El viajero, Saramago y Portugal

Por Alaia Rotaeche (@aL_rc)

“La felicidad, sépalo el lector, tiene muchos rostros. Viajar es, probablemente, uno de ellos. Entregue sus flores a quien sepa cuidar de ellas, y empiece. O reempiece. Ningún viaje es definitivo”.

Seamos sinceros, conocemos muy poco del país vecino, mientras que ellos nos tienen bastante presentes. ¿Cómo podemos saber tan poco de un país tan cercano y tan precioso y especial como es Portugal? Tiene mucho que ofrecer y nos solemos limitar a veranear en el Algarve, por sus playas y sus precios, como un turista más.

José Saramago en Lisboa, vía biblioblogue.wordpress.com
José Saramago en Lisboa, vía biblioblogue.wordpress.com

Saramago se encargó de ofrecer al lector en Viaje a Portugal una perspectiva distinta, una suerte de viaje tanto interior como exterior por su país natal. ¿Quién mejor para ello? El escritor era un viajero incansable, no un turista; la diferencia es que el viajero comprende el alma del lugar que visita, fija la mirada (y en ocasiones el objetivo de su cámara) más en sus gentes y sus terrazas que en iglesias y monumentos. “Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y trazar caminos nuevos a su lado”; era parte de su credo.

De Norte a Sur y de Este a Oeste, en todas las direcciones posibles, es como debe recorrerse Portugal. Saramago lo hizo y empleó caminos secundarios, por los que sabía que se mezclaría más con las gentes de cada lugar que visitase. Es hora de dejar de decir eso de “Portugal es España hace 30 años” y de molestarnos en conocerlo a fondo, como se merece un país de gentes acogedoras y de calles por las que no pasa el tiempo.

Desde Oporto (“Porto es un estilo de color, un acierto, un acuerdo entre el granito y los colores de la tierra…”) hasta el Algarve (“El viajero llega tan castigado por el calor, tan deprimido de sentimientos, que recibir en el rostro el gran soplo del mar le causa el efecto estimulante (…). Sólo por eso ya le quedaría agradecido a Faro”) y por supuesto parando en la amada Lisboa (“Alfama es un animal mitológico. Pretexto para sentimentalismos de variado color, sardina que muchos han querido arrimar a su ascua, no cierra caminos a quien allí entra…”), el viajero, como se llama continuamente el autor a sí mismo, introduce al lector en el país vecino de la mejor forma posible: a través de las emociones y los sentidos.

La literatura de Saramago es en sí misma, siempre, un viaje. El escritor nació en la aldea de Azinhaga, en el distrito de Santarém, en el centro de Portugal. Tras vivir un tiempo en Argentina, Saramago y su familia se establecieron en Lisboa. Muchas de sus historias las sitúa en la zona del Alentejo y del centro, donde nació, pero también en la capital, donde creció y se formó. Su visión de la cultura, entendida como la base de los pueblos (y así lo transmite), también es un punto importante en sus obras.

Reivindiquemos a Saramago. Leamos a Saramago. Y, sobre todo, ahora que es una época perfecta para ello, leamos Viaje a Portugal. Y, con él en la mano, cambiemos el consabido destino europeo o playero por el país vecino.

“El viaje no acaba nunca. Sólo los viajeros acaban. (…) Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino”.

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