‘sí’, huelga decir que esta circunstancia no sólo se produjo por el fuerte enfado causado por la “ilegalidad” declarada del asunto, también tuvo que ver la terquedad de los partidos políticos contrarios a la consulta que se negaron a hacer campaña y pidieron no salir a sus simpatizantes.

Pese a lo que se ha visto y leído en varios medios de comunicación, con una prensa rebosante de nacionalismo vengativo y excluyente, preguntar en las colas de votantes era asistir a una realidad paralela a la que dibujan los políticos. Más allá del discurso de ruptura, de odio, de división tan trillado por la política de Madrid y otras partes del país, tan sólo se hallaban familias enteras implorando su derecho a expresarse, a seguir viviendo con su vecino del ‘no’ pasara lo que pasara, a seguir tomando el vermut con el amigo de Cádiz o de Cartagena. Un choque más con la realidad. Mientras se habla de que “caerá todo el peso del imperio de la ley” (el uso de la palabra imperio ya da miedo) y de fractura en la convivencia, la ciudadanía se dedica a debatir con sosiego en bares y a cumplir con sus asuntos cotidianos. Nunca ha podido estar más alejada la política de la ciudadanía como lo está ahora.

Llegados a este punto cabe preguntarse por qué en el nombre de la libertad, el orden, la ley y la justicia se reprimió. Todas estas palabras de benigno significado son usadas por el Gobierno en el campo semántico del Estado de Derecho. Un Estado de Derecho que fue, es y será toda la respuesta para evitar que una población dé salida a sus sentimientos mediante una votación legítima. Quizás haya que revisar nuestro Estado de Derecho tal como lo entendemos y pensar al servicio de quién está actuando en estos momentos.

La crisis política es tal que cabría preguntarse hasta qué punto el enfrentamiento antidialéctico al que estamos sometidos como ciudadanos merece la pena y si esto no debería desencadenar una oleada de protesta para que se vele por nuestros derechos reales: sanidad, educación, vivienda, trabajo. Y es que la verdad que susurra la calle es bien distinta a los discursos incendiarios que se escuchan en boca de la baja política nacional y catalanista, alguna de ella heredera directa del franquismo.

Si echamos la vista atrás, los Puigdemont y compañía, consiguieron que Sants, Barcelona y Catalunya fuera un hervidero ese día. Las causas emocionales, las de los símbolos y las banderas no necesitan de ensayos filosóficos ni de sesudos pensamientos, basta con presentar con más ahínco un lado de la realidad. Entre tanto, asistimos a un dantesco espectáculo donde la ‘Democracia’ es mancillada, manoseada, por todas las partes del conflicto que usan a su antojo el sentido y significado de una palabra con alta carga emocional y de fácil manipulación. El 1-0 fue un ejercicio de fuerza por parte de la población, no cabe duda. Tanto es así que, por entonces, no importaron los intereses oscuros ni que los mandatos de movilización vinieran de los mismos que expoliaron el Bienestar en Catalunya en connivencia con el gobierno popular. Del mismo modo, dio igual que al frente del gobierno que había asumido el mandato independentista del pueblo estuvieran unos convergentes que son almas gemelas corruptas de los gobernantes de la mayoría simple en España. En la memoria de los más heréticos habitan los casos Pujol, Millet, 3% y otros tantos escándalos, pero la causa de fuerza mayor que parece ser el independentismo ha hecho que se aparquen los considerados asuntos de país para otro día.

Volviendo al 1-O, si verdaderamente el Gobierno Central quiso acabar con la convocatoria del Govern, lo debió hacer antes de que miles de personas protegieran las puertas de los colegios. Las imágenes de la represión dieron la vuelta a todo el mundo, también las de los voluntarios escondiendo urnas, las de los votantes depositando su voto fuera de colegios y sin control ninguno. A decir verdad, democracia no es la palabra correcta para tratar ninguno de los comportamientos de ese domingo. Por un lado, tuvimos una votación sin control legal alguno, precedida de un esperpento parlamentario en la sede del Parlament catalán. Por el otro, nos encontramos con un ejército policial que usó la violencia sin pensarlo a órdenes de un Gobierno más interesado en la división y, por ende, en generar el odio.

El odio que las dos partes han intentado inculcar carece de precedentes en el libro de las insensateces políticas por muy raro que parezca. Aunque a juzgar por lo que se está viendo en los últimos días, la balanza del odio se inclina claramente del lado del Gobierno de Mariano Rajoy, que niega a acercarse en lo más mínimo a los requerimientos de diálogo. Además, al fin y al cabo, fue ese Gobierno quien dio la orden de alzar las porras sobre ciudadanos en resistencia pacífica con el objetivo de defender unas leyes que cada vez representan menos al conjunto poblacional que ha de acatarlas. Por esa regla de tres, la ley debe amparar a la ciudadanía española ante los continuados casos de corrupción que asolan el país y hasta ahora nadie del Gobierno ha explicado qué está ocurriendo con tanto expolio del erario público.

En la cascada de errores, se debe mencionar que no reconocer al Govern como interlocutor es una de las razones de este enquistamiento. Otro error: subestimar la diversidad cultural y de pensamiento del pueblo catalán. Quizás no hay sociedad más abierta en la península y una cosa que debe entenderse es que este hartazgo es contra el Estado no contra España. La respuesta rebelde de votar aún no siendo legal es el gesto más desafiante hasta la fecha que un pueblo hastiado puede acometer como réplica a los desmanes de un Estado instalado en la corrupción.

En conclusión, lo vivido el 1-0 hace creer en la gente y creer menos en la política. La calle cumplió su parte, la de gritar y pedir sus derechos de manera legítima, sin violencia. Por el lado de Junts Pel Sí, llegado el momento de la Declaración de Independencia Unilateral (DUI), pese a defender que el referéndum se saldó con un 90% de síes, Puigdemont no tuvo la valentía de su pueblo, demostrándose ese factor lejanía entre ciudadanos y política. Las caras de tristeza y decepción fueron claras en una calle que siempre apagó con acción los incendios provocados desde los atriles.

De la otra parte, la del Ejecutivo central, el conflicto se ha usado para enaltecer tristemente los extremismos, dando así barra libre a grupos fascistas para cantar sus proclamas y mostrar sus tristes símbolos. Poco nacionalismo hay que celebrar cuando han conseguido que miles de ciudadanos desinformados odien e insulten sin pudor. Esta irresponsabilidad en torno al problema catalán, debe costarle algo más que perder unas elecciones al equipo de gobierno. Nuestro sistema como tal está anquilosado en un pasado postfranquista que ya no sirve para dirigir en una España plurinacional dispuesta a la convivencia desde el respeto a todas y cada una de sus identidades. Nunca deberíamos perdonar a este Gobierno de Mariano Rajoy que nos inocule el odio, que nos divida, que nos engañe. Nunca deberíamos perdonar la Gürtel, el caso Lezo, el caso Púnica, el haber perdido más de 50.000 millones de euros por rescatar a un banco que a su vez engañó con productos bancarios de imposible comprensión a los de a pie. Nunca deberíamos perdonar a los que quieren que prescindamos de nuestras necesidades y nos hacen vivir a base de símbolos, de elementos intangibles que nos instalan en la ignorancia. No olvidemos, no perdonemos. Quizás ahora también necesitemos referéndums para cambiar esta España del 78 que sólo habla del 155, de imponer y de intervenir.

Todos a la calle, como los catalanes aquel 1-0.