Plata, oro y azúcar

Por Sara Pérez (@sarap0va)

América Latina no es un tema de ahora, es un tema de siempre.

Ya lo decía Calle 13,  lo que dejaron, la sobra de lo que se robaron, un pueblo escondido en la cima,  una fábrica de humo, mano de obra campesina para tu consumo. He decidido escribir sobre ello después de leer una de las biblias del autor uruguayo, Eduardo Galeano.

La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. América Latina fue precoz y se especializó en perder, la región sigue trabajando de sirvienta ante las necesidades ajenas: petróleo, frutas o café con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos, es así que son mucho más altos los impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los vendedores, por eso hablar de “precio justo” en la actualidad es un concepto medieval. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno y se ha hecho infinita la cadena de dependencias. La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman y así se hipoteca la soberanía porque “no hay otro camino”.

El sistema es tan irracional, que cuanto más se desarrolla más se agudizan los desequilibrios y las tensiones. El punto de partida es la demografía, la gente hace el amor con entusiasmo y sin precauciones y es una pequeña molestia que no podemos evitar, aun así toda esta ofensiva universal cumple una función definida en los países “pobres” donde se pretende justificar que la desigualdad de la distribución de la renta entre los países y clases sociales es el resultado de que no se evitan tener hijos o poner un dique al avance de las masas: Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica, Paraguay tiene 49 veces menos que Inglaterra y Perú 32 veces menos que Japón.

La distribución de funciones entre el caballo y el jinete se lleva realizando desde el siglo XV, el saqueo interno y externo fue el medio más importante para la acumulación primitiva de capitales, la formidable concentración internacional de la riqueza en beneficio de Europa impidió en las regiones saqueadas el salto a la acumulación de capital industrial. La doble tragedia de los países en desarrollo consiste en que no solo fueron víctimas de ese proceso de concentración internacional, sino que posteriormente han debido tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar la acumulación originaria de capital industrial en un mundo que está inundado con los artículos manufacturados por una industria ya madura: la occidental.  Oro, plata y azúcar, la economía colonial más abastecedora que consumidora se estructuró en función de las necesidades del mercado europeo.

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En nuestros días Potosí es una pobre ciudad de la pobre Bolivia: la ciudad que más ha dado al mundo y que menos tiene.  Bolivia es todavía una herida abierta en un sistema colonial en América, donde se gastaba tanto en ropa europea para los opresores como en coca para los oprimidos, donde los mineros bolivianos mueren con los pulmones podridos para que el mundo pueda consumir estaño barato, donde todavía se sigue mascando coca para matar el hambre y los indios han padecido y padecen la maldición de su propia riqueza,  la expropiación de los indígenas –usurpación de sus tierras y su fuerza de trabajo- ha resultado y resulta simétrica al desprecio racial que a su vez se alimenta de la objetiva degradación de las civilizaciones rotas por la conquista. En Bolivia, los préstamos norteamericanos no proporcionaron un solo centavo para que el país pudiera levantar sus propias fundiciones de estaño.

En ninguna parte la desigualdad es tan espantosa como en México. Cuba se vió obligada a importar café del extranjero y a la explotación del azúcar que la hizo arder. El azúcar ponía y sacaba dictadores y proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles.  Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar posteriormente al impacto feroz de la crisis de 1929 en EEUU.  Así repetiría el Che Guevara lo que había dicho Martí: El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve. Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad, el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo y el que quiere salvarse vende a más de uno. Es así que fuera donde fuese, en Cuba o Republica Dominicana, la historia de un grano de azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral.  Desde luego, la búsqueda de oro y de plata fue sin duda el motor central de la conquista pero en el segundo viaje de Cristóbal Colon trajo las primeras raíces de caña de azúcar desde las islas canarias y las planto en las tierras que hoy ocupa la República Dominicana,buscaron los escenarios propicios para la explotación a gran escala del oro blanco: inmensas legiones de esclavos vinieron de África para proporcionar fuerza de trabajo numerosas y gratuitas y sumado a los furores de la plata y oro impulsó indirectamente el desarrollo industrial de Holanda, Francia, Inglaterra y EEUU.  Se convirtió en un ciclo dinámico: la competencia de otros productos sustitutivos, por el agotamiento de la tierra o por la aparición de otras zonas con mejores condiciones, sobrevino la decadencia. La cultura de la pobreza, la economía de subsistencia y el letargo son los precios que cobra con el transcurso de los años el impulso productivo original. Se plantó a gusto de las metrópolis europeas y eso destruyo los cultivos locales que se importaban junto con los esclavos.

       Venezuela desde 1922 se convirtió en el manantial del petróleo y a partir de ahí se desató la glotonería de los europeos y los norteamericanos por el chocolate. El petróleo sigue siendo el principal combustible de nuestro tiempo y los norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen. Esta dependencia, creciente, respecto a los suministros extranjeros, determina una identificación también creciente de los intereses de los capitalistas norteamericanos en América Latina, con la seguridad nacional de los Estados Unidos. Es obvio que los incentivos de este tipo de inversiones no pueden menos que incrementarse, nuestras necesidades de materias primas están en constante aumento a medida que la población se expande y el nivel de vida sube. El petróleo, es con el gas natural el principal combustible de cuantos ponen en marcha al mundo contemporáneo, una materia prima de creciente importancia para la industria química y el material estratégico primordial para las actividades militares. Ningún otro imán atrae tanto como el oro negro a los capitales extranjeros, ni existe otra fuente de tan fabulosas ganancias. El petróleo es la riqueza más monopolizada en todo el sistema capitalista, la Standard Oil y la Shell levanta y destronan reyes y presidentes, financia conspiraciones palaciegas y golpes de estado, disponen innumerables generales y ministros y manipulan los precios a escala mundial para reducir los impuestos a pagar y aumentar las ganancias a cobrar. Con el petróleo ocurre, como ocurre con el café, con la carne o con el azúcar, que los países ricos ganan mucho más por tomarse el trabajo de consumirlo que los países pobres por producirlos. Toda cadena de absurdos es perfectamente racional desde que las grandes empresas petroleras se pusieron de acuerdo para dividirse el planeta. Tres millones y medio de barriles de petróleo produce Venezuela cada día para poner en movimiento la maquinaria industrial del mundo capitalista, ningún país ha producido tanto al capitalismo mundial en tan poco tiempo, Venezuela ha drenado una riqueza que excede a la que los españoles usurparon a Potosí o los ingleses a la India. Por otra parte, a Caracas, fuente de frijoles llega el plato nacional en grandes cantidades desde el norte, en bolsas que lucen la palabra “beans”. Un país donde que vive marginado de todo y vive aturdido por la publicidad.

        Colombia se convirtió en el paraíso del café para aquellos que lo consumen y de este modo se acentúo la deformación económica. Los países ricos, predicadores del comercio libre, aplican el más rígido proteccionismo: convierten todo lo que tocan en oro para sí y en lata para los demás, pero en el régimen de la libre competencia, está visto que unos son más libres que otros. Como consecuencia Colombia se enzarzó en una situación que combinó todo lo propicio para que el horror de la violencia pusiese de manifiesto el horror del sistema. Argentina disputa a Brasil la plaza predilecta de las inversiones imperialistas. Las inversiones extranjeras en Argentina son consideradas en un pie de igualdad con las inversiones de origen interno, de acuerdo con la política tradicional que nunca ha discriminado al capital extranjero. La ley de la selva ha permitido que las empresas extranjeras entren sin competencia en el mercado local, obtengan prestamos fuera de las fronteras, un tipo especial de cambio por parte del gobierno mientras se agravaban los intereses a las empresas nacionales, este código que rige la vida humana y la injusticia  es la expresión de la cruel armonía del universo: unos ponen el cuello y otros ponen la soga. Los organismos económicos internacionales aplauden esta estabilización monetaria que interesadamente hace que confundan la fiebre con la enfermedad. El subdesarrollo de Latinoamérica no es un tramo del camino del desarrollo, aunque se modernicen sus deformidades, la región progresa sin liberarse de la estructura de su atraso y de nada vale, la ventaja de no participar en el progreso con programas y objetivos propios.  Se recibe la tecnología moderna como en el siglo pasado se recibieron los ferrocarriles, al servicio de los intereses extranjeros que modelan y remodelan el estatuto colonial.  Grandes avisos en los titulares en los diarios de Nueva York: Grow with Brazil cuando todo el mundo quería unirse al gigante de los trópicos, pero en realidad aquel eslogan publicitario sería algo así como: Crezca a costa de Brasil.  Haití es el principal productor mundial de pelotas de béisbol, pero no muchos juegan al béisbol en Haití. Perú produce harina de pescado, muy rica en proteínas, para las vacas de EEUU y Europa, aunque brillan por su ausencia en las dieta de los peruanos.  Paraguay, el país más progresista de América Latina construía su futuro sin inversiones extranjeras, sin empréstitos de la banca inglesa y sin las bendiciones de comercio libre, pero a medida que iba avanzando en este proceso, se hacía más aguda su necesidad de romper la reclusión, el desarrollo industrial requería contactos más intensos y directos con el mercado internacional y las fuentes de la técnica avanzada. Paraguay estuvo bloqueado por Argentina y Brasil y ambos países podían negar el oxígeno a sus pulmones cerrándolo; fue el subcolonialismo que a su vez sufría el imperialismo de la gran potencia de turno. Actualmente, los Estados Unidos que no ignoran la importancia geopolítica de este país enclavado en el centro de América del Sur, mantienen en el suelo paraguayo asesores innumerables que adiestran y orientan a las fuerzas armadas, cocinan los planes económicos, reestructuran la universidad a su antojo, inventan un nuevo esquema político democrático para el país y retribuye con préstamos onerosos los buenos servicios.

Es el contrabando del precio de la paz los generales se llenan los bolsillos y no conspiran, la industria agoniza antes de crecer, el Estado ni siquiera cumple con el decreto que manda preferir los productos de las fábricas nacionales en las adquisiciones públicas, hipotecan su soberanía y los únicos triunfos de los que muchas dictaduras latinoamericanas estaban orgullosos en la materia son las plantas de Coca-cola, Crush y Pepsi Cola instaladas a finales de 1966. Las colonias latinoamericanas, que proporcionaban el aire, el agua y  la sal al capitalismo ascendente en Europa, podían nutrir con largueza el consumo lujoso de sus clases dominantes, importando desde ultramar las manufacturas más finas y más caras. Las únicas actividades expansivas en América Latina, las que se orientaban a la exportación y asi fue también en los siglos siguientes: los intereses económicos y políticos de la burguesía minera o terrateniente no coincidían nunca con la necesidad de un desarrollo económico hacia dentro, crecía la mano invisible que opera en la magia del liberalismo: dejad hacer, dejad pasar, dejad vender. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial nacieron juntos para negar a los países subdesarrollados el derecho de proteger sus industrias nacionales y para desalentar en ellos la acción del Estado. Se atribuirán propiedades curativas infalibles a la iniciativa privada. Sin embargo, los Estados Unidos no abandonarán una política económica que continúa siendo, en la actualidad, rigurosamente proteccionista y que presta buen oído a las voces de la propia historia: en el norte, nunca confundieron la enfermedad con el remedio.  Por lo demás, las inversiones que convierten a las fábricas latinoamericanas en meras piezas de engranaje mundial de las corporaciones gigantes que no alteran en absoluto la división internacional del trabajo, así siguen exportando la desocupación y la miseria. El intercambio desigual funciona como siempre: los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos salarios de Estados Unidos y Europa, cada vez que el imperialismo se pone a exaltar sus propias virtudes, conviene, sin embargo, revisarse los bolsillos y comprobar que este nuevo modelo de imperialismo no hace más prósperas a sus colonias aunque enriquezca a sus polos de desarrollo, no alivia las tensiones sociales regionales, sino que las agudiza, extiende aún más la pobreza y concentra aún más la riqueza. Los movimientos nacionales surgidos en el sur a raíz de los problemas derivados del colonialismo han constituido un obstáculo a saltar porque a veces la soberanía incomoda y es una jugosa fruta a devorar. El gran galope del capital imperialista ha encontrado a la industria local sin defensas y sin conciencia de su papel histórico, la burguesía se ha asociado a la invasión extranjera sin derramar lágrimas, ni sangre y el Estado, generalmente se ha reducido al mínimo gracias a los buenos oficios del Fondo Monetario Internacional.

El capitalismo de nuestros días exhibe, en su centro universal de poder, una identidad evidente de los monopolios privados y el aparato estatal donde las corporaciones multinacionales utilizan directamente al Estado para acumular, multiplicar y concentrar capitales, profundizar la revolución tecnológica, militarizar la economía y mediante diversos mecanismos y asegurar el éxito de la norteamericanización del mundo capitalista; a su vez, los organismos presuntamente internacionales en los Estados Unidos ejercen su incontestable hegemonía  que se arrogan el derecho de decidir la política económica que han de seguir los países que solicitan los créditos, se apoderan de los datos secretos de las financias, redactan e imponen leyes nacionales y prohíben o autorizan las medidas de los gobiernos, cuyas orientaciones dibujan con pelos y señales: La caridad internacional no existe y la democracia no se puede financiar. El FMI y el Banco Mundial ejercen presiones cada vez más intensas para remodelar la economía y las financias en función del pago de la deuda externa pero en realidad se convierte en un círculo vicioso de la estrangulación, para cumplir con esos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero que generan compromisos mayores y así sucesivamente, los nuevos préstamos se hacen imprescindibles, como el aire al pulmón, para que los países puedan abastecerse.

América Latina estaba rota desde la era colonial.  Cada país padece hondas fracturas en su propio seno, agudas divisiones sociales y tensiones no resueltas entre sus vastos desiertos marginales y sus oasis urbanos. En realidad en este mundo nuestro, mundo de centros poderosos y suburbios sometidos, no hay riqueza que no resulte por lo menos sospechosa, así es el engranaje internacional que sigue funcionando, los países al servicio de las mercancías, los hombres al servicio de las cosas, negocios libre como nunca y gente presa como nunca, la libertad de empresa es incompatible con las libertades públicas, como consecuencia existe una íntima relación entre la intensidad de la amenaza y la brutalidad de la respuesta.  El desarrollo ha sido un viaje con más náufragos que navegantes y el subdesarrollo no es una etapa de este, es una consecuencia. El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribunda desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad.  Toda memoria es subversiva porque es diferente y también todo proyecto de futuro.

 

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