Seguimos en el camino, Jack

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Septiembre de 1957. Nueva York. Jack se acercaba a un quiosco cualquiera de Nueva York, conteniendo los nervios y el ansia. Compra un periódico y busca un artículo concreto. Una crítica literaria. Al fin levanta la cabeza de las páginas del periódico y mira como un niño a su acompañante, con la duda en la cara de si lo había hecho bien o no. La crítica literaria en cuestión era la primera que Kerouac leía del que sería su obra insignia, On the road, que Viking Press acababa de publicar. Su acompañante era Joyce Jonhson y contó esta escena en su libro Personajes secundarios, mucho después de que Jack estuviese ya muerto y se hubiese convertido en, probablemente, el mito más significativo de la generación beat.

Todo lo que digamos a estas alturas, cuando se cumplen sesenta años desde aquella primera crítica literaria de On the road, que ha pasado ya por miles de manos, miles de ojos, adaptaciones al cine, al teatro, reinterpretaciones y un largo etcétera, resultará redundante. Pero también es cierto que la influencia de On the road en particular y la generación beat en general a las generaciones venideras ha sido innegable, desde el inmediatamente posterior movimiento hippie hasta los más recientemente llamados hipsters (que alude irremediablemente aunque de una forma que tal vez no reconocida a aquellos individuos rebeldes y pasados norteamericanos de los años 50) , así como el acercamiento del jazz y el bop a la cultura general, la ruptura de las formalidades y aquella otra visión del sueño norteamericano que abrazaban las minorías estadounidenses.

Hay quien pondrá el origen de estas revoluciones sobre los nombres de otros autores anteriores como Walt Whitman, Tom Wolfe o incluso Jim Tully, cuyo título Buscavidas ha aterrizado en castellano hace relativamente poco. Pero lo cierto es que, pese a que ellos sentasen las bases, la literatura marginal y las propuestas que ellos lanzaron no han calado tanto como el posterior mensaje de los beats. Quizá no sepamos nunca a ciencia cierta por qué, si por el grito enardecido hacia la llamada de todo lo prohibido. la ruptura de esquemas o el canto una libertad de la que se les había privado a los jóvenes en aras de un bienestar social que tampoco era lo que esperaban.

Y es en este punto, tal vez, es donde entronquen con la generación actual, una generación abocada al vagabundeo, ya no en su significado más literal, sino metafórico: una generación que no encuentra su lugar en el mundo, a la que le prometieron un sueño y que ahora son incapaces de cumplir. Por eso lo único que les queda es la alienación de la realidad que les rodea y les frustra, que no les deja vivir. Y la carretera, el camino, es una de esas maneras de alienación. El viaje constante, en unas ocasiones literal y en otras no tanto, pero siempre dejando atrás una vida que no nos pertenece para intentar encontrar la que sí es nuestra. Buscando constantemente respuestas, como un Dean Moriarty buscando a su padre en las calles atestadas de yonkis y borrachos. Y ahí está nuestra generación sin nombre, vagando perdida sobre los pasos de la lucidez que nos han dejado y cuyas carteles de neón han ido quedando obsoletos, señalizando únicamente callejones sin salida.

Hasta que un día, en ese vagabundeo meditabundo de hacia dónde vamos, las idas y venidas entre Denver, Frisco, un viaje de peyote, nuestra mente o ningún sitio, conseguimos hilar caminos que nunca pensábamos que estaría ahí. Mucho menos que podríamos coger. Escribía Tolkien también por esa época de los 50, al otro lado del Atlántico desde aquel Nueva York en el que Kerouac leía las críticas a su On the road, un breve poema que incluyó en El Señor de los Anillos. “No es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida”, empezaba, para continuar con un resurgir de fuego desde cenizas y luz entre sombras. Y ahí también, en otro quizás, se encuentre otra de las claves para seguir con el camino, uno que no tiene por qué suponer necesariamente el andar perdido.

Pero volviendo de nuevo a Kerouac, si un mensaje nos ha dejado claro su obra, es que lo importante no es la meta, sino seguir andando. Continua e inevitablemente. Aunque no sepamos hacia dónde van nuestros pasos. Seguimos en el camino, Jack.

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