Agosto en Madrid

Por Sara Pérez (@sarap0va)

Aquel verano había dos artistas en la boca del metro de La Latina, uno tocaba por la mañana pop o rock transgresivo a su manera y otra hacía versiones increíbles de canciones increíbles.  Aquel verano, al igual que el resto del año la gente subía deprisa las escaleras mecánicas y los turistas no entendían que en Madrid de toda la vida hay dos carriles, el de la izquierda para el que se deja llevar por el movimiento de las poleas y el de la derecha para el que prefiere correr.  Intenté explicárselo a un chico del sur pero no me quiso entender. Nos enfadéis, solo entenderlo. Había desayunos preparados, comidas preparadas y cenas preparadas y el churrero de Plaza Castilla seguía vendiendo café caliente a 40º.

Aquel verano había tanta gente leyendo como mirando el móvil en el metro y hasta que me fijé bien no podía dar en mi asombro, teniendo en cuenta que vivimos  en una sociedad que considera que leer es algo raro. Aun así, supuse que eso era un signo de transformación paulatina, se habían puesto de moda las librerías de segunda mano, mucho más que los ibooks que no terminaban de convencer a un público al que nos encanta el olor a papel. Había sido el verano de los “libros pendientes”, me había tragado otro de Paul Auster, uno de su esposa Siri Hustved, de F. Scott Fitzgerald y los manuales de teoría política de Andrew Heywood. Las bibliotecas estaban llenas y podría decir que en verano tienen encanto, pero te mentiría.

“Las fiestas del pueblo” fueron sustituidas por “fiestas del barrio”, no es que suene más mainstream, simplemente aquel verano había intentado amoldarme a las banderillas de colores, a los minis de seis euros y a los cubatas de nueve.  Esto sucedió tras mi tercera mudanza realizada con éxito.

El término flexitariano se puso de moda, 24 años más tarde de su nacimiento y era la excusa perfecta para ser una buena mama de planeta a la vez que picas un poco de fuet para cenar.  También me sirvió de excusa a mí y a mi falta de B12.  A la vez, Mercadona había inventado el chopped veggie, una maravilla que nunca llegué a probar.

En julio había ido a un concierto de música iberoamericana porque llevaba un mes escuchando a un grupo colombiano que me fascinaba. En realidad nunca he sido buena dejando las oportunidades pasar, aunque cuesten 40 euros.

Ese mismo mes se puso de moda Pokémon y la gente se lo descargaba de manera ilegal antes de que llegase de manera oficial a España. Una locura.  También reestrenaron ‘La historia interminable’ y por un momento pensé que vivía en la era musical de mi madre: en los ochenta. No solo por eso, las chicas en Malasaña llevaban los levis rasgados, tops encogidos por la lavadora y los aros que parecía hula hoops.

Facebook se limitó a joderme la vida  y recordarme lo bien que vivía un año atrás. Por aquel entonces, me tomaba las cosas con más calma e incluso podía pararme a hablar con los gatos y no me importa llegar tarde a la oficina, había aparcado una vida frenética a la que volví sin darme cuenta. Yo misma sabía que iba a tener problemas con eso, pero del año anterior había venido con la teoría de que no necesitaba ni la mitad de las cosas que tenía, eso que el consumismo y agotamiento de una gran ciudad no me ganase la batalla.

Ese verano fui feliz, a pesar de que mi deseo de hacerme #instagramer no pudo hacerse realidad. No era muy difícil de suponer, no tenía fotos de playa y no tenía mucho dinero para salir, solo podría subir fotos de algunos apuntes y podría decir que en verano tiene encanto, pero te mentiría.  Aquel verano no fui a ningún sitio e invertí todos los ahorros en volver a casa una vez al mes y fue un cumulo de sensaciones donde “mi siempre” se juntaba con “mi ahora” después de mucho tiempo. A decir verdad, no quería ir más a casa, no porque no fuese maravilloso volver a mi tierra verde y azul, donde se junta la sal con la montaña y donde nunca hace demasiado calor como pa’ vivir aplatanao, sino porque ese verano fui feliz aquí, contigo.

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