Idomeni no era un sueño

El acuerdo entre la Unión Europea y Turquía ha cerrado las fronteras a quienes huyen de la guerra en su tierra, ya sea Siria, Irak o Afganistán, pero además, ha dejado varadas a unas 50.000 personas (un 10% de la gente que huye de Siria) que ya se encontraban en suelo griego -y, por ende, europeo- y acerca de las cuales el acuerdo no establece nada.

De un tiempo a esta parte, los centros de acogida se han convertido en centros de detención, según denuncian algunas ONGs. Es el caso del campamento de Idomeni, situado en la frontera entre Grecia y Macedonia, donde 12.000 esperan a poder continuar con su camino de huida del horror.

Las condiciones de vida allí son duras, aunque las prefieren a las de sus países de origen. Entre esas 12.000 personas, la organización Save The Children ha contado 350 niños que llegaron solos y todavía no han podido localizar a sus padres. Las noches en estos centros se hacen peligrosas, los días, tediosos con largas colas para conseguir agua o comida e incluso para poder ir al baño.

Y es que todas estas personas que han quedado atrapadas parecen no haber tenido suficiente con haber atravesado las barreras naturales (kilómetros a pie o en barcas con una seguridad nula, en un mar helado, que no les aseguran nada). Ahora también tienen que atravesar las que les imponen esos que establecieron las fronteras y que decidieron cerrarlas y negar la ayuda antes que perder un poco de confort.

Europa ha olvidado. Ha olvidado las consecuencias de la II Guerra Mundial, las consecuencias de las guerras civiles, la desesperación, el hambre. Han olvidado cómo suenan las bombas o a qué sabe la metralla, a qué huele la sangre, qué es sentir el miedo, el horror y la muerte. El campamento de Idomeni no es un sueño. Sólo es parte de la pesadilla que estamos alargando.

2 thoughts on “Idomeni no era un sueño

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *