Yo morí en ese párrafo soporífero de Murakami

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

El otro día, hablando con compañeras de La Línea de Fuego, nuestra Marina Corredor nos comunicó su intención de escribir un post para esta cabecera sobre Haruki Murakami, sí, ese escritor japonés del que tanto se habló hace unos años por aquellos libros tan retorcidamente psicológicos y cuyo nombre ahora sólo resuena cada vez que toca hacer la quiniela de los premios Nobel de Literatura.

Para muchos, Murakami es uno de los grandes autores de la Literatura contemporánea. Para otros tantos, es el tío que escribe esos libros de trama abierta que nunca acaban y esos cuentos tan bebibles como una cucharada de Cola-Cao.

Recuerdo la primera vez que alguien me habló de Tokio Blues, el primer libro suyo que leí, y que lleva como subtítulo ‘Norwegian Woods’. “Oh, toma como referencia a los Beatles”. “Oh, protagonistas atormentados”. Sexo. Suicidios mientras suena Blackbird. ¿Ya? Ya.

Pero de repente todas las mesas de las cafeterías con muebles reciclados de Malasaña se llenan de libros de Murakami con títulos extremadamente largos y enrevesados que otorgan a su lector ese aire bohemio exacerbado de pseudo hipster viviendo una segunda adolescencia en modo japo, con chai lattes y gafas de pasta redondas que fuman sin ganas mientras leen uno de esos párrafos intensos de Los años de peregrinación del chico sin color.

O por lo menos hacen con que lo leen. Y yo les miro desde la mesa de enfrente, con mis gafas de sol del Primark mientras pido mi carajillo -con ron, no con brandy- y les veo subrayar un párrafo de Sputnik, mi amor que luego compartirán en una foto en Instagram con el filtro Juno, como si de verdad ahí fuesen a encontrar algo, y pienso “en ese párrafo soporífero de Murakami me maté yo”.

Y llega mi carajillo -con ron, no con brandy-, abro mi libreta del Ikea y garabateo estas líneas y de repente me viene a la cabeza que tal vez me esté pasando con ellos. Esta pobre gente que al final se siente identificada con una ciudad grande en la que no saben a dónde ir mientras suena música indie de fondo. Entonces alguno se levanta con su libro de Murakami señalado por una página al azar y lo guarda en el bolsillo de su parka verde militar de segunda mano con el título deliberadamente hacia afuera. Justo en ese momento la idea se va volando de mi cabeza como una pajarita de origami que se lleva el viento.

Y pienso en sus historias densas, sus párrafos llenos de un vacío existencial que casi no da para llenar nada más allá que las pastas del libro que Murakami repite hasta el infinito y nunca acaba. Puede que ahí esté su juego, su gracia para quienes compartan su visión particular de, vamos a llamarlo, arte por el arte. Escribir por escribir. Probablemente su nombre vuelva a sonar otra vez en la quiniela de los Nobel el próximo año. Igual que el de Leonardo DiCaprio para los Oscar. Leonardo tuvo que pelearse con un oso para ganarlo… ¿Qué hará Murakami?

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