Joyce Johnson y los personajes secundarios de la generación beat

 

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

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Joyce Johnson.

La historia a veces (demasiadas veces) es injusta con los recuerdos. Pese a lo reciente que sea o pese a todos los documentos que puedan guardarse de ese pedacito de historia, siempre hay alguna cara borrosa en el fondo de las fotos alumbradas con luces de neón donde uno de los escritores del momento sonríen sin asumir que todo el mundo le mira, esperando que sus cinco minutos de fama se apaguen.

Joyce Johnson fue una de esas caras borrosas, justo detrás de Jack Kerouac mientras él atendía, desganado, entrevistas tras el éxito de su On the road, uno de esos libros que marcó un antes y un después, ya no solo en la Literatura, sino en el modo de vida de los norteamericanos. Y precisamente de estas caras borrosas habla Johnson en su autobiografía, Personajes secundarios (Libros del Asteroide).

Joyce Glassman (el apellido Johnson lo tomaría de su primer marido, el pintor abstracto James Johnson, que murió en un accidente de moto) era una de aquellas niñas perfectas criada en una familia judía a las que les habían inculcado el sueño americano propio de los años 50: cásate, ten hijos, una casa, un perro… Pero Joyce no era de esas. A los 13 años se compró unos pendientes de cobre que se cambiaba al salir de clase para ir Washington Square a rodearse de gente que sus padres nunca habrían aprobado, donde se gestaba uno de los estilos de vida que luego desembocaría en uno de los movimientos literarios más influyentes de la historia reciente.

jj_b_wCuriosamente, por aquella misma época, a unas pocas calles de la casa de los Glassman en el Upper West Side de Manhattan se situaba el apartamento de Joan Vollmer Adams, otro de los personajes secundarios de esta generación, entre cuyas cuatro paredes vivían en aquel momento William S. Burroughs, Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Probablemente, ninguno de los cuatro sabía en qué iba a desembocar todo lo que se estaba gestando en aquel apartamento.

Tres años después, Glassman intentó reconducir su camino y se matriculó en Barnard College, una universidad privada femenina adjunta a la de Columbia. Fue allí donde conoció a la que sería la encargada de vincularla con aquellos locos que bebían, se colocaban y recorrían el país en coche, ajenos a aquel sueño americano y viajando en pos de una libertad sin límites mientras escribían haikus y se rebelaban contra todas las normas establecidas. Era una chica menuda, morena, con el pelo corto y unas gafas y una vestimenta que la hacían parecer anacrónica.

Elise Cowen, otra de aquellas niñas perfectas de familia judía, se había enamorado perdidamente del profesor de Filosofía de ambas, Alex Greer, incluso de forma enfermiza. Fue él quien las acercó a aquellos locos que recitaban poesía en la calle. Desde entonces, Elise siempre tendría una unión especial con Ginsberg. Probablemente no lo supieran, pero estaban haciendo historia más allá de su escritura automática y sus versos.

Aquel otoño a muchos pintores les llegó, por fin, la época de las vacas gordas. Con los trajes de pana marrón nuevos que se habían comprado en Hudson’s de la calle Bowery, se pasaban por el Cedar de camino a la inauguración de alguna galería en la parte de alta de la ciudad. Por el Cedar también comenzaron a aparecer caras conocidas de la escena social, hadas maduras envueltas en magnificas pieles, potenciales coleccionistas de arte y de artistas. Las esposas de algunos pintores respondían ante la amenaza llevándose los modelos más atractivos de las tiendas de segunda manos: peinetas de inspiración española y vestidos de cuentas de los años veinte cuyas sisas, si la propietaria de la prenda bailaba con demasiado desenfreno, solían rasgarse. Se arropaban con mantones de Manila, llevaban medias de rejilla color morado y daban en llamarse prerrafaelitas beat”.

LeRoi Jones y Diane Di Prima.
LeRoi Jones y Diane Di Prima en el Cedar.

