De misoginia y literatura

Por Belén Diego (@belensays_)

Literatura y feminismo puede que sean dos de mis temas favoritos. Hace mucho que me di cuenta de lo misógina que es la literatura clásica, donde las mujeres escritoras brillan por su ausencia. Pensaba que, por suerte, ahora tenemos un montón de escritoras que ocupan con sus obras las estanterías de librerías, bibliotecas y casas.

Sin embargo, cuando mantengo conversaciones sobre literatura me sigo dando cuenta que los grandes clásicos (masculinos) son un deber. Me explico. Yo no he leído a Bukowski, ni a Kerouac, ni a Miller. Lo cierto es que no me he sentido con ganas. Hace tiempo que las historias contadas por hombres hablando de hombres y de mujeres contadas a través de sus ojos me aburren, no me siento identificada con casi ninguno de sus personajes, qué le vamos a hacer. Por supuesto que en mi juventud, intenté leer a Keoruac pero no logre avanzar mucho en su obra más conocida, En el camino. También me compré un libro de relatos de Bukowski que nunca llegué a abrir e incluso intente leer su famoso Se busca una mujer pero también fracasé.

Siempre que surgen conversaciones sobre estos genios creadores de la literatura y expreso mi opinión sobre ellos escucho comentarios como “es que hay que leerlos”, “no puedes juzgarles por su machismo porque eran otros tiempos” y un largo etcétera de argumentos a favor de estos escritores. Yo me pregunto, ¿realmente eran otros tiempos? ¿acaso no siguen los hombres pegando a sus parejas como Bukowski pegaba a Linda?

Cuando descubrí este vídeo me sentí orgullosa de no haber leído a Bukowski. No es sólo la violencia física sino toda la violencia psicológica que tiene que aguantar Linda en este vídeo. ¿Cómo podemos las mujeres seguir encumbrando a estos “genios”? Hay gente que opina que se puede separar a su autor de su obra. Yo creo que no. Las obras no son elementos autónomos, nacen de sus creadores y están unidas a ellos, tienen parte de su esencia. Encumbrar a un gran escritor pero esconder su faceta de maltratador ayuda a legitimar la violencia contra las mujeres, a aceptarla porque “eran otros tiempos” y en parte perdona a estos agresores porque “aunque fueran maltratadores, la calidad de sus obras es innegable”. Si creéis que os parezco exagerada o radical con esta idea, os invito a entrar en los comentarios que este vídeo tiene en Youtube para que veáis como cantidad de hombres defienden la figura de Bukowski aún cuando está agrediendo a Linda y, además, como se ocupan de resaltar el “maltrato” que ejercen también las mujeres a sus compañeros amorosos.

No obstante, ninguna nacemos con conciencia feminista y, obviamente, yo también ha leído a autores misóginos. Uno de mis favoritos, Hemingway, escritor y periodista, admirado por mí no sólo en literatura sino como un referente en mi profesión. He leído varias obras suyas, entre ellas París era una fiesta, donde el autor escribe párrafos tan bonitos sobre el amor como este:

Nada sabían de nuestros placeres, ni de lo mucho que nos divertía estar condenados, no lo sabían ni podrían saberlo jamás. Nuestros placeres, que eran los de estar enamorados, eran tan sencillos y a la vez tan misteriosos y complicados como una simple fórmula matemática que puede representar toda la felicidad o bien el fin del mundo.

Sin embargo, un tiempo después cayó en mis manos un libro que versaba sobre diversas mujeres que trabajaron como periodistas en diversos conflictos armados. Entre estas mujeres estaba Martha Gellhorn que, a parte de ser escritora y periodista, estuvo casada con Hemingway. Martha Gellhorn realizó una importante labor periodística narrando la guerra española para diversas agencias norteamericanas, y fue aquí, en España donde se casó con Hemingway.

 

Martha GEllhorn

Investigué un poco más sobre la vida de esta mujer y descubrí que no quiso renunciar a su profesión por su matrimonio. No aceptó el quedarse a vivir en la finca que Hemingway tenía en Cuba y continúo su labor como periodista de guerra. Eso fue algo que Hemingway jamás pudo aceptar. La pareja se divorció a los pocos años y hoy, la histoira recuerda a Martha Gellhorn como “una de las mujeres de Hemingway” y no como una de las más destacadas corresponsales de guerra del pasado siglo.

Me preguntaba yo entonces cómo podía gustarme lo que decía sobre el amor un hombre como Hemingway que ejercía violencia psicológica sobre sus parejas, que quería que se sometieran a él. Su siguiente esposa dejó su trabajo en cuanto se casaron para dedicarse a labores del hogar.

Y así, una lista infinita de autores masculinos que han sido encumbrados como genios literatos y que maltrataban a sus compañeras o silenciaban su importancia en los movimientos literarios. Qué conocidos son todos los autores de la generación beat y que poco se sabe de las autoras que estaban allí, que escribían, que hicieron generación con ellos pero que han pasado a ser anecdóticas amantes de los genios creadores. ¿Por qué encumbramos a los autores y nos olvidamos las autoras? ¿En qué se diferencian sus obras de las de sus compañeros varones? ¿Es que acaso las de ellas tienen menor calidad solo porque las conocemos como esposas y amantes y no como escritoras?

Por eso, creo que es importante señalar que no eran otros tiempos, que el machismo y la violencia que ejercieron estos autores en su momento, al encumbrarlos como genios, llega hasta nuestros días en forma de violencia simbólica que permite y legitima el resto de violencias que seguimos, a día de hoy, sufriendo las mujeres. Porque no se puede separar al autor de su obra. Porque para que la literatura deje de desprender misoginia tenemos que encumbrar nuevos genios y, por supuesto, nuevas genias.