No era el hombre más honesto…

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

…ni el más piadoso, pero era un hombre valiente.

Así empieza uno de los libros que marcaron mi vida como lectora y, después, como periodista. Yo tenía unos doce o trece años cuando cayó en mis manos aquel libro de bolsillo con las letras doradas e ilustración de Joan Mundet. “Se llamaba Diego Alatriste y Tenorío”, seguía, “y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes. Cuando lo conocí malvivía en Madrid, alquilándose por cuatro maravedíes en trabajos de poco lustre, a menudo en calidad de espadachín por cuenta de otros que no tenían la destreza o los arrestos para solventar sus propias querellas”.

Por aquellos entonces yo ni sabía lo que eran los tercios viejos, ni dónde quedaba Flandes -tampoco es que nadie fuese a explicármelo en los años venideros-, ni que Madrid era algo más que edificios muy altos y coches por todos lados. Pero me dispuse a leer aquel librillo firmado por unos tales Arturo y Carlota Pérez-Reverte con cierta curiosidad. Ésta se acrecentó cuando descubrí que Íñigo Balboa, el narrador de aquella aventura, tenía apenas doce años, la misma edad que yo en aquel momento, y fue entonces cuando, inconscientemente, decidí que crecería a la par que él con aquellos libros.

Después de aquel primer tomo titulado El capitán Alatriste vendrían otros tantos. Limpieza de sangreEl sol de Breda inmediatamente después, El oro del reyEl caballero del jubón amarillo. Entre uno y otro iban cayendo en mis manos algunos libros más de Reverte. El maestro de esgrimaLa reina del surCachitoTerritorio comanche. Y uno que me hizo estremecer a mis catorce o quince años: El pintor de batallas. No sé entre cuál de ellos decidí que, además de leer, mi vida la iba a dedicar a ser periodista. Porque el señor que había escrito aquellas historias que me acompañaban hasta en los recreos del instituto era periodista. Y yo quería contar historias como él. Sé que yo tenía catorce años y aquella meta muy clara.

En 2006, diez años después de que aquella primera entrega de El capitán Alatriste viese la luz por primera vez, se publicó la sexta entrega, Corsarios de Levante. Tuve que esperar hasta 2011 para que la historia siguiera. No pude esperar a Íñigo y yo crecí. Crecí y esperé pacientemente, pero marcada de una manera prácticamente irreversible. Como si aquella Angélica de Alquézar también me hubiese apuñalado a mí, solo que lo había hecho más certeramente que al protagonista. Entre uno y otro libro hice lo posible y lo imposible por empaparme de los versos de Lope de Vega, de Quevedo, de Góngora, como si fuesen unos amigos más a los que recurrir en caso de necesidad. E inevitablemente también, para entenderles a ellos, tuve que llegar hasta los que les inspiraron a ellos, mientras silbaba aquel tirurí-ta-ta que nunca había oído y que, sin embargo, sonaba clarísimo en mi mente.

De vez en cuando, también, me dejaba caer por la taberna de Caridad la Lebrijana para oír aquellas historias -igual que me asomo a las Patentes de Corso y de vez en cuando al bar de Lola, hay ciertas costumbres que nunca deben perderse-, aunque no hubiese nada nuevo. Y en aquel foro que me mantenía ocupada entre exámenes, que se llamaba igual que la primera novela y donde podía debatir -aunque fuese de forma virtual- sobre algunos de los temas que me han empujado a ser lo que soy.

En 2011, cuando yo ya estaba metida en aquella facultad de mala muerte que era Ciencias de la Información y me preparaba para ser la periodista que había querido ser a los catorce años y que todavía estoy buscando, volví a encontrarme con Íñigo y con los ojos azules del capitán en tierras italianas en El puente de los asesinos.

Este año, habiendo terminado la carrera y siguiendo la sana costumbre de buscarme, aquel primer libro que descubrí en la estantería de no recuerdo qué librería cumple 20 años. Y a mí no me queda más que agradecerle haberse cruzado en mi camino y que me dejase crecer con él. “Cuenta lo que fuimos”, leí en alguna de sus páginas. Y supongo que ahí está la clave de todo.

Gracias, capitán.

Alatriste (1)

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