Pero de lo que trata el libro es de darle importancia a aquellos que, por unas cosas o por otras, pasaron desapercibidos para la historia. Uno de los matrimonios más polémicos de la época fue el de LeRoi Jones y Hettie Cohen. Ella, una mujer blanca, él, un hombre negro. Ambos poetas cuyos versos han sido acallados. Hettie Cohen Jones, de hecho, a día de hoy, continúa con su actividad literaria siempre que puede. Según escribió el propio LeRoi, los dos se adentraron en el matrimonio “cual vacilantes exploradores en la costa de algún país desconocido. Pero no estábamos preparados para los conflictos interiores que América depararía a una unión como la nuestra, y nuestra vida en el Village a duras penas nos protegió de los conflictos tradicionales, los exteriores”

En 1955 Hettie vivía en la calle Morton, en el Village, y trabajaba de secretaria en una revista de jazz llamada The Record Changer, que resistía a duras penas y que al cabo de poco tiempo cerraría. LeRoi Jones -que ya había pasado por “las calles proletarias de Newark, estrechas y grises, la superabundancia del marrón de Howard University y el desesperado hastío del ejército del aire”- llevaba el correo de la publicación. Aunque se había criado en un barrio obrero, pertenecía a una familia de clase media de maestros y funcionarios. Le bautizaron con el nombre de Everett LeRoi Jones, pero hacía mucho años que se había desprendido de su nombre de pila. Quizá con aquel LeRoi delataba, inconscientemente, sus ambiciones. En el auge contestatario de finales de los sesenta volvió a cambiar de nombre para llamarse Amiri Baraka.

Cuando Roi dejó el ejército y llegó al Village, todos leían Aullido. A día de hoy, él sigue considerándolo la “influencia poética más importante de la época” por haber dejado al descubierto “la desolación espiritual de la América contemporánea”. Le escribió una carta a Allen en un trozo de papel de váter y se la mandó a París. Le preguntaba “¿Eres sincero?”. Allen le contestó que estaba cansado de ser Allen Ginsberg”.

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Jack Kerouac en primer plano. Al fondo, borrosa, Joyce Johnson.

Parecía perfectamente posible que la novedad y la amplitud de miras plasmada en los poemas, en los cuadros y en la música llegaran a desbordar Saint Mark’s Place y las mesas del Cedar y, llevándose por delante las antiguas barreras sociales y raciales, sanaran las dolorosas heridas del alma de mi país. Nosotros, los niños de los silenciosos cincuenta, sabíamos muy poco de las realidades políticas. Vivíamos en la ilusión de que nuestra pasión nos bastaría. Creíamos, como dijo en una ocasión Hettie Cohen Jones, que para cambiarlo todo sólo hacía falta empeñarse lo suficiente”.

A aquellos años cincuenta vertiginosos le sucedieron los sesenta, donde el movimiento hippie desplazó a los beats hacia el olvido. “Ante mis ojos, los hippies reemplazaron a los beatniks; los sociólogos, a los poetas; los lienzos desnudos, a los Klines. Desanimada contemplé la emergencia del “estilo de vida”. La antigua intensidad se disolvió en el “Haz lo que te toca”, consigna que evocaba una libertad en la que no quedaba rastro de las luchas pasadas. El éxtasis ya era químico, para olvidar bastaba con una receta del médico. La revolución estaba en el aire, pero nunca triunfó; y si hubiera triunfado, Jack no habría tenido cabida en sus ortodoxias”, afirma Johnson.

Joyce Johnson hace una introspectiva a aquellos años y al papel que cumplieron los personajes secundarios en aquella parte de la historia, con la nostalgia y la sensación de que fue una época en la que se abrieron muchas puertas y su yo de veintidós años no supo aprovechar todo lo que le hubiese gustado lo que tenía delante.

Veo a una joven Joyce Glassman de veintidós años y el cabello suelto sobre los hombros, toda de negro […]. Como mujer, no participa del todo, aunque esto ella no lo sabe; está sentada, emocionada, mientras las voces de los hombres -siempre los hombres- se elevan y se apagan con pasión y sus jarras de cerveza entrechocan y el humo de sus cigarrillos sube hacia el techo y la cultura muerta, sin duda, se despierta. Con estar ahí, se dice ella, basta.

Me niego a renunciar a sus esperanzas.

Y sólo quiero romper con su silencio; y con el silencio de Elise que, póstumamente, da fe de las lecciones que aprendió en libros de Pound robados, y con los poemas que Hettie amordazó en cajas durante demasiados años…”

Hay voces calladas que merecen la resonancia que no tuvieron en su día. Contarlas es lo mejor que podemos hacer para devolverles el favor de sus luchas. “Si el tiempo fuera un fragmento musical, uno podría tocarlo tantas veces como hiciera falta hasta que sonara bien”.

 

Joyce Johnson.
Joyce Johnson.

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