El eco de la revolución

Por Carmen Sánchez (@edhelgrim)

Hace cinco años, el 15 de mayo de 2011, cientos de manifestantes se reunían para exigir a la clase política una democracia más justa y que el poder volviese al pueblo. Poco o nada puede decirse de nuevo respecto a aquel día en que la Plaza del Sol se llenó de gente dispuesta a quedarse para luchar por unos derechos que les estaban quitando.

El panorama de los últimos meses había fraguado un descontento social generalizado tras cuarenta años de democracia donde los que hicieron la Transición se pasaban la pelota del gobierno y los ciudadanos quedaban en un segundo plano apartado desde donde apenas podían intervenir en la política.

Pero aquel 15 de mayo algo hizo crac, como diría Nacho Vegas algo después. En la mirada de los que salieron a la calle aquel día había sentimientos ya conocidos: rabia, tristeza, cansancio, hastío. Pero había algo más: ausencia de miedo.

Fue una de las primeras revoluciones en las que fuimos conscientes, ya no sólo de la necesidad de un cambio, sino de cómo estaba cambiando todo en realidad. La manifestación de ese día fue convocada mediante las redes sociales, lo que marcaría un antes y un después en su visibilidad. Los gritos de guerra, ahora, podían llegar a todo el mundo.

De ese día surgió resurgió una idea que no se veía desde hacía mucho tiempo, cercana tal vez a aquella guillotina francesa. El miedo estaba cambiando de bando. Tres años después, Ismael Serrano plasmaría esa idea en su canción La Llamada, que abre un disco lleno de revolución y ganas de despertar del aletargamiento.

Y precisamente ese despertar fue en lo que consistió aquella protesta pacífica que muchos demonizaron al ver cómo se tambaleaban sus púlpitos sagrados. “Una pocilga muy fotografiable”, que diría Esperanza Aguirre. Una pocilga que reivindicaba educación y sanidad públicas y de calidad, una vivienda digna y garantizada, una renta básica universal o que desapareciese la precariedad laboral. Quizás parezca pedir mucho, pero algunos de los puntos que intentamos defender en aquella plaza -y otras que poco a poco se fueron poblando en todo el país- no era más que una afirmación de lo que aquellos que hicieron la Transición -sí, aquellos que en su día pusieron las normas- habían dejado por escrito en la Constitución. Pero ya se sabe quien hizo la ley, hizo la trampa.

Nosotros, como periodistas, también aprendimos muchas cosas aquel 15-M. Que no sólo el sistema político estaba herido de muerte, sino también el modelo de Periodismo al que nos estábamos aferrando, es una de ellas. De repente empezamos a prescindir de las grandes cabeceras para hacernos oír. No hacía falta que las televisiones o las radios hablasen de lo que estaba pasando. Todo estaba al alcance de la palma de la mano. Un tweet. Una foto. Un vídeo. Miles de personas observando desde cualquier rincón en tiempo real.

Dos días después, la Policía desalojó la plaza. Lo que no sabían es que la llama ya se había prendido y que apagarla iba a ser más difícil que aquello. El cambio estaba servido. Desde entonces, nada ha vuelto a ser lo mismo, por mucho que se empeñen en negarlo. Los indignados llegaron al Congreso -aunque ahí quizás perdiesen la esencia de aquello que propugnaban, una organización horizontal sin líderes ni personalismos-, se rompió, por fin, el bipartidismo y llegaron nuevas voces.

Aquellos indignados sin futuro no se ha resignado. Lo que para algunos quedó como el simple barullo de las plazas, para otros sigue dando sus frutos como el eco de una revolución que encendió el cambio. Ahora, el Ayuntamiento de Madrid pondrá una placa conmemorando aquel día en la Plaza del Sol. “Dormíamos, despertamos”.

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