Revolución y protesta a golpe de guitarra

Por Marina Corredor (@BeastInstincts)

Un mes de música. Esa es la premisa de Noches del Botánico, una iniciativa donde la Universidad Complutense de Madrid, en conjunción con el Ayuntamiento y otras entidades,  ha pretendido recuperar el maridaje perfecto que crea la música con las calurosas noches de verano madrileñas. Desde el 27 de junio hasta el 29 de julio pasarán diversos estilos, intérpretes y voces que pretenden aliviar y alegrar a todos aquellos que deseen escuchar.

Uno de esos estilos presentes es la canción protesta, un género complicado de ver en la música de hoy en día, y que queda muy diluido entre canciones de amor. Los chilenos Quilapayún protagonizaron un concierto emocionante, dividido en dos partes, y que sin embargo empezó casi con una hora de retraso.

Hace más de cuarenta años unos jóvenes, justo en esta misma época, asistían a un concierto en la capital del mismo grupo. Un concierto que se fue prolongando hasta que la chica suplicó a su acompañante para salir y volver a casa. Como llegue tarde me matan, no dejaba de repetir. Ambos salieron de un estadio que ya no existe –donde están actualmente las Cuatro Torres de Chamartín- a coger el coche y volver a su casa. Mientras salían de aquel recinto, vieron una gran cantidad de lecheras dispuestas para apalear a todos los jóvenes que pudieran al salir del concierto. Años amargos de la historia de España durante la Transición. Los jóvenes de la Otra Movida castigados a base de porrazos por escuchar música prohibida, todavía mal llamada así.

El concierto abrió con La Cantata de Santa María, una canción de cuarenta y cinco minutos que relata la historia de los trabajadores de las salinas de Chile en 1907 y cómo por protestar, más de 3.000 personas acabaron siendo asesinadas en una escuela vacía. Una canción que combina lírica hablada con música, cuarenta y cinco minutos de pelos de punta, y el horror de un episodio de la lucha obrera que acabó manchado de sangre..

quilapayún 01

Tras una pausa de más de quince minutos al terminar la cantata, el grupo reanudó el concierto con su habitual tono socarrón, sarcástico y sobre todo, de marcar los pasos de la revolución con música y bailes. No fue poca la gente que se levantó de sus asientos para salir a bailar los ritmos chilenos del grupo, ni tampoco las voces que cantaban los temas a voz en grito, recuperando ese espíritu juvenil de hace 40 años.

Críticas al capitalismo, a los americanos, y cantos a la esperanza, a un mundo mejor. Hubo dos homenajes a Víctor Jara en la semana en la que se ha conocido el nombre de uno de sus asesinos. Jara fue otro baluarte de la canción protesta, un músico que le cantó al Che Guevara y al que asesinaron por protestar con compases y notas musicales.

Sin embargo, no se puede decir que el concierto de Quilapayún fuese multitudinario: su aforo fue limitado y hubo numerosísimas butacas vacías. Algo triste porque su directo es muy humano, y emocionante. Se puede notar los remiendos, costuras y cariño de todas las canciones en cada acorde, en cómo se eriza la piel. Música directa al alma.

Dos horas de concierto de emociones a flor de piel, donde se vio la calidad de estos músicos y sobre todo, que la canción protesta sigue más viva y vigente que nunca.

Tendría que llegar el 2016 para que muchas de aquellas personas, entre ellos la pareja que escapó de los golpes de los grises en el verano de la Transición, pudiesen escuchar a Quilapayún en directo sin miedo a ninguna represalia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *