No en nuestro nombre

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Francia, Mali, Chad, Burkina Faso, Costa de Marfil, Egipto, Siria, Bélgica… son algunos de los países que han sido golpeados por el terror yihadista durante los cuatro últimos meses. Sin embargo, no todos ellos recibieron la misma cobertura informativa.

Los medios de comunicación occidentales, conducidos por la lógica etnocentrista -aquella que analiza el mundo en base a su propia cultura y que opina que su etnia es más importante que las demás-, dieron una amplia cobertura a los trágicos atentados que golpearon París, en pleno corazón europeo, aquel fatídico 13 de noviembre y cuya autoría se atribuyó al Estado Islámico. Y algo similar está ocurriendo hoy, después de que a primera hora de la mañana se produjera un atentado en el aeropuerto internacional de Zaventem, en Bruselas, así como diversas explosiones en el metro que han dejado decenas de muertos y cientos de heridos (se habla de al menos treinta y un  muertos, pero todavía no hay cifras ni exactas ni oficiales en el momento en que escribimos estas líneas).

Este argumento está definido por los criterios de noticiabilidad, que sostienen que la proximidad física (cuando los sucesos son cercanos a los ciudadanos), la trascendencia (tiene más impacto e influencia Bruselas que Damasco, aunque ambos sucesos sean importantes) o la magnitud de los hechos (en qué grado afectan a nuestras vidas) son algunos de los factores más importantes a la hora de definir qué es noticia y cuánto y cómo vamos a informar sobre ello. Es por ello que mañana la mayoría de los periódicos abrirán con los sucesos de Bélgica en portada, mientras que el atentado del Estado Islámico ayer en Siria -y que dejó más de 120 muertos-, pasó prácticamente desapercibido. “JeSuisBruxelles”, titularán, mientras se lamen las heridas ante el evidente naufragio moral que está sufriendo el continente europeo, autodenominado cuna de la solidaridad y de las libertades. Y es que por lo visto, cinco años de guerra en Siria no han sido suficientes para un #JeSuisSyria ni un #NoAlTerrorismo, ni nada. Hay ciudadanos de primera y de segunda, e incluso de tercera y de cuarta, definidos según su cultura, etnia y lugar de nacimiento. E incluso por su condición social.

Una mezcla de tristeza, rabia e indignación recorrió nuestro cuerpo cuando se hizo público el acuerdo mediante el cual Turquía actúa de muro europeo, poniendo en venta a las personas solicitantes de asilo político. 6.000 millones es el precio que la UE paga a Turquía por el acuerdo. ¿A cambio de qué? A cambio de que la UE calle cuando el séquito de Erdogan cometa crímenes, viole derechos humanos o compre directa o indirectamente petróleo al Estado Islámico.

No ha habido autocrítica tampoco. Mientras que Hollande (presidente de la República francesa) y Manuel Valls (primer ministro francés) declaran que “Estamos en guerra”, haciendo la misma lectura que ya hicieran tras el 13-N, la UE y sus socios siguen sin corregir sus alianzas estratégicas con las dictaduras de Oriente Medio que contribuyen a engrosar las arcas de la industria más rentable del mundo: la armamentística.

Del mismo modo, habría que recordar a nuestros gobernantes que las personas que huyen de la guerra lo hacen por las mismas razones por las que huían ciudadanos europeos y no europeos esta mañana del aeropuerto de Bruselas. Y tampoco estaría de más recordarles que no utilicen más el pretexto de la “seguridad” y los “valores europeos” para promulgar leyes que recorten derechos y libertades o que violen las leyes internacionales establecidas en la Convención de Ginebra. No en nuestro nombre.

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Joven sostiene un cartel con la inscripción ‘Sorry for Brussels’, en el campamento de refugiados de Idomeni (Grecia), frontera con Macedonia. Fotografía: Reuters

Tout est pardonné, que diría Charlie Hebdó.

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