El uso político de lo ingenuo, o la polémica de las cabalgatas de Reyes

Desde este humilde medio estamos sorprendidos por los acontecimientos de la semana pasada, a saber: que un desfile que celebra un acontecimiento mítico, icónico y destinado a los niños sea sujeto de tamaña polémica, por una cosa o por otra. Perdonen que nos riamos al pensar en nosotros mismos cuando éramos niños, viendo a nuestros mayores comprar como locos los días previos a la noche de Reyes, pillando conversaciones sobre regalos que supuestamente no podíamos escuchar u observando la falsa barba de Melchor acercarse a nosotros a medida que la cabalgata pasaba. Y ninguno tenemos un trauma incurable.

Al margen de todo esto y de las diversas opiniones que ello pueda suscitar, es un hecho que el prohibir la aparición de animales en la cabalgata no tiene otro objetivo que el de blindar sus derechos, esto es, que no sufran. No es difícil explicar a un niño de ocho años que los animales sufren cuando se les usa de esa forma y que por eso los Reyes Magos ya no los llevan con ellos, o a una niña de seis años que este año Gaspar se ha apretado el cinturón y por eso su vestido es algo más exótico que otros años (sí, señora Álvarez de Toledo, miles de niños hemos crecido viendo los trajes prácticamente de papel que llevaban los que hacían de Reyes Magos en nuestros pueblos y ciudades).

No obstante, obviamente para mucha gente esto tiene más importancia, ya que consideran que es un atentado a una tradición fuertemente arraigada y que incluso medidas como la de que una mujer haga de rey mago puede poner dicha tradición en peligro. Es legítimo, pero siempre atendiendo a dos cosas: la primera, que desde hace años en pueblos pequeños las mujeres hacen de rey mago sin ningún tipo de polémica; la segunda, que no es una cuestión tan importante como para hacer de ella la tremenda bola que se ha formado.

La actualización de las tradiciones, su adaptación a la sociedad en la que residen, es imprescindible para su prolongación generación tras generación. Estas medidas tan absurdamente polémicas no son más que una adaptación a la sociedad en la que la tradición de los Reyes Magos está inserta, una sociedad cada vez más ecologista y feminista.

Los argumentos de la ilusión de los niños son una mera excusa. Si de verdad importase la ilusión de los niños, no se politizaría y se usaría como arma arrojadiza para cuestionar, una vez más, a Manuela Carmena, que está siendo objeto de una campaña mediática como no se ha visto antes.