Becariedad

Que los becarios están a la orden del día no es ninguna noticia. Que en la mayoría de las ocasiones estos becarios no cobran, tampoco lo es, ni que los que algunos de los que lo hacen reciben como mucho una “ayuda” económica ridícula para el trabajo que desempeñan. Pero esta semana el tema ha salido a la palestra tras conocer que el cocinero Jordi Cruz se agenciaba un palacete de nada más y nada menos que tres millones de euros mientras que los becarios que trabajan para él, lo hacen gratis. Por fin un sector que se indigna ante el esfuerzo sin compensación. “Pero tienen suerte, están aprendiendo en una empresa de prestigio”, es el argumento que a menudo esgrimen los que pasan por alto que, aunque becarios, también necesitan de un cierto sustento para vivir.

En el Periodismo, la situación de los jóvenes recién licenciados (y cada día no tan jóvenes), o los que están en vistas de terminar pronto sus estudios, saben bien de qué hablan esas empresas. Y, sobre todo, de qué hablan esos becarios. Poniéndonos exquisitos con la terminología, la palabra “becario” ya implica que haya una beca de por medio, beca en muchos casos inexistente. Y ahí viene la baza del supuesto prestigio. Nos vamos a morir de sobredosis de prestigio, señores. De los que conforman esta cabecera, todos hemos tenido que pasar por una, dos, tres, infinitas empresas a las que vender nuestros conocimientos y nuestro trabajo a cambio de ese supuesto prestigio que no nos ha llevado demasiado lejos. Como mucho, a engrosar las colas del paro. Y todo hemos podido escuchar eso de “si no eres tú, hay otros mil detrás de ti deseando hacer este trabajo”. Y no cobrar, por supuesto. Vivir del aire. Intentar compaginar estudios, esas prácticas donde ejerces como un trabajador más y un trabajo que de verdad pague las facturas y llene la nevera, al menos una vez al mes.

Todos hemos asistido impertérritos a esas entrevistas de trabajo donde alguien miraba de soslayo nuestros currículums sobrecualificados y decía sin inmutarse “el puesto es tuyo, pero no pagamos”. Qué más quisiéramos. A cambio, prestigio y flexibilidad horaria. Como si eso lo solucionase todo. Ésos son los únicos privilegios que vas a tener si aceptas. Ya no hablamos de la ausencia de nómina, hablamos de la falta de derecho a días de vacaciones, a las bajas por enfermedad, al paro cuando llega una inspección de trabajo y descubre el pastel. Ese centenar de becarios que llevan años en plantilla cuando sólo pueden contratarse por unas horas determinadas (según el convenio de la Universidad en cuestión, ese eterno requisito que hace que alarguemos los estudios casi de manera obligada para poder seguir manteniendo la situación de becariedad harto precaria), que trabajan los fines de semana y días de fiesta, turnos de doce horas (el estatuto del estudiante y los convenios no permiten realizar prácticas de más de cinco horas diarias), que se parten el espinazo y se dejan la salud en quedar bien ante unos jefes y una empresa que sabe que no va a apostar por ellos. Porque hay otros cien detrás de él. Y hubo otros cien delante. Porque si no eres becario, no sales rentable. ¿Cómo va a ser un trabajador rentable con las condiciones de los becarios? Y encima les estás haciendo el favor a los chavales de enseñarles. Prestigiosamente.

En esta sociedad capitalista basada en el cuanto más tengo, más quiero (que no necesito), cada vez es más difícil huir de los contratos precarios, trabajos basura, derechos pisoteados, pasados por la trituradora y convertidos en algún plato de alta cocina que nos venden como prestigio. Prestigio, sí. Prestigio para quien puede permitirse trabajar sin cobrar. Poca vergüenza y mucha cara dura para los que se atreven a seguir con este precariado.

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