El refugio

Escribía Maruja Torres en Diez veces siete que el Periodismo y las redacciones eran un sustitutivo de hogar. Un refugio. Cuando nos instalamos en este baluarte que es La Línea de Fuego estábamos huérfanos de redacción, pero con unas ganas inmensas de hacer Periodismo. Aunque no teníamos un sitio donde ejercerlo, todos habíamos pasado por las que, en algún momento, han sido las mejores redacciones del país: El Mundo, Europa Press, ABC, Cadena SER… Nuestros nombres no habían tenido el eco de otros, claro está, a penas el susurro de la palabra “becario” al lado, el chico de los cafés, la chica de los recados… Poco más.

Pero todos asumimos desde que pusimos un pie en aquella bendita (¿por qué no?) facultad de hormigón armado que lo importante no era nuestro nombre, sino contar historias, ser el altavoz de las voces que necesitan resonancia pero no pueden acceder a ella.

Para la mayoría de nosotros este primer momento de pisar la facultad de Ciencias de la Información tuvo lugar hace seis años, un veintitantos de septiembre de 2010, algunos un año antes, algunos un año después. Probablemente todos teníamos una idea de qué iba a ir la partida a partir de aquel momento, pero ninguno sabía con certeza qué se iba a encontrar delante. Sabíamos que no eran tiempos fáciles para el Periodismo (¿cuándo lo han sido?), que estábamos en medio de una crisis económica, una crisis social, una crisis de identidad.

Pero sin saberlo, un 15 de mayo nos llegó la clave que marcaría el resto de la carrera. Cientos de manifestantes por unos derechos que nos habían quitado y todavía no éramos demasiado conscientes de ello salieron a las calles y comenzaron a acampar en la Plaza de Sol. Una protesta pacífica. Nosotros, que no llegábamos ni a plumillas, nos emocionamos con el rumor de que algo grande se estaba gestando, el primer hecho que nos tocaría cubrir. Salimos a la calle con lo que teníamos: cámaras de móviles, libretas y poco más con la intención, quizás, de hacernos partícipes del hecho noticioso más que de cualquier otra pretensión.

Quién nos iba a decir que, cinco años después de aquel 15 de mayo, íbamos a poder contar historias en algún sitio. Después de aquel día vinieron muchas palabras de desilusión, muchos “no puedes hacerlo”, muchos “esa carrera que estás estudiando no sirve para nada”, infinitos “lo haces muy bien, chaval, pero no podemos contratarte, se te ha acabado la beca, nos vemos en otra ocasión”. Reiterados “ya no se puede hacer Periodismo”. Sin embargo, cinco años después, todos hemos tenido claro que si tuviésemos que volver a elegir entre poner un pie en aquel edificio de hormigón o en cualquier otro, no nos lo pensaríamos dos veces y lo haríamos de nuevo.

Puede que por aquel estruendo que dejó simiente en Sol, puede que por que somos demasiado idealistas para dejarnos llevar por la desilusión, o simplemente porque este oficio es de esos que no eliges, sino que te eligen, hace seis meses que decidimos armar nuestro particular campamento desde donde ofrecer resistencia a todo lo que nos han dicho que no podíamos hacer.

Quizás no es el campamento más lujoso, ni el mejor preparado, ni el que cuenta con más medios. No tenemos grandes firmas, ni grandes patrocinadores. Tampoco sabemos cuánto va a durar. Sólo tenemos la certeza de un refugio, como decía Maruja, de una trinchera desde la que lanzar las voces de quienes no pueden proyectarla e intentar que lleguen lo más lejos posible. Sólo tenemos la certeza de que, por muchas trabas que nos pongan, mientras haya por qué luchar, haremos Periodismo.

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