El editor detrás del genio

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Detrás de todo gran escritor, casi de manera irremediable, hay un gran editor. Y eso es lo que intenta mostrar ‘El editor de libros’ (‘Genious’ en inglés, un título sin duda mucho más acertado), la nueva película de Michael Grandage, con Colin Firth y Jude Law como protagonistas.

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Hemingway y Perkins en el film.

La película narra la relación de Tom Wolfe (el escritor de principios del siglo XX, no el periodista y escritor del traje blanco, encarnado por Jude Law) con el que fuese su editor, Maxwell Perkins, de la editorial Charles Scribners’s Sons. Perkins fue el editor que se encargó de revolucionar la literatura norteamericana de principios de siglo publicando a autores jóvenes en los que veía cierto potencial. Fue él quien en 1920 publicó la ópera prima de FitzgeraldA este lado del Paraíso, y quien publicaría en 1926 Fiesta (en inglés The Sun Also Rise, de Ernest Hemingway.

Aunque ambos aparecen en la película (detalle que a mí, personalmente, como amante acérrima de la Literatura, me encanta), la trama de Perkins se relaciona directamente con el descubrimiento literario de un histriónico Thomas Wolfe que pasa de ser un autor rechazado por todas las editoriales a un escritor de best-sellers. La historia se centra en el trabajo conjunto de editor y escritor para publicar el libro, las dudas de si se mantiene o no la esencia del autor cuando el editor retoca sus escritos.

Colin Firth sobresale en la actuación del hombre sobrio, padre de familia, que pese a todo no renuncia a su pasión y a encumbrar los jóvenes talentos literarios, quedando atrapado desde el primer momento en el mundo de aquel Thomas Clayton Wolfe que compartía vida y un diminuto apartamento con Aline Bernstein (interpretada por una Nicole Kidman un tanto sobreactuada), una diseñadora de vestuario teatral veinte años mayor que él que se encargó de rodearle de artistas y editores neoyorkinos.

Thomas Wolfe, a la izquierda, y Jude Law caracterizado como el escritor.
Thomas Wolfe, a la izquierda, y Jude Law caracterizado como el escritor.

Si bien es cierto que la película en sí no es lo mejor que puede verse en el cine y que ya ha sido tachada como una película “olvidable”, también es cierto que a los amantes de la Literatura norteamericana les producirá, cuanto menos, una cierta nostalgia de aquellos libros frenéticos de Wolfe, detallados, que narraron la historia de principios del siglo XX, basados en su propia vida (en un punto de la película el autor dice que no concibe otra manera de escribir).

Aquellos que marcarían la trayectoria de otros como Jack Kerouac, donde es prácticamente imposible no ver la influencia de Del tiempo y el río en su primera novela, El campo y la ciudad, así como en toda la bibliografía del de Lowell, basada así mismo en sus propias experiencias, dejándolas impactadas en el papel como alters egos de sí mismo.

Aquellos libros que se encubaron al calor del jazz y el alcohol en clubes nocturnos donde se bailaba frenéticamente, cuando los años veinte todavía eran felices y, aún así, la Literatura norteamericana todavía necesitaba un giro sustancial en su existencia que vendría de la mano de esta generación perdida que intentó buscarse en los cafés parisinos, al otro lado del Atlántico, y se encontraron en un vaso de whisky y una máquina de escribir.

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