Del talento literario surgido en las páginas de moda

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

En el verano de 1953, Sylvia Plath ganaba un concurso de relatos de Mademoiselle, una revista femenina estadounidense, y el premio era pasar en Nueva York un mes como redactora invitada (período que luego reflejaría en su novela La campana de cristal). No era su primera experiencia publicando escritos suyos; sus relatos y poemas ya habían aparecido en revistas como Seventeen, una publicación para mujeres jóvenes. Durante su estancia en Mademoiselle, Plath tuvo la oportunidad de realizar entrevistas y escribir varios reportajes que fueron publicados en la edición de junio de 1953.

En unos años en los que las publicaciones literarias de prestigio (New Yorker, The Paris Review) seguían siendo un espacio exclusivo para hombres, las escritoras encontraron su hueco en revistas como Elle, Vogue, Harper´s Bazaar Mademoiselle. Algunas, como Plath, tuvieron éxito y luego fueron publicadas y reconocidas; otras quedaron relegadas a las páginas de las mal llamadas revistas femeninas. Desprestigiadas (porque eran para mujeres, claro), contaron en sus páginas, durante décadas y casi sin saberlo, con firmas que luego se convertirían en algunas de las voces más alabadas de la literatura norteamericana.

Pero algunas no sólo publicaron cuentos, poemas y artículos esporádicos en ellas, sino que formaron parte de su redacción fija. Dorothy Parker es el mayor ejemplo; siendo muy joven y recién llegada a Nueva York, encontró trabajo en Vogue, donde escribía pies de foto y comentarios breves sobre moda (aquí hay que hacer un inciso y recordar el enorme impacto de las publicaciones de moda estadounidenses; si bien ahora son distintas, eran auténticas obras de arte y auténtico periodismo). Pronto pasó a trabajar en Vanity Fair, donde por fin pudo desarrollar su talento con columnas ácidas y agudas, por las que se convirtió en una celebridad en la vida social neoyorquina. Unos años después, comenzó a publicar poemas y relatos cortos en revistas literarias. Se la recuerda por sentar un precedente de calidad en el periodismo de moda (cuando éste era considerado un periodismo menor) y en el comentario social, y por hablar sin, casi, tapujos. Eran los años 30 y Parker decía: “Me gusta tomarme un Martini. Dos como mucho. Después del tercero estoy debajo de la mesa. Después del cuarto estoy debajo del anfitrión”.

Una de las mejores escritoras y ensayistas norteamericanas que ha dado el siglo XX, Joan Didion, también comenzó como redactora de moda. Acababan los años 50 y se graduaba en la Universidad de California cuando ganó un concurso de relatos de Vogue. Comenzó a trabajar en la revista, donde permaneció varios años, primero como redactora y poco después editora; casi a la vez, publicaba su primera novela, en 1963. Eso tampoco le impidió publicar en otras revistas como Esquire New Yorker y ganar, entre otros, el National Book Award.

Joan Didion en los 70. Foto: Julian Wasser/Time Life Pictures/Getty Images vía Vogue.com

Mujeres como ellas aunaban talento, capacidad literaria y, lo que era importante para aquellas publicaciones, estilo. Un je ne sais quoi. Incluso figuras de la intelectualidad norteamericana como Susan Sontag han plasmado sus palabras en las páginas de Harper´s Bazaar Vogue. Y no sólo mujeres: F. Scott Fitzgerald o Truman Capote, entre otros, publicaron en su día en ellas, algunos de ellos con pseudónimos femeninos.

Afortunadamente, hoy en día eso ha cambiado y Emma Cline, una mujer, de veinticinco años, comenzó a publicar en New Yorker desde el principio; pero esas editoras de los años 60 y 70, al frente de las mayores cabeceras de moda (cabeceras que se consideraba que hablaban de moda, belleza, sociedad y poco más; nada de importancia) hicieron una labor enorme y encumbraron a escritoras de gran talento que, tal vez, no hubieran encontrado de otra forma su hueco. Quizás sin Edna Woolman Chase o Nancy White no tendríamos a Didion o a Parker.

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