Cuando el clasismo acecha

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Estaba yo el otro día, tan tranquila, con una compañera de esta cabecera, cubriendo un evento en uno de esos hoteles caros de Madrid. De los de 350 euros la noche. Con unas cien personas con sus mejores galas. La ocasión no requería menos. Presentación de un premio literario a cargo de una conocida empresa de seguros. Gajes del oficio. Nada más atravesar la puerta del hotel en cuestión una señora se nos acercó para indicarnos que la presentación, si veníamos a ella, era abajo. “Nos ven ya la cara de periodistas”, bromea mi compañera.

Entramos a la sala y buscamos un sitio, atrás del todo, donde las cámaras de varias televisiones se preparan para la grabación, justo al lado de un matrimonio de mediana edad. Ella, rubia (de bote, por supuesto), con su vestido estampado en perfecta conjunción todos los complementos. Él, de pelo cano y barba cuidadosamente rasurada, con un traje de estos que cuestan poco más que mi sueldo de un mes. De repente pienso que se me ha olvidado echarme un poco de rímel y algo de pintalabios para el evento. Y mira que lo metí en el bolso antes de salir de casa, “pero con este calor hubiese llegado de una guisa que ni el Joker en sus mejores tiempos”, concluyo. Y desecho la idea para echarle un vistazo al dossier de prensa y al libro en sí, que me acaban de entregar para hacer ni más ni menos que mi trabajo.

El señor trajeado me mira de reojo y me lanza una pregunta aparentemente sin mucha complicación. “¿El libro se compra ahí fuera?”. Le digo que sí, que fuera hay un stand donde se puede comprar. Después se apresura a preguntarme el precio. A lo que le miro y le digo que no sé, que yo es que soy de prensa y me dan un ejemplar para que lo lea y pueda reseñarlo. Así que él me mira de arriba a abajo, como de soslayo, con ese aire de superioridad que (supongo) da el traje que cuesta mi sueldo del mes y me inquiere algo que me pilla con la guardia totalmente baja, de vuelta al dossier de prensa. “¿Entonces con ir y decir que eres de prensa te lo dan?”.

Cierro el libro y el dossier, respiro y le explico todo lo educadamente que puedo que no es eso, que yo antes de posar mi culo en esa silla he tratado con el departamento de prensa y me han apuntado como periodista acreditada al evento. Me quedo con las ganas de sacar el carnet de prensa y el título de la Universidad, pero intuyo que debajo del pelo escrupulosamente peinado habrá algo de cerebro y sabrá que, para eso, tuve que pasar por una Universidad (él sabe, por supuesto, que pública) y luego trabajar y dejarme la vida en un oficio en el que creo por encima de todo.

“Es que yo soy de la Fundación”, se excusa como si eso explicase la situación completamente. Y se levanta en dirección a la puerta para preguntar cuánto cuesta el maldito libro. Miro hacia el otro lado y mi compañera tiene la misma cara de incredulidad que yo. Le damos la vuelta al libro y vemos el precio. Poco más de 20 euros. Un precio más que asequible para un libro de más de 600 páginas encuadernado en tapa dura. Qué menos que pagar por su trabajo a todos los actores implicados a que ese libro pueda tenerlo alguien entre las manos. Los editores, escritores, impresores, distribuidores y un largo etcétera también tienen que comer. Les guste más o menos a algunos.

“Probablemente su corbata cuesta más que el libro”, susurra mi compañera. Y yo empiezo a darle vueltas a la expresión del señor que acompañaba a la pregunta “¿Entonces con ir y decir que eres de prensa te lo dan?”. Y no logro entender si la pregunta y la expresión venían a cuento -en el mejor de los casos- de que apenas tengo 25 años, o de que -en un supuesto que se me antoja hasta repugnante- no lleve rímel y pintalabios y mi vestido de 10 euros no sea lo suficientemente bueno como para ocupar un puesto en ese evento. Y que encima me den el libro por mi cara bonita de niña que dice que es periodista.

Podría pensar bien, pero -para bien o para mal- esta profesión en particular y la vida en general enseña que si piensas mal, aciertas la mayoría de las veces. Así que no puedo evitar pensar que la opción repugnante es la válida. Y que qué asco cuando el clasismo y el sentimiento de superioridad por pertenecer a algún colectivo acecha, pero que menos mal que todavía podemos combatirlo.

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