La vida en tiempos de la posverdad

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Son tiempos difíciles para la lírica, decían Golpes Bajos en aquellos maravillosos 80 de los que ya nadie se acuerda. La situación no ha cambiado demasiado. Tiempos difíciles para la lírica, para la prosa, para la comunicación en general, para la política y para la vida en particular. Tiempos difíciles. Pero estos tiempos, aunque ya no sean los maravillosos 80 (ni del pasado siglo ni de los de hace cuatro siglos), siguen siendo tiempos de emociones. Pese a todos, de lírica. ¿Por qué no? Tiempos de posverdad.

¿Qué es la poverdad? Según Oxford Dictionaries, el término fue usado por primera vez en 2012 por Stone Tesich en la publicación The Nation, concretamente en un ensayo sobre el escándalo Watergate, el escándalo Irán contra la Guerra del Golfo. “Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido vivir en algún mundo de posverdad”, escribía.

La política y el mundo mediático que la rodea se ha convertido en todo un esperpento donde la verdad y la mentira se funden hasta no diferenciarse en absoluto. Se apela a la emoción continuamente. Para algunos autores, esta posverdad oculta la propaganda política y el eufemismo de las relaciones públicas y la comunicación estratégica como instrumentos de manipulación.

Pero la posverdad se ha instalado en nuestras vidas en un plano mucho más personal, más mundano y menos teórico. Con ella, vivimos en los tiempos de libertad de expresión. O eso dicen. Pese a la ley mordaza. Pese a la moda apática de predicar en el desierto del ciberespacio. 140 caracteres vomitivos que no le importan a nadie. Enlaces de interés compartidos en un muro de las lamentaciones que usa nuestros datos para vendernos y comprarnos. Tráfico de influencias. Tráfico de intereses. Tráfico. Tráfico. Más tráfico. Like. Retweet. Qué importante es contar lo que estás haciendo en una story que se borrará en 24 horas. Y que todo el mundo la vea. Todos pendientes de todos las 24 horas.

Nos venden que vivimos en tiempos de libertad de expresión. Y se lo compramos. Todo el mundo puede opinar de todo en su timeline. Felicidad programada a la hora de comer. Desdicha en la sesión golfa. Compramos versos baratos con fotos pseudoeróticas. Like. Retweet. Una y otra vez. Portadas de vidas que nunca se llegan a leer.

Nos venden un engaño y nosotros no lo compramos. Compramos la falsedad detrás de una pantalla. Fondant tintado y adornado con flores que se comen. Colores pastel y filtros soleados. Frases esperanzadoras que te amenazan con ser infeliz si no las compartes. Cierra esa pestaña. Abre otra. Un selfie. Ruido. Mucho ruido.

Vivimos en los tiempos de aparentar ser quienes los demás quieren que seamos. En los tiempos del no pasa nada. De lo que tenga que ser será. Y no estamos preparados para la verdad. Huimos de ella. Nuestra libertad de expresión se refugia en la posverdad emocional que no pasará a la posteridad. Lanzamos emociones falsas que queremos hacer pasar por reales. Todo porque no estamos preparados para la verdad. Alguien nos vendió que la verdad es bonita y la mentira fea. Pero lo cierto es que no estamos preparados para la verdad que duele. La que se dice a la cara. Y preferimos edulcorarla con mentiras. La mentira es cómoda. La verdad duele.

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