Del desborde popular al gobierno de los poderes fácticos en Perú

Por Nicolás Bello (@nbello_II)

La hija del dictador no reconoce que su padre haya cometido delitos. Para Keiko Fujimori, los delitos de su padre, Alberto, no fueron sino “errores políticos” en el contexto de una “situación de excepción”. El clan Fujimori se atribuye la derrota de Sendero Luminoso, el mayor grupo terrorista de la historia del Perú, y de haber levantado al país de su peor crisis económica. En sus propias palabras, afirma haber “refundado el país”.

Alberto Fujimori está en prisión. Se sospecha que robó hasta 600 millones de dólares – además de otros 6 mil millones desaparecidos – del tesoro público y está condenado por haber ordenado la creación del Grupo Colina, comando paramilitar que asesinó a “sospechosos de terrorismo” – entre ellos 15 personas en una casona de los Barrios Altos y a 9 alumnos y un profesor de la Universidad La Cantuta – entre 1990 y 1992. Se acusa también a su gobierno de haber ligado las trompas a la fuerza a más de 300.000 mujeres y 25.000 hombres campesinos entre 1990 y 2000.

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Alberto Fujimori fue condenado a 25 años de prisión por crímenes de lesa humanidad. Fotografía: Andina

Las elecciones presidenciales peruanas, en las que Keiko Fujimori tiene sin embargo más del 30% de la intención de voto, se celebrarán el 10 de abril de 2016. Dicen que en el Perú las elecciones se deciden en la cola, que cualquier cosa puede pasar de un momento a otro. Pero lo que es cierto es que, al final, son los poderes fácticos los que gobiernan. Y esto es algo que los Fujimori hicieron muy bien, al dejar tras de sí un país con un establishment neoliberal muy poderoso. Pero para entender el Perú, sobre todo si no se es peruano, es necesario un poco de contexto.

El “desborde popular”

De una población que hoy alcanza los 30 millones de habitantes, en un territorio del tamaño de Europa del Este – con 1,2 millones de km2 – uno de cada tres peruanos vive en Lima Metropolitana, con sus 10 millones de habitantes.

El antropólogo José Matos Mar llamó, en 1984, “Desborde Popular” al fenómeno de la migración iniciado en los años 50, que transformó profundamente el tejido social peruano, con un mayor protagonismo de las clases populares y basado en los principios de reciprocidad andina que les permitieron construirse un nuevo contexto desde la base.

La ciudad de Lima, en la costa central, fue el foco de una migración que no entendía de legalidades ni de formalidades, en un país muy centralizado. Por entonces, los limeños no alcanzaban el millón de habitantes y vivían principalmente en el Centro de Lima y en los Barrios Altos. Los llamados “invasores” ocuparon los barrios del centro y poco a poco fueron expulsando a las familias, que empezaron a mudarse a los barrios “blancos” de San Isidro, Miraflores, Barranco, Surco y San Borja. Cuando no hubo más espacio en el centro, las siguientes olas de migrantes tomaron los arenales y colinas de las afueras de la ciudad. Así aparecieron los primeros “pueblos jóvenes”. Estos “nuevos ciudadanos” habían sido campesinos en las grandes haciendas dirigidas por terratenientes y sus “gamonales”, que mantenían a los indios en calidad de siervos. La reforma agraria de 1969 había llegado tarde: el campo estaba siendo abandonado.

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En Perú, los indígenas son considerados ciudadanos de segunda clase, denominados despectivamente “pobladores”.

Tánatos visita esta tierra olvidada por Dios

El Perú es una sociedad de postguerra, sin un Plan Marshall para sus víctimas. En abril de 1980 se celebraron las primeras elecciones democráticas luego de 12 años del llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, liderado por Juan Velasco Alvarado, un militar de izquierdas, en un continente de derechas. Por entonces, Augusto Pinochet gobernaba en Chile con mano de hierro, mientras tanto, en Argentina la Junta Militar impulsada por Rafael Videla en 1976, gobernaría hasta 1983.

En un pueblo en medio de los Andes llamado Chuschi, en Ayacucho, a 560 km al sureste de Lima, el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso (PCP-SL) inició acciones armadas. Tomó el pueblo por asalto y quemó las ánforas de votación. Era un grupo que se llamaba a sí mismo “Marxista-Leninista-Maoísta” y haría la revolución en el corazón de Sudamérica.

El “Conflicto Armado Interno”, como fue llamado oficialmente años después por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), cobró cerca de 70.000 víctimas, la mayor parte campesinos de lengua quechua, aymara o de alguna de las casi mil lenguas amazónicas que se hablan en el Perú profundo. Se calcula que, si bien el terrorismo del PCP-SL fue causante de la mayor parte de las víctimas, el Estado Peruano, con su brutal represión militar a partir de 1983, fue responsable del 30% de los muertos.

En septiembre de 1992, Abimael Guzmán, líder del PCP-SL, fue capturado en su escondite de Lima. Aunque ajeno a la captura – había sido un trabajo hormiga del Grupo Especial de Inteligencia Nacional (GEIN), de la Policía, el que había capturado a Guzmán –, Fujimori se atribuyó la victoria. Habían pasado tres gobiernos desde el inicio de la guerra. En 1990, en medio del caos, fue elegido Alberto Fujimori.

Déjame trabajar y no me cobres impuestos

Alberto Fujimori surgió con la promesa de “honradez, tecnología y trabajo”, un movimiento llamado “Cambio 90” y un tractor. Su discurso iba en contra de los “políticos tradicionales” que habían hundido al país. Su discurso caló: en las últimas tres semanas de campaña arrasó en las encuestas para posicionarse en un segundo lugar y competir contra el novelista Mario Vargas Llosa en la segunda vuelta.

El Perú de 1990 estaba en medio de la peor crisis económica de su historia – con niveles de inflación de más de 7.000% – iniciada durante el gobierno de Fernando Belaúnde y empeorada durante el de Alan García. El FMI defendía por aquellos días, recetas de liberalización de la economía y orden fiscal, en los días posteriores a la caída del muro de Berlín. Fujimori, sin embargo, había obtenido el poder, prometiendo que no aplicaría esas medidas.

El “FujiShock” anunciado por el primer ministro Juan Carlos Hurtado Miller – marcado por un desesperanzador “Que Dios nos ayude” – fue la primera estafa de su régimen y marcó los destinos del Perú desde entonces.

El 5 de abril de 1992 fue uno de los días más negros de la política peruana, con la disolución del Congreso: el “autogolpe”. Con esto, Fujimori concentraba el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial en su persona. En 1993, una nueva constitución fue firmada, liberalizando la economía y dando más poder a las grandes empresas. Desde entonces, sin importar quién estuviera en el Palacio de Gobierno, era la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) quien tendría el control de la situación.

Mientras tanto, las privatizaciones y despidos masivos dejaron a cerca del 70% de la población en el desempleo. Sin un sistema de beneficios sociales, ni un paro que cobrar, la mayor parte de la población se vio sumida en un subempleo informal – entre otras medidas, Fujimori liberalizó el  transporte público, creando el desastroso sistema de combis que existe desde entonces – con una economía negra del 75%, que no paga impuestos y que hoy no es sostenible.

Alberto Fujimori prostituyó la institucionalidad del Perú. Sus defensores afirman que sus medidas económicas fueron acertadas e incluso defienden el golpe como un mal necesario para detener la ola de terrorismo que asediaba al país. Lo cierto es que el terrorismo estaba casi derrotado en las provincias, por las rondas campesinas y el ejército. El PCP-SL se había trasladado a Lima en un intento por aumentar el terror y tomar rápidamente el poder.

Lo que suelen pasar por alto es la corrupción generalizada en todos los poderes del Estado, la compra de las líneas editoriales de los grandes medios, el asesinato selectivo o el secuestro de opositores políticos y, sobre todo, su angurria por el poder.

Sin novedad en el frente

Hoy, el Perú es un país que ha mantenido una media de crecimiento de 5.5% anual desde 2002 con picos de hasta 9.1% en los meses anteriores al estallido de la crisis de 2008, una fuerte caída en 2009 y una gran recuperación de las cifras macroeconómicas en 2010. “El Perú Avanza” era el eslogan del segundo gobierno de Alan García entre 2006 y 2011, quien había aprendido que, en alianza con los bancos, las grandes compañías mineras y constructoras, se puede robar muchísimo más dinero.

El país ha avanzado, sin embargo, en piloto automático. Sin importar quién se encuentre en Palacio de Gobierno, todo irá bien mientras la CONFIEP pueda hacer negocios. Y la regla de oro es que no haya socialistas en el gobierno, ni mayores cambios sociales.

El Perú es un país donde quienes protestan contra las grandes mineras son “extremistas azuzados por terroristas”; donde los indígenas que no quieren que exista un oleoducto en sus tierras son “ciudadanos de segunda clase”; donde un habitante blanco es un “ciudadano”, mientras que uno de origen indio es un “poblador”.

Esta es apenas la superficie del contexto social de un país con profundas contradicciones, que se considera a sí mismo el “ejemplo de Sudamérica”, frente al “chavismo diabólico” de la Venezuela de Maduro, la que fue la Argentina de Kirchner, el Brasil de Rousseff, la Bolivia de Morales y el Ecuador de Correa. Un país que, junto con Chile, Colombia y México forma la Alianza del Pacífico, y que hoy ingresa al ciclo electoral más cuestionado de su historia desde las fraudulentas elecciones del año 2000.

El germen de la tragedia que tocó al país en los años ochenta sigue, no obstante, existiendo, en algún pueblo perdido de Ayacucho o del Cusco, esperando otro ciclo de injusticias y crisis económica para volver a manifestarse, en un país donde las vidas de sus propios ciudadanos no valen lo mismo.

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Vida cotidiana en Ayacucho, durante los años más violentos del conflicto armado. Fotografía: Gervasio Sánchez (@gervasanchez)

2 thoughts on “Del desborde popular al gobierno de los poderes fácticos en Perú

  1. Un importante resumen, que ilustra parte de la compleja realidad que enfrentaremos el domingo 10 de abril. Entre los problemas mas serios que enfrentamos esta la desinformacion periodistica, que resalta cosas muy intrascendentes, como no aceptar un pedazo de chicharron en una visita a chincha, en lugar de dar espacio para exponer las propuestas que cada candidato tiene. Por dar un ejemplo. Con las cosas asi, no es de sorprender que el fujimorismo tenga tanta aceptacion, pues el cortoplazo y la intrascendencia son el valor mas importante que ofrecen estas elecciones.

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