Dejen que la bala se aloje en la sien

Por Carlos Mayoral (@LaVozDeLarra)

La bala se alojó en la sien con la dignidad del acto desesperado. Instantes antes, la mano temblorosa de Larra acariciaba el gatillo. Esbozó una media sonrisa: esta vez no se había dejado engañar por el tacto suave, ése que en tantas ocasiones le había recordado lo cobarde que podía llegar a ser. Sí, es al notar la frialdad de un arma cuando uno siente que es humano, cuando percibe que la carne se estremece al contacto con la frialdad del pedernal. La cobardía. La marcha atrás.

Esa sensación de saberse vivo era la misma que había experimentado al cruzar los Pirineos, al penetrar en las altas mesetas de Castilla, al comprobar cómo el carruaje cruzaba la puerta de Fuencarral con las últimas luces del día. Madrid, otra vez Madrid. Era la misma sensación que había experimentado al inaugurar la nueva sección del periódico, al imaginar qué voz utilizaría para expresarse en su columna, al elegir el tono de su fina prosa.

Porque dicha sensación, ésa que se asemeja a la textura del gatillo, es lo más parecido a una página en blanco.

Ahora que escribir en Madrid seguía siendo llorar, utilizar la palabra como arma le había permitido caminar cada día sobre el filo de la opinión. Elegante, como todo en él, pero opinión al fin. Le había permitido pasear por el Retiro, restablecido ya después del saqueo napoleónico, imaginando aquello que se exigirá en la próxima página. No hubiera sido él si no hubiera rastreado cada rincón del contexto que le había tocado vivir. Por eso allí, frente al espejo, el reflejo del suicida le recuerda que el único fracaso que un escritor puede echarse a la cara es no haber indagado lo suficiente. El fracaso es todo aquello que uno ha dejado de exigirse. Y más, pensó, cuando se vive constantemente con la amenaza del cañón sobre tu sien.

En la media sonrisa se ocultaban todos los miedos que nunca tuvo, las amenazas que recibió por denunciar esta fechoría y condenar aquella. En ese gesto despreocupado se plasmaba el peaje que hubo de pagar por ejercer aquello que tanto amaba: la crítica social, el periodismo.

La mano, todavía temblorosa, dudó por un instante. Esta vez, el espejo le devolvió la imagen de un hombre derrotado. Era la otra cara de un personaje comprometido. El otro lado de la sonrisa cómplice. La escena le había regalado, quizás sin pretenderlo, la certeza de que cada paso, aunque firme, le había ido consumiendo poco a poco.

Aquella certeza también le resultaba familiar. Era la misma certeza que le había destrozado cuando, a pesar de haber plagado cada texto con el compromiso y la libertad que tanto amaba, la esperanza de un nuevo país renovado y limpio se iba al traste. Poco importaba si Mendizábal o Fernando, si liberales o absolutistas. España había caído en el derrumbe y él con ella.

Era la certeza de haber creído en ese mismo papel en blanco que renglones atrás identificaba con el tacto del gatillo. Él había tenido fe en el periodismo. Había creído que, juntos, hubieran sido capaces. Pero no siempre ayuda estar en la línea de fuego. A veces, como dice el refrán, hay muy pocos metros de diferencia entre ser el abanderado y ser el loco de la bandera. Él sí había dado ese paso adelante. Había visto en cada nuevo renglón, en cada nuevo párrafo y en cada nueva página una posibilidad. Había tomado cada nueva sección como una retaguardia desde la que disparar con su inigualable verbo.

Y, por supuesto, aquella también era la certeza de una vida sentimental arrasada. Primero, por un deber inicial que había llegado pronto y mal. Después, por un último amor que ahora, más que nunca, merecía ese adjetivo devastador. En cierto modo, el revólver también lo sujetan ellas.

El sonido de la calle le recuerda que sigue vivo. Cierra los ojos, ya no quedan sonrisas. Piensa en cuál habría de ser su último párrafo. Ha de ser uno que hable del deseo. Porque toda su obra, desde la simple y primera crítica literaria hasta el último y más enrevesado artículo, habla del deseo. Del apetito que le provoca lo desconocido. Toda su vida consiste en eso, en perseguir aquello que pudo ser… ¿Qué es la literatura sino aspirar a lo que no se tiene?

El dedo índice se tensa.

Si quiere arrepentirse, piensa, habrá de ser ahora o nunca. Pero esta vez le apetece probar con el caballo perdedor. Escucha unos pasos al otro lado de la puerta… alguien sube por la escalera. Puede ser su hija, puede ser Dolores… o algo todavía peor. El papel sigue en blanco. Como lo estuvo siempre. Como lo seguirá estando.

A partir de ahora, serán otros los encargados de emborronarlo. Otros deberán observar desde la retaguardia para, en el momento oportuno, disparar.

La bala se alojó en la sien con la dignidad del acto desesperado.

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