Crónicas de un superviviente

Por Adriana Sánchez

Ya está. Está todo perdido. Todo lo que alguna vez amé. Amigos, familia… Todo perdido.

Perdón, seguro que os estoy amargando a vosotros con mis problemas. Y no queréis que os amargue con mis problemas, ¿verdad? Bueno, por si acaso os apetece, aquí estoy.

«Y, Redmond, ¿cuáles son esos problemas?»

Ah, ya veo, quieres que os cuente mi vida, ¿no es eso? Bien, la contaré. De todos modos, no tengo nada mejor que hacer.

Todo este fiasco empezó hace unos días, cuando mi familia y yo estábamos todos tranquilos en nuestra casa en la ciudad de Ligrown. Cuando de pronto, las noticias dicen que la central nuclear se ha desbordado y que sería imposible vivir en la ciudad cuando pasara una semana. Así, con la total tranquilidad con la que lo dicen todo en las noticias.

Así que mi familia y yo nos apresuramos a hacer las maletas (con “hacer las maletas”, me refiero a meter en ellas todo cuanto fuera posible) y largarnos. Desafortunadamente, nos separamos en algún punto de la ciudad, y ahora va cada uno por su lado.

«Pero, Redmond, dijiste que los habías perdido, y seguramente estén por ahí, vivitos y coleando».

Sí, estarán por ahí.

El caso es que, a mis quince años, salí de la ciudad para buscar un lugar más seguro. Me acordé de mi madre. Si ella todavía tuviera noticias de mí, me hubiera dicho: “No salgas de la ciudad, es muy peligroso”, y no le hubiera replicado, pero en esta situación lo único que podía plantearme era:

«Salir de la ciudad: peligroso. Quedarse en la ciudad: más peligroso aún».

Así que salí de allí por patas y luego vagué un poco por los alrededores. En eso, vislumbré una figura en el suelo, con una manta harapienta cubriéndole el cuerpo. Pero había algo más debajo de la tela. ¿Un perro? Corrí hacia ellos, porque el hecho de encontrar vida me emocionaba muchísimo en ese momento. Cuando llegué a donde estaban, vi que la figura humana era un niño, de unos nueve o diez años.

Al verme, el niño esbozó una sonrisa y, seguidamente, miró al cachorro.

-Mira, Tim, te dije que encontraríamos a alguien – dijo, a pesar de que yo les encontré a ellos, pero bueno, me limité a preguntar su nombre.

-Hola, ¿cómo te llamas? – pregunté, esbozando una sonrisa forzada.

-Orson. ¿Y tú?

-Mi nombre es Redmond -contesté-. ¿Estás perdido?

-No – respondió él-. Salí de la ciudad antes, con Tim -señaló al cachorro-. Y estábamos descansando un poco.

-Bueno, pero, ¿acaso tienes a dónde ir?

Él agachó la cabeza con pena, indicando que la respuesta era “no”.

-Vale -le dije, intentando animarle-. Si quieres, puedes venir conmigo.

Me miró con sus brillantes ojos color café claro.

-¿De verdad? – preguntó emocionado.

-Sí, de verdad.

-¡Bien, vámonos! – exclamó levantándose del suelo con un enérgico salto.

Sonreí. Su actitud me recordaba a mí mismo cuando tenía más o menos su edad. Dicho esto, empezamos a rondar juntos por los alrededores de la ciudad junto con Tim, buscando más gente que hubiera escapado de allí.

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