Libertad

Hoy se cumple un año de los atentados que dejaron en París 130 víctimas mortales a manos del Estado Islámico. Ayer, la sala Bataclan, uno de los ocho puntos de la capital francesa donde tuvieron lugar los ataques, volvía a la vida, cerrando un poco heridas pero sin dejar en el olvido lo sucedido, con un concierto de Sting. “No les olvidaremos”, dijo el cantante tras honrar a las víctimas con un minuto de silencio antes de dar comienzo al recital.

Sin embargo, hay ciertas cosas que sí se olvidan. Esta misma semana, el periodista Antonio Pampliega publicaba una entrevista a Abdul Haj, quien fue secuestrado por el Estado Islámico después de hacer un examen en Alepo cuando sólo tenía 15 años. Tras cuatro meses de cautiverio, Abdul consiguió escapar. Cuatro meses en una cárcel escuchando cómo torturaban a sus compañeros, llorando mientras soñaba cada noche que, por fin, le mataban.

Ahora tiene 17 años y, después de arriesgar su vida junto a su hermana, su cuñado y su sobrino de once meses embarcándose en el Mediterráneo, ha conseguido asilo en España. Ni siquiera es mayor de edad, pero sus ojos dicen que han visto más que cualquier adulto a este lado de ese mar que tuvo que cruzar.

En los escasos diez minutos que dura el montaje de la entrevista, la complicidad entre los dos protagonistas abruma. Pampliega, quien también fue secuestrado por el Estado Islámico cuando trabajaba, no puede contener las lágrimas, identificado con su interlocutor.

Tras el secuestro, Abdul llegó a Turquía, donde permaneció ocho meses sin salir de casa por miedo. Aún así, decidió emprender el viaje a Europa. “¿Por qué?”, pregunta el periodista. El semblante del joven kurdo que nada tiene ya de niño es inequívoca. Una mueca de obviedad. No piensa la respuesta.

“Libertad”, contesta.

El tiempo cura algunas heridas. Otras las cierra en falso. En París, todo parece volver poco a poco a la normalidad, pese a esas heridas. Las heridas de Abdul, como las de otros tantos, no se cerrarán nunca. Pese a todo, tiene la esperanza de volver algún día a Kobane, su ciudad natal. La esperanza de que la guerra algún día se acabe.

Abdul también se emociona cuando oye una canción que le encanta. La tararea. Pero nadie guarda un minuto de silencio por todos los que han sido secuestrados, asesinatos o han arriesgado sus vidas por intentar salvarlas. En este caso, el minuto se vuelve una eternidad de silencio de la que los medios de comunicación somos cómplices.

Hay víctimas a las que se honra. Otras a las que se olvida.

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