Aquellas noches de viernes

Por Roma

En días como hoy me acuerdo de El Detalle y de esas largas noches de viernes metidos en aquel boliche tomando un par de tercios y jugando al “trivial detallil” hasta las dos de la madrugada.

Naranjo, el dueño del bar, con sus largas y rizadas barbas a medio camino entre el negro y el blanco de las canas, ameniza la tabernera velada con su voz grave y amable. El tío es un bonachón curtido en la vida a lo largo de los años.

La verdad es que entrar en El Detalle era como volver a tu tierra después de haber estado en territorio extranjero. O como aquel soldado que vuelve a su campamento después de haber estado luchando en las trincheras.

El caso es que, si la música es el alimento del alma, la música que se escuchaba allí era un buen chuletón de Ávila con patatas panaderas. Nunca sonaba nada que te pudiese perturbar.

Puede que una de las mejores cosas del bar fuese esa sensación que te entraba a la mañana del sábado cuando te despertabas y habías conseguido olvidar todo el estrés del trabajo de la semana anterior. En ese sentido, ir al Detalle era como pulsar un botón de reset que te formateaba, te extraía de la realidad y te transportaba a otra escala temporal, la del fin de semana, donde las horas pasan a otra velocidad.

En mi caso, los sábados, cuando me despertaba, me ponía la primera ropa que viese por el cuarto y me iba al jardín a que las plantas cuidasen de mí. Y me tiraba allí, observándolas, hasta la hora de comer. Sin hablar.

Porque cuanto más feliz soy más me callo. En ese momento cualquier palabra o ruido es un relámpago capaz de desintegrar la felicidad en un abrir y cerrar de ojos.

En esos momentos me imagino a la felicidad como una gota de agua que pende de cualquier tejado, con majestuosidad y redondez. Pesada. Pesada como si fuese de plomo, pero a la vez tan líquida y frágil como una mera gota de agua.

Las gotas de agua me devuelven al Detalle, a las gotitas que se forman en los fríos botellines de cerveza por la condensación. Esas gotas que dan brillo propio al color ámbar de los tercios. Y te vas bebiendo gotas de felicidad a cada trago de cerveza, a cada pregunta del trivial, a cada canción de Steve n Seaguls, o de los Rollings, o de los Beatles,…

Si alguna vez andas perdido y te encuentras con un mosaico redondo de una mujer morena bajo el nombre de El Detalle, ¡entra! Entra y déjate caer por la madriguera igual que hizo Alicia. El país de las maravillas te espera ahí abajo.

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