Una llamada a la autocrítica

Por Marina Corredor (@Beastinstincts)

Me gusta el periodismo. Me gusta como profesión. Lo considero una labor de gran importancia, con una gran responsabilidad (en nuestras manos queda transmitir información de manera veraz, correcta, respetuosa, que no falte a la verdad). Y es cierto que en muchas ocasiones, y sobre todo en España, algunos compañeros han faltado a la verdad, han publicado mentiras y han desinformado, pero quiero creer que no es la tónica general.

De hace unos años hasta ahora han surgido diversos medios, tanto en papel como en digital, que han querido competir justamente con los medios tradicionales (Público, eldiario.es, InfoLibre, el semanario Ahora), alternativas informativas y libres, sin estar atados a empresas u otros intereses financieros.

Sin embargo, tras escuchar comentarios y valoraciones en las distintas clases a las que he acudido en la facultad a lo largo ya de seis años, puedo constatar que el problema ya no sólo está en los desactualizados profesionales que trabajan en algunos medios, en los periodistas que difaman, publican mentiras y faltan a todos y cada uno los principios éticos por los que nos tendríamos que regir todos los profesionales de este oficio. Una parte del problema está en el alumnado.

No puedo decir a X o Y que haga tal o cual carrera, pero que si se entra en ésta, en Periodismo, se tengan unos mínimos de lectura y de conocimiento de la profesión. Un alumno de 4° de carrera no puede decir en clase que no se fija en las columnas porque le aburren, o que lee el periódico nada y menos, o que sólo se informa por la televisión o las redes sociales. Y no hablemos de la radio: muy poca gente tiene a la radio como su medio de cabecera.

Los jóvenes periodistas tienen que ser curiosos, leer columnas de todas las ideologías, leer editoriales aunque suenen excesivamente moralizantes, leer la misma noticia en diversos medios, etc. ¡Leer libros de periodismo, no sólo los manuales de clase! Y educar, y educarse, en ética. Hay muchos aspectos a considerar, y muchas más opciones, y saltarse acuerdos tácitos de no publicación de fotos o textos por las razones que sean (y más cuando hay menores por medio) da a entender la ética y moralidad que tiene el medio.

Como he mencionado antes, el problema no está sólo en los pupitres de las facultades, sino también en un gran porcentaje de los profesores y en el planteamiento de la carrera. Hay profesores que llevan dando el mismo temario, sin cambiar un ápice la bibliografía o el contenido, desde hace décadas. Y en una profesión en la que nada permanece y todo cambia, tener una metodología así desmotiva y hunde a los futuros periodistas. Afortunadamente hay profesores que van evolucionando según evoluciona su campo y ofrecen a los alumnos conocimientos frescos, debates y asignaturas eminentemente prácticas donde la participación es lo más esencial y necesario para superar la asignatura.

Con el cambio de plan de estudios no se propició ningún cambio significativo en la manera de dividir la carrera y existen, en la Complutense, asignaturas que se encuentran disponibles de manera doble en el grado, extensas asignaturas que mágicamente pasan de ser anuales a ser cuatrimestrales, una implantación del plan Bolonia tan leve en todos los aspectos que seguimos adoleciendo de las mismas dificultades que los licenciados, entre otras cosas.   

Para nuestra desgracia, el Periodismo tiene multitud de enfermedades infecciosas y mortales surgidas de las más diversas causas. Me gusta escuchar críticas constructivas hacia mi oficio porque me hacen mejorar, pero las constantes críticas destructivas, el criticar por criticar, el hacer que los periodistas carguen siempre con el muerto cuando son otros los responsables es ir a lo fácil. Es fácil ver la paja en el ojo ajeno, es sencillo culpar al mensajero en vez de al emisor. Tanto el emisor, como el mensajero, como el receptor, han de hacer autocrítica.

Déjenme que ponga un ejemplo reciente: he escuchado críticas devastadoras de la cobertura en televisión de los atentados de París, sobre lo mal que lo han hecho las cadenas y sobre cómo lo han cubierto. Hasta ahí, lo entiendo. Pero el canal 24 Horas estuvo informando desde que se conoció hasta las dos de la mañana, cuando supieron que hasta el día siguiente no habría más datos. Radio Nacional estuvo también hasta altas horas, y Angels Barceló hizo un especial de Hora 25. Medios impresos, en sus ediciones digitales, actualizaron durante toda la noche. Pero nadie recuerda a la radio ni a algunos medios digitales. Es más fácil acudir a Twitter, que en estas ocasiones se presta más a bulos y a información poco verídica o no contrastada, y retirar esos bulos es un trabajo ímprobo y muy difícil.

Quisiera saber cuántas personas de las que aquel día se quejaron de la cobertura de los atentados vieron ese mismo domingo ‘Salvados’, que esta vez trataba sobre los refugiados y que contó con Mikel Ayestarán, un reportero de guerra que conoce de primera mano estos conflictos. Me aventuraría a decir que pocos. Si no es así, me alegraré entonces y rectificaré en todo lo que he dicho. Pero en el caso contrario, el espectador ha de hacer también algo de autocrítica, y de saber elegir lo que ve, lee y escucha. Saber cómo informarse, en definitiva. Esto no pretende ser una reprimenda, ni decir qué medio es mejor que otro, si no una llamada a que el espectador, el receptor, sepa dónde elegir, que tenga un criterio y una capacidad crítica y de razonamiento de “por qué esto me gusta y por qué esto no”.

Esas tres claves hacen que el trabajo de los periodistas honestos, los que trabajan al servicio de la verdad, valga mucho.  Gente como Marhuenda, Federico Jiménez-Los Santos, Eduardo Inda, Ana Rosa Quintana, Mariló Montero, Jorge Javier Vázquez o Josep Pedredol, son malos ejemplos para gente que de verdad siente esta profesión: nos hacen daño, perjudican nuestra ya dañada imagen, y por desgracia, la gente piensa que todos los demás somos como los ya mencionados. Y nos olvidamos de gente como Jesús Hermida, Iñaki Gabilondo, María Escario, Rosa María Calaf o Gervasio Sánchez, entre otras grandes figuras.

Por otra parte, la creación de un colegio de periodistas ayudaría y favorecería enormemente a limpiar el buen nombre de esta profesión. Existiría auténtica protección de los profesionales, un código deontológico de obligado cumplimiento y se asentarían las bases de un periodismo independiente, libre y sin sometimientos a intereses.

Vivimos tiempos complicados en una profesión complicada, un oficio denostado por algunos sectores de la sociedad. Y sin embargo, estamos a tiempo de cambiarlo. 

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