Geoestrategia y petróleo tras la sombra de la guerra de Yemen

Por Alaia Rotaeche (aL_rc) y Nicolás Ribas (@nicolasribas_)

Hay una frase de Karl Marx que dice que la desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. Partiendo de esta premisa y teniendo siempre presente la pista del dinero, vamos a adentrarnos en una de las guerras más silenciadas -pero no por ello menos importantes- del momento: la guerra de Yemen. Mientras que guerras como la de Siria o países con fuerte tensión social como Venezuela reciben amplia cobertura informativa -no vamos a juzgar el tipo de cobertura- de otros apenas sabemos nada. Y obviamente, no por culpa de la gente. La manipulación informativa no se reduce simplemente a ocultar información, contar medias verdades o directamente mentir. El simple hecho de fijar de qué se habla y de qué no se habla, ya implica un cierto grado de subjetividad. Por eso, objetivamente o no, vamos a poner el foco en Yemen, analizando por qué este conflicto es mucho más importante de lo que pueda parecer y cuáles son los motivos que llevan a silenciarlo.

Oriente Próximo (más conocido como Oriente Medio por influencia estadounidense) es una región que vive en conflictos y guerras constantes. En el caso de Yemen, fijamos como punto de partida del conflicto las llamadas “primaveras árabes”. Como consecuencia de la revuelta de los yemeníes contra el régimen corrupto del dictador Ali Abdullah Saleh, quien gobernaba el país desde 1978 con mano de hierro, el gobierno reprime las manifestaciones pacíficas violentamente. No hubo transición democrática, las protestas continuaron y en 2012 se destituyó a Saleh y asumió el cargo el vicepresidente Abd Rabbuh Mansur al-Hadi tras un referéndum. Aun así, Yemen siguió debilitándose económica y socialmente. Mansur Al-Hadi, elevado a símbolo de renovación democrática, contó con el visto bueno del Consejo de Cooperación del Golfo (con Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Qatar a la cabeza), a pesar de que no cumplió sus promesas al llegar al poder. De este modo se conseguía frenar la revolución yemení al mismo tiempo que se avivaban los enfrentamientos sectarios y tribales propios de la región, ya que consecuencia de ello los huzíes, históricamente relegados del poder y apoyados por las clases populares, se rebelan contra Al-Hadi y conquistan la capital de Saná, en medio de las protestas de la población contra la subida del precio de la gasolina. En 2015 se disuelve el Parlamento, Al-Hadi renuncia (teóricamente) a su cargo, para poco más tarde huir a Adén y revocar su renuncia. Las fuerzas leales a Al-Hadi, con sede en Adén, se enfrentaron a los huzíes. En este contexto comienza la guerra civil, después de que Al-Hadi pidiera ayuda militar a Arabia Saudí.

Además, el hecho de que los huzíes sean un grupo zaidí (una rama del chiísmo) sirvió para acusarles rápidamente de estar a las órdenes de Irán, quien disputa el control por el poder hegemónico en la zona con Arabia Saudí. Un argumento demasiado fácil para las tesis reduccionistas que lo atribuyen todo a la manida narrativa del enfrentamiento religioso: sunníes contra chiíes. Pero es el petróleo, y no la religión, uno de los factores clave en las relaciones internacionales.

yemen-ii_opt
Manifestantes chiíes protestan contra los bombardeos en Saná. Fotografía: Reuters

El interés no es tanto económico como estratégico. La cruz de Yemen es su ubicación geográfica, por un lado estratégica para el comercio marítimo y el tráfico mundial de petróleo, y por otro demasiado cercana a Arabia Saudí. Yemen no tiene un gran yacimiento de crudo, pero su ubicación le otorga un valor importante, especialmente interesante para su vecino saudí. La geografía es un motivo de guerra y la del mar rojo, que recorre desde el estrecho de Bab el Mandeb al Canal de Suez es un ejemplo de libro. Bab el Mandeb es el estrecho que confluye en el triángulo formado entre Eritrea, Yemen y Yibuti.

Irán y Arabia Saudí son los dos países más fuertes militarmente de la región; una lucha de egos. Una lucha de control y poder. Ahora, Arabia Saudí ha proyectado un nuevo oleoducto que llegue directamente de sus yacimientos a Adén, ciudad que constituye el mayor puerto de Yemen, y así evitar el estrecho de Ormuz. En efecto, el estrecho de Ormuz está controlado por Irán.

La ONU estima que la guerra ha dejado 10.000 muertos hasta agosto de 2016, pero la realidad es que no hay cifras exactas. No son números tan exorbitantes como los de Siria, el conflicto de “moda”, ni como los de Irak en 2011, pero la síntesis mediática para toda guerra en Oriente Próximo es la misma: el conflicto suní-chíi, el manido argumento de “es que no hay solución, se matan entre ellos”.

Por eso el silencio conviene al mundo entero. En Europa, podríamos decir que los líderes siempre han tenido miedo al gigante que es Arabia Saudí; si siguen sin hacer nada, controlará la principal ruta del petróleo a Europa. Por su parte, Estados Unidos, aunque precariamente, sigue manteniendo su alianza con el país. Según Obama, Washington está descontento con la escasa colaboración de Arabia Saudí en la lucha contra el Estado Islámico. Cabe decir que la ideología de Arabia Saudí es la misma que la de Estado Islámico y Al Qaeda: wahabismo sunní, fuente de inspiración del terrorismo yihadista. En la otra parte, a Arabia Saudí sigue sin gustarle el acuerdo nuclear de EEUU con Irán.

Si se lee entre líneas, queda algo más claro que la causa este conflicto no es religiosa (aunque algo de eso haya) sino geopolítica, y está provocada en gran medida por la inoperancia Occidente. Ya antes del inicio del conflicto, Yemen era el más pobre de los países árabes; y, tal vez por ello, el más ignorado. El silencio está condenando a Yemen y su control se erige sobre la sangre derramada por los miles de muertos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *