La vergüenza del olvido

Esta semana amaneció con el rumor del desalojo inminente del campamento de refugiados de Idomeni, la frontera griega con Macedonia. El martes, los rumores se confirmaban y a primera hora de la mañana la policía griega entraba en Idomeni para echar, primero, a activistas, fotógrafos y periodistas y, después, desalojar el campamento.

Más de 8.000 personas han sido trasladadas a centros de acogida del país. Parece una cifra alarmante, pero prácticamente no es significativa si tenemos en cuenta que sólo en Grecia hay 54.000 migrantes provenientes de zonas de conflicto de Siria, Irán, Irak o Líbano.

54.000 personas que han huido de sus casas tras la esperanza de una vida mejor donde no haya guerra, ni hambre, ni miseria a su alrededor. Por el camino han tenido que luchar contra las inclemencias del tiempo, contra balsas atestadas de gente por cuyo paisaje les han cobrado miles de euros, contra caminos infinitos que acababan en vallas.

Y entonces llega la espera. Una espera que tampoco asegura nada al otro lado de esa valla que, quizá, algún día se abra. Y en esa espera, más barro, hacer de una tienda de campaña un hogar improvisado, condenarse al olvido, a la incertidumbre e incluso, cuando son recordados, ser atacados por gases lacrimógenos desde el otro lado de esa valla que simboliza una mínima esperanza de paz.

Pero la paz está lejos. No saben si al otro lado de esa valla que cada vez les ponen más lejos o si la han perdido para siempre del lugar de donde vienen. Mientras tanto, Europa hace oídos sordos e intenta ocultar sus vergüenzas. Menos mal que todavía hay quien resiste y cuenta lo que quien manda no quiere que se sepa. Menos mal que todavía queda algo de decencia entre tanta vergüenza del olvido.

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