Adiós pequeña, adiós

Por Alba Clemente (@Albaclem)

Ha sido una semana muy dura, de hecho no tengo en mente el recuerdo de una semana así en mis 24 años de existencia. Malas noticias, discusiones estúpidas con gente que quieres, cansancio y estrés han definido una semana que para mí parecía no tener fin. Lo peor venía el miércoles cuando la consentida de la casa nos dejó. No hizo ruido, se fue casi sin que nos diéramos cuenta dejando nuestros corazones encogidos.

Todavía recuerdo la primera vez que llegó a casa, le encantaba morderlo todo, inspeccionar toda la casa en busca aventuras y era tan juguetona que no la podíamos dejar sola ni un minuto. Tenía unas patas enormes, sus orejas aún no estaban empinadas (me cayeron muchas broncas por tocarlas) y su dientes eran tan finos como un alfiler. Todo el mundo decía que sería una perra enorme, de hecho era tan grande que la gente pensaba que era un macho, tenía un porte precioso y sus andares eran muy elegantes.

La primera vez que ladró nos quedamos tan alucinados que intentamos provocarle el ladrido en la cocina de casa una y otra vez, no parábamos de reírnos ¿Cómo una perrita tan pequeñita podía tener tanto carácter?

Una vez por semana íbamos a adiestrarla, aprendió de todo y se convirtió en una perra muy educada. El “junto” le costó un poco más, creo que era la forma que tenía de demostrar la rebeldía de la adolescencia y el carácter que guardaba en su interior. Cuando discutíamos en casa y mi hermana y yo llegábamos a las manos ladraba como una loca, nos dejaba bastante claro que no nos quería ver enfadadas y hacía su efecto puesto que nos olvidábamos de las peleas y nos centrábamos en calmarla. Era muy lista, sabía lo que hacía.

La nobleza marcó su vida, tanto es así que pese a estar mayor y no poder moverse bien cada vez que mi abuela entraba por casa se levantaba de su sitio para dejarla pasar. Igual pasó con la llegada de mi sobrino, giraba la cabeza cada vez que lloraba y hacía ruidos extraños si lo dejábamos solo. Cada vez que iago salía al patio delantero a jugar, Nora iba detrás y no lo dejaba solo ni un minuto, sabía que ahora la pequeña de la casa no era ella y había que cuidar del benjamín cada minuto.  Una vez pillé a Iago intentando subirse a su lomo fingiendo ser un jinete y ahí teníamos a la pobre Nora que no hizo gesto alguno de desagrado. La pasión que sentía por Iago era patente.

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La gente que no tiene mascotas en casa no sabe el sentimiento que se tiene por estos miembros de la familia. La frase “El perro es el mejor amigo del hombre” tiene toda la razón. Nunca te abandonan, están siempre contigo, son tan leales que muchos humanos abusan de ellos y aun así nunca renunciarían a su dueño.

La huella que ha dejado sobre nosotros es increíble, ahora no hay nadie que espera cada vez que llegas a casa, nadie a quién abrirle la puerta cuando terminamos de comer para darle unas “sopas de pan”, nadie a quien pasear, nadie a quién regañar porque está siendo demasiado ruidosa con sus ladridos, nadie que nos mire con cara de “dame un cachito de lo que estás comiendo”, nadie con quién tropezarse cuando llegas a deshoras… NADIE.

La realidad es que ni nada ni nadie conseguirá borrarnos la tristeza que sentimos en nuestro interior, porque por muchos años que pasen, por mucho que digan que solo necesitamos tiempo para asimilarlo, la realidad es que aprenderemos a vivir sin tu presencia.

Lo único que nos consuela es que sea donde sea que esté Nora, no está sola. Hace dos años perdimos a nuestro gato y estoy segurísima de que en estos momentos están juntos, como buenos hermanos que son. La frase de “se llevan como el perro y el gato” en nuestra familia no tuvo cabida pese a que Gin le demostró en contadas ocasiones que él había llegado primero y que Nora debía respetar su espacio.

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Tuvo una vida estupenda, nunca le faltó comida, siempre estaba aseada y limpia, en invierno estaba calentita y en verano fresquita, le demostrábamos nuestro cariño cada día y nunca la dejamos sola, estuvo acompañada hasta su último aliento.

No sabes cuánto te vamos a echar de menos preciosa.

Descansa

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