De cuando me dijeron que escribía como un párvulo (o un artículo más sobre la genuina soberbia del español simplón)

Por Miguel Ángel López (@Miguelopez93)

Mi abuelo dice que hacer el bien no significa ser un hombre bueno. Y que igual que cantar bien no implica ser artista, escribir bien no conlleva ser escritor. Pero sin embargo, en el gremio periodístico uno tropieza con mucho filántropo, artista y escritor, todo en uno, dada la ostensible eminencia con la que algunos (o algunas) plumillas van paseando por la redacción en condición de pantocrátor, cribando lo despreciable de lo apreciable y creyendo hacer un favor a la sociedad; los de política incluso se autodenominan preservadores de la democracia. Alguien me advirtió en una ocasión que en la cotidianidad de la oficina me encontraría con mucho escritor frustrado, mucho escriba de somera palabra, expresiones clichés y muletillas por doquier (los mismos que tirarían este párrafo a la papelera porque poner despreciable y apreciable tan cerquita no queda mono). Y tanto es así, que fui a dar con una hace relativamente poco. Solo existe algo más insoportable que un periodista petulante, y eso es un periodista petulante con cierta “obra” publicada.

Según fuentes del entorno, ella dictaminaba y yo ejecutaba, pero conforme cuentan testigos de excepción, ella deliraba y yo regalaba mis oídos a sus ocurrencias, merced del miserable salario que me atenazaba. Pero un día cualquiera saltaron todas las alarmas cuando no se dio la esperada luz verde a un artículo que debía publicar. El suceso tuvo lugar en el marco incomparable de un lunes a primera hora, cuando el sol aún no calaba hasta los huesos y después de un duro fin de semana fuera de casa cubriendo algo que no me conviene decir. Según afirma la presunta periodista en jefe, leyó y releyó el reportaje y llegó a la conclusión de que no había por dónde cogerlo. Acto seguido, en un alarde de premeditación y alevosía, lo imprimió y lo plantó de golpe en mi mesa reafirmando que eso que había hecho era una redacción de párvulo, que vaya tela, niño, ya no sales más, castigado.

Las autoridades no descartan ninguna hipótesis, pero creen que esta cólera irremisible pudo ser causada por un exceso de “creatividad” en el texto y una carencia de entendimiento o falta de voluntad para ello. El caso es que el reportaje no cumplía los parámetros redaccionales que la jefa imponía, por lo que tuvo que ser censurado y condenado a la carpeta de ‘dictados escolares’. Lo que a día de hoy no está claro es si los periodistas escriben mejor o, al menos, con más frescura e imaginación que los párvulos. Varios expertos en la materia han demostrado que las mentes demasiado academicistas pueden cegar la visión inventiva de los parvulitos. Con el fin de identificar a estos presuntos periodistas, algunos becarios precarios han expuesto sus experiencias y todos han coincidido en un mismo retrato: suelen vestir de una mirada altanera, como si portaran todo un relicario sin donaire para lucirlo. Cierta ojizaina mira tan por encima que se ha quedado sin hombro al que desdeñar y solo le queda contemplarse a sí misma ante el espejo con una mirada que Quevedo atribuiría al ojo del culo; acostumbran a parlotear con una seguridad inquebrantable e insolente, tan petulante que todos quieren hablar de su libro aún sin tenerlo; y sus andares son tan espigados y remolones, que parecieran caminantes empalados por su propia arrogancia; siempre los hallarás sentados a la derecha del director -cosa rara si no escriben de política-, van al Congreso con los colegas y se pasean como diputados.

El periodista pantocrátor es tan simplón como una canción de reguetón: si le das él también te da, si te vas él también se va, un juego de intereses en el que la sensatez y la humildad quedan relegados a las sonrisas oportunas y los favores off the record. Cuando uno está seguro de hacer el bien, probablemente esté consiguiendo todo lo contrario, porque es algo tan relativo como la objetividad con la que enmascaran sus piezas canónicas, compuestas de frases demasiado hechas, ya quemadas, estructuras estándares y conclusiones hueras. Lo mismo de siempre. No hay mayor dormidera que una sobredosis de actualidad diaria y un desbordamiento mediático insustancial. Si contribuir a ello otorga la mayestática potestad de discernir entre redacciones de párvulo y textos ortodoxos, yo no quiero ser periodista. Prefiero hacer garabatos inocentes y difíciles de borrar a escribir artículos triviales que se esfumen mañana.

Se esperan los días más calurosos desde el verano de… Seguiremos informando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